Una imagen del libro Azaña. Los que le llamábamos don Manuel, de Josefina Carabias

Cuando hace unos años descubrí como lectora a Josefina Carabias, pasé por las fases del duelo habituales. La primera fue rabia por el hecho de que nadie me hubiese hablado de ella antes. Es importante aquí tener en cuenta que he estudiado Periodismo y que Carabias es una de las grandes periodistas de los medios que publicaban durante la II República, una estrella de la prensa del momento. El hecho de que nadie durante la carrera me hubiese hablado de ella o me hubiese hecho leer alguno de sus textos (y leímos muchísimo… incluidas crónicas pesadísimas sobre las guerras carlistas escritas por un literato) me resulta muy frustrante. *

La siguiente fue la tristeza, una especie de duelo que dura un tiempo variable por lo perdido.

Después viene la fase de querer leerlo todo y de dar la tabarra a todo mi círculo inmediato con estas historias. En la fase de querer leerlo todo peiné las librerías de viejo (los libros antología de sus reportajes y artículos no eran ni de lejos recientes) buscando sus obras. Me compré la antología de sus artículos de los años 30 (y me la leí rápidamente), su libro testimonio sobre sus experiencias en la Francia ocupada (uno de los libros que lleva mucho tiempo en mi pila de libros por leer) y sus artículos sobre sus domingos en el fútbol en la España de la posguerra (un encuentro fortuito en una feria de libro de segunda mano).

Nunca busqué, confieso, el libro que escribió en los 80 sobre Manuel Azaña, uno de los principales políticos republicanos. Asumí que era una biografía y me dio infinita pereza, a pesar de la relevancia histórica del biografiado.

Puede que nunca lo hubiese leído si Seix Barral no lo acabase de reeditar. Tiene una cubierta poco seductora (¿por qué las editoriales clásicas de libros de esos de ‘literatura seria’ apuestan siempre por los diseños anclados en 1992? ¿por qué no prestan atención a lo que hacen las editoriales independientes? Esto daría para otro tema), pero estaba en el escaparate de la pequeña librería de mi barrio. Era Josefina Carabias y era casi ser responsable con el ecosistema de las pequeñas librerías, me dije, para intentar autojustificarme para darme permiso para comprarlo.

Asumí que sería un libro más para mi lista eterna de lecturas pendientes. Asumí mal. Carabias hace magia.

Azaña. Los que le llamábamos don Manuel no es una biografía al uso del personaje (aunque cuando se acabe de leer se querrá leer biografías del 80% de los políticos de la II República gracias al buen oficio de Josefina Carabias). Tampoco es exactamente un libro de memorias. Es un modernísimo libro de crónica periodística – ensayo en primera persona que logra capturar a quien lee página tras página a pesar de estar contándonos cosas que pasaron hace 90 años y que su autora recordaba 50 años después de vivirlas. Lo mismo ocurre, por cierto, cuando se leen los reportajes y las crónicas que Carabias escribió en los años 30: siguen siendo una lectura fascinante.

Josefina Carabias era una moderna. Lo era porque era una mujer moderna de las de principios del siglo XX, pero también porque lo era en el fondo y la forma de lo que escribía. Había nacido en un pueblo de Ávila en una familia de agricultores acomodados que no quería que estudiase el Bachillerato. Ella lo hizo de todos modos por libre. Su padre le dejó estudiar en Madrid en la universidad – se licenció en Derecho – siempre que se quedase en la Residencia de Señoritas (Carabias bromea con que seguramente lo de señoritas le pareció de lo más seguro y tradicional).

En 1930, Josefina Carabias empezó a trabajar en medios y ahí fue donde empezó su yo periodista moderna. Fue una de las periodistas estrella de los medios más populares del momento, como las revistas ilustradas Crónica y Estampa o el popular periódico La Voz (ella misma cuenta en este ensayo que era el vespertino populachero de la editorial de El Sol, el periódico serio e influyente de la mañana: el primero tenía lectores masivos, el segundo era minoritario y poco rentable). Los textos que publicaba son pequeñas joyas periodísticas, de esas de diálogos dinámicos y atmósferas capturadas con un par de palabras (Magda Donato, por cierto, es otra de las periodistas que lo hacía también: llegó a escribir una crónica ¡como si fuese una obra de teatro!).

Josefina Carabias no solo cubrió temas de interés social, sino que además fue periodista política. Fue la primera mujer en hacer crónica parlamentaria en España, trabajando a tiempo completo siguiendo los avatares políticos de la II República. Fue una testigo privilegiada de esos hechos, como bien se puede ver en su libro.

A Azaña, Carabias lo conocía de antes. Su relación se remonta a los años previos a la proclamación de la república, cuando se conocieron en el Ateneo. Luego sus biografías se fueron entrelazando, aunque Azaña siempre la consideró alguien cercano (ella y una amiga fueron, por casualidad, quienes llevaron a Azaña en coche a una reunión crucial durante la proclamación de la II República). Este conocimiento le sirve para leer los movimientos que Azaña va realizando durante los años de la república y la guerra.

En el libro se mezcla la vida política republicana, la trayectoria de Azaña y de vez en cuando la realidad profesional de la propia Carabias (que cuenta solo lo que es necesario para entender el contexto y que hace que quien lee se quede con ganas de saber muchísimo más sobre eso). Todo con un ritmo que nunca decae, haciendo que sea una lectura increíblemente amena. Porque, como bien dice Elvira Lindo en el prólogo de esta edición, todas esas innovaciones periodísticas y todas esas crónicas de tan agradable lectura, todo eso, ya Josefina Carabias lo había hecho antes.

* Carabias también fue una de las pioneras del periodismo infiltrado de los años 30 (podéis leer aquí sobre ese tema).

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