Los sioux portadaLos Sioux es un libro raro, lo que no es ni bueno ni malo. Es simplemente un hecho. Es un libro difícil (lo que tampoco es ni bueno ni malo, simplemente es lo que es), uno que intenté leer de una sentada (que es como me gusta leer) hasta que descubrí que no era posible. Los Sioux es mejor leerlo poco a poco (me dosifiqué un capítulo al día), para no sentirse abrumada ante lo que se está leyendo.

Al principio, me sentía sepultada ante los diálogos, tan rápidos y tan llenos de giros idiomáticos y palabras francesas (y creo que hay que dar un aplauso a Mariano Peyrou, el traductor, porque Los Sioux parece una novela casi imposible de traducir) y luego por los personajes, a los que no podía evitar odiar. Margaret Drabble, la escritora inglesa, dijo sobre esta novela que era “extrañamente inquietante” y definitivamente lo es. Sus protagonistas son aterradores, altamente odiables, pero, a pesar de todo, captan la horrorizada atención del lector, como el típico accidente de autopista que nadie quiere ver pero que todos observan.

Y sí, Los Sioux es completamente y absolutamente original, una completa rareza.

La novela es una de las pocas obras literarias de Irene Handl, actriz británica que se hizo popular como actriz de series en la BBC hacia el final de su carrera. En los 60 publicó dos novelas que, como explican en la solapa del libro desde Impedimenta, la editorial que ahora la ha traducido al castellano, pasaron desapercibidas para la historia literaria por culpa de su fama como actriz. Las novelas no tienen nada que ver con Handl, con su carrera o con los papeles que la hicieron famosa. Las dos se centran en una familia francesa de clase alta, abrumadoramente decadente. Los Sioux es la primera de las dos novelas y no es (fue lo primero que yo pensé) una de esas historias encantadoras y divertidas sobre dramas familiares y enredos transfronterizos, a lo Nancy Mitford y sus historias. No, Los Sioux es increíblemente oscura bajo esa primera apertura de un matrimonio vip y sus costumbres caras.

Vincent Castleton es un hombre de negocios inglés que acaba de casarse con Marguerite Benoir, una divorciada francesa que tiene un hijo de su primer marido (su primo) que murió en un accidente de coche. Castleton entra así en la familia Benoir, una decadente familia de clase alta francesa que vive a caballo entre París y Nueva Orleáns, y se ve arrastrado por sus dinámicas, descubriendo que al mismo tiempo que son encantadores y divertidos en la superficie son bastante chungos una vez que se rasca un poco. Los Benoir son racistas, clasistas, manipuladores, egoístas y mantienen relaciones tóxicas entre ellos. Y entre Castleton y Marguerite está también George, el hijo de ella, un niño enfermizo e igualmente raro.

Pronto Castleton acaba viviendo lo mismo que vive el lector de la novela. Los Benoir se convierten en demasiado y tras la primera fascinación de los primeros días empiezan a saturarlo y a horrorizarlo (ciertos episodios son la gota que colma el vaso). Por supuesto, Castleton acaba teniendo toda la intención de huir, pero no puede desligarse por completo de ellos. Son como una enredadera imposible de podar. Y a medida que pasan las páginas se va enredando más y más en la tóxica familia Benoir.

Y eso es, posiblemente, lo mejor que hace Irene Handl. El lector es como el propio Castleton y también se va enredando con la historia y pasa horrorizado las páginas. Todo lo que empieza con una mordaz ironía británica se acaba convirtiendo en una historia bastante atroz (aunque sin perder ese tono de narración sobre la clase alta). En un momento, Castleton sueña con dejar atrás a los Benoir y olvidarse de ellos para siempre, volviendo a Inglaterra, pero sabemos que no podrá hacerlo. Él también está atrapado por las palabras.