el refugioCuando leí en la contraportada de ‘El refugio’ que se trataba de una fábula sobre el valor del compromiso personal y la dificultad de protagonizar una vida más acorde con la naturaleza, me eché a temblar. Aunque tiendo a leer (a empezar a leer en todo caso, acabar es otra historia) todo libro que cae en mis manos, este me dio bastante pereza, imaginando un discurso entre apocalíptico y buenrollista, una colección de lugares comunes, un protagonista utópico, un mundo cruel, un argumento facilón.

Y en realidad el argumento no está mal: nos cuenta su propia historia el narrador, un guarda forestal (después ingeniero de una compañia eléctrica) que añora una vida tranquila en la naturaleza y que se obsesiona con una familia que vive aislada en medio del monte, unos locos que para muchos son solo un mito, hasta el punto de ir a buscarlos. Lo mejor del libro, lo que yo reseñaría en la contraportada si quisiera venderlo, es su carácter enigmático. Manuel Fernández Labrada construye lentamente su relato, se toma su tiempo en llegar hasta esa familia aislada, formula  un montón de preguntas (y solo responde a una de ellas: y en ese caso, por desgracia, nosotros sabemos el quid de la cuestión mucho antes que el protagonista, probablemente demasiado pronto). Hay un poso de irrealidad, de juego, de desdoblamiento, de fantasía, de alucinación… que podemos percibir a lo largo de todo el libro, y que es lo que nos mantiene pegados a él. Sí tiene mucho de cuento, en el que los personajes aparecen desdibujados, planos, sin interés por si mismos, y lo único que importa es la historia que subyace.

La búsqueda del protagonista en pos del misterio de esa casa aislada está muy bien hilada, nos mantiene expectantes, no nos aburrimos siquiera cuando el autor se tira dos capítulos para narrar como el muchacho bordea un río. Nisiquiera cuando se pierde en una ciudad que no existe. Y eso es gracias a la fuerza del enigma.

Lo que sí nos hace perder un poco el interés es el lenguaje artificioso del narrador, que parece a todas luces innecesario para un personaje que por lo demás no está muy definido. Reconozco que soy muy fan de la sencillez, de los puntos antes que de las subordinadas, de las palabras cortas antes que de las polisílabas. No puedo decir que el lenguaje de este libro no sea un dechado de corrección, pero al resultado le falta naturalidad, y le sobran adjetivos.