portadaUna buena historia tiene el poder de cambiar al lector. El texto hindú épico-mitológico Mahabharata (c. siglo III a. de C.) nos dice: “Si escuchas con atención, al final serás otra persona”. En la recopilación medieval en lengua árabe de cuentos tradicionales del Oriente Medio ‘Las mil y una noches’, el corazón herido de un rey, traicionado por su esposa, se cura por la narración de una doncella. Con similar impulso lúdico, político y terapéutico, ‘Dos años, ocho meses y veintiocho noches‘ (Seix Barral, 2015) de Salman Rushdie (Bombay, 1947), emerge como una novela seductora, que conserva el marco clásico en el que una suerte de Sherezade retrasa su propia ejecución contándole un cuento cada noche a un rey asesino.

Este relato fantástico basado en hechos reales comienza con una historia de amor que presagia la guerra por venir. Como sucede a menudo en la obra de Rushdie, la narración encuentra una base histórica: la vida del filósofo musulmán Ibn Rushd, conocido como Averroes en Occidente, que vivió y enseñó en la España árabe de finales del siglo XII. Un día, una chica huérfana que dice llamarse Dunia llega a su puerta; como buen racionalista, Ibn Rushd no sospecha que se trata de una yinnia, una gran princesa de origen sobrenatural. Y así, algo menos de mil años después, los descendientes del filósofo y el genio se encontrarán llamados a levantarse en la batalla contra los oscuros genios que intentarán destruir el mundo terrenal, un conflicto que durará dos años, ocho meses y veintiocho noches, es decir, mil y una noches.

La novela de Rushdie posee una calidad atemporal, que bebe en las aguas de la poesía y la comedia, y los relatos que la componen van de lo familiar a lo extraordinario. Los guiños de Rushdie al lector son a la vez divertidos e hirientes. A Dunia, la amante de Ibn Rushd, se le contagia el carácter de la especie humana, “igual que los niños se contagian de varicela” y empieza a “amar el amor en sí, a amar su propia capacidad de amar, a amar el desprendimiento del amor, su sacrificio, su erotismo y su felicidad”. El genio maligno Zomurrud el Grande es “un yinni gigante” que “emerge de una bola de fuego”, “su camisa larga de batalla de color rojo llama y decorada con sus propios motivos dorados, una barba enorme y negra atada en torno a la cintura, como si fuera un cinturón y la espada en su vaina verde y dorada metida por debajo de aquella faja de pelo”. ¿Les suena?

En este mundo de papel, lo grueso coexiste con lo milagroso: Rushdie mezcla la aspereza y la santidad, el escenario desnudo y el conjunto abigarrado. En parte prueba de resistencia, en parte ejercicio intelectual, los relatos que pueblan ‘Dos años, ocho meses y veintiocho noches’ logran dibujar una serie de observaciones críticas sobre la realidad política, social y económica. La novela está llena de momentos vertiginosos, que rozan lo absurdo, situaciones hilarantes que son terrones de azúcar que nos ayudan a tragar la medicina amarga que ha preparado para nosotros este escritor inconformista.

Esta obra, sobre todo, nos permite ponernos en la mente, los ojos, los oídos y los corazones de otras personas, la “gran ciudad, con tus comidas, tus olores y tu veloz sensualidad, con tus encuentros casuales iniciados, ferozmente consumados y terminados”. Rushdie nos invita a empatizar con el otro. Con ironía perversa, ha escrito una novela atípica y, a menudo, hipnótica. Su peculiar tratamiento del tiempo y su estructura fragmentaria, junto a la fusión de cuentos populares y vuelos absurdos de la fantasía, la convierten en un precioso recordatorio del poder transformador de la narración.