Vaya por delante que Las hijas de la tierra (Ediciones B), de Alaitz Leceaga, no es exactamente una novela histórica. O al menos no es una novela histórica clásica, que era lo que yo esperaba cuando la descubrí en los planes para el trimestre de otoño de la editorial. Si lo que se busca es una novela que se centre en la historia de cómo La Rioja se convirtió en una potencia vitícola y cómo se asentaron las bases en el siglo XIX para ello (mientras el resto del mundo sufría los envites de la filoxera, que destrozó viñedos por toda Europa), esta no va a ser la novela más adecuada.. 

Leceaga sitúa la historia en ese contexto y sobre esas bases. Estamos en La Rioja, a finales del siglo XIX y en la casa decrépita de una familia que tiene un viñedo. Pero el escenario histórico es casi como una melodía de fondo y creo que comprenderlo es algo muy importante para disfrutar de la historia. 

Cuando empecé a leer, de hecho, pasé un tiempo haciendo cálculos para establecer cuándo podrían haber nacido y vivido los abuelos de la protagonista, muertos en un accidente ferroviario (¿un accidente ferroviario en la España de 1838?) o preguntándome por la historia de la publicación y la distribución en España de las novelas británicas de las autoras del XIX (que las hermanas protagonistas leerán con entusiasmo a lo largo del libro). En cuanto logré apagar mi cerebro obsesionado con los anacronismos, el proceso de lectura cambió por completo y disfrutó de lo que Las hijas de la tierra es.

No es una novela histórica de esas, sino un cuento de hadas y una historia gótica. Entiéndase, eso sí, por cuento de hadas no la idea Disney, sino la versión tradicional de lo que los cuentos de hadas eran, historias truculentas situadas en un pasado más o menos cercano para quien escuchaba la historia (pero en el que nadie, obviamente, se preocupaba por los anacronismos) y que mostraban el crecimiento de sus personajes, que aprendían una lección vital. 

Las hijas de la tierra recoge esa tradición literaria (en el mercado anglosajón es muy fácil encontrar ahora mismo en las mesas de novedades para adultos), creando un bildungsroman en el que tres hermanas que son víctimas de un maleficio (un clásico de los cuentos de hadas, aquí una posesión demoníaca vinculada a la tierra en la que viven, o al menos eso creen sus vecinos)  y sometidas por un personaje maligno (aquí el hermano mayor, que hereda muchas de las trazas de los antagonistas de los cuentos de hadas) aprenden a tomar el control de sus vidas. 

A eso se suma una atmósfera claramente heredada de la novela gótica y de la novela victoriana. Las tres hermanas viven en Las Urracas, un palacete desolado y medio abandonado en las afueras del pueblo, rodeadas de viñedos que llevan dormidos décadas y que no dan fruto (otra de las razones por las que los vecinos están convencidos de esa presencia demoníaca en la familia) y cerca de un pueblo que fue arrasado por la ruptura de una presa. 

Las Urracas está ubicada en esa La Rioja de finales del XIX que está naciendo como gran productor de vino (las luchas en el pueblo de la ficción están marcadas también por eso, por ser quien domine ese comercio), pero la historia no es esclava de esa realidad histórica. Digamos que simplemente juega con ella para crear los mimbres sobre los que se desarrollará la historia (y seguramente la autora haya hecho una investigación previa sobre la historia del lugar y sobre la realidad de ese momento, especialmente en lo que a salud mental se refiere, pero la verdad histórica no es el elemento importante de la verdad literaria de esta novela). 

Construir la novela con estas claves y desde esas posiciones ha permitido a la autora explorar muchos temas, desde el feminismo y el empoderamiento de la mujer, el poder entre las sombras y los abusos de poder o las relaciones familiares.

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