Diario-de-una-dama-de-provincias-187x300Mucho antes de que Helen Fielding escribiese El diario de Bridget Jones, mucho antes de que las novelas empezasen a contar el día a día de forma divertida de las mujeres modernas, mucho antes de que la chick lit existiese, entonces E. M. Delafield, el seudónimo de Edmée Elizabeth Monica de la Pasture, que quería con el cambio de nombre diferenciarse de su madre, popular escritora, publicaba unas columnas en la revista Time and Tide sobre la vida de una dama que vivía en el campo. Era 1929, así que estamos hablando – forzando mucho las cosas – de la prehistoria de la chick lit. Delafield había sido la hija de unos aristócratas, la postulante en un convento belga en los años previos a la I Guerra Mundial, una de las enfermeras de la Gran Guerra y finalmente una escritora.

En 1919 se casó con Arthur Paul Dashwood, con quien vivió en Asia y con quien volvió a Reino Unido, donde Dashwood se convirtió en el administrador de una propiedad rural. Allí tuvieron dos hijos y de allí sacó E.M. Delafield material para sus obras más populares, el Diario de una dama de provincias, que recopila las columnas que publicó en Time and Tide y que  acaba de lanzar en castellano Libros del Asteroide. La dama de provincias fue un éxito inmediato entre los lectores de lengua inglesa, así que a estas primeras ‘aventuras’ pronto le siguieron otras historias en las que la dama viaja a América (¡¡por el éxito de su diario!!) o sobre sus intentos de ser útil en tiempos de guerra (la II Guerra Mundial).

¿Qué es lo que el lector contemporáneo se va a encontrar? La respuesta es una novela muy divertida. Todo el texto está lleno de un genial humor británico, irónico y maravilloso (no hay más que ver el fragmento que ya recogimos, en el que Victoria, la hija, defiende la existencia física del Averno), que hace que la lectura sea divertida y, por usar un adjetivo que seguro aprobarían las damas, encantadora. El relato se construye usando las diferentes entradas del diario. Los conflictos no duran más de un par de días (algo lógico, teniendo en cuenta que se publicaba por entregas y no era un folletín) y posiblemente se pueda leer el libro abriendo al azar por una página y comenzando en ella sin que suponga mucho problema. Y eso es una ventaja: la narración tiene en esa brevedad una de sus grandes ventajas.

La narradora es divertida y sus secundarios también lo son. Su hija, su marido (silencioso y que solo aparece en los momentos cruciales), la cocinera con aires de grandeza, la institutriz francesa ultrasensible y la vecina (y jefa del marido) la odiable Lady Boxe configuran una constelación de personajes variados y caricaturescos que no dejan de arrancar una sonrisa. Como sus nietas en la chick lit, la dama de provincias tiene problemas financieros (no hay tarjetas de crédito, pero sí tiendas de empeños), ve como los cambios en la moda le descoordinan las cuentas del mes y quiere ser mucho más culta de lo que en realidad es.

La conclusión es que, como tantos libros de Libros del Asteroide, Diario de una dama de provincias es una pequeña joya que se había quedado perdida en el tiempo y que ahora podemos disfrutar. A poder ser, con un té five o’clock.