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Es difícil explicar qué es exactamente Solterona, el libro de Kate Bolick que acaba de publicar Malpaso. ¿Es uno de esos libros testimonio contemporáneos? ¿Es un ensayo literario? ¿Es un complejo ensayo sobre la relación entre una lectora y sus autoras de cabecera? Sin duda, y como el título nos adelanta, es un libro sobre la soltería. En la contraportada dejan claro lo que no es: “Bolick no ha escrito un libro de autoayuda ni una guía inspiracional”. Solterona, subtitulado La construcción de una vida propia, es una recuperación y una reivindicación de la palabra solterona (spinster, en inglés, el título original) y al derecho de vivir sola de entrada, pero es también un ensayo literario de fondo y, sobre todo, es un libro que invita a pensar sobre muchas cosas.

Hace unos años, cuando se estrenó la primera temporada de Amar en Tiempos Revueltos, unas amigas se hicieron super fans e hicieron un CD (aún era la época de hacer CDs) de música de la época en la que se ambientaba la serie. Una de mis favoritas de las canciones que habían escogido era una de Concha Piquer, A la lima y al limón (fue la canción del verano de 1940, según un Labs de TVE sobre el tema), con una letra muy inquietante que dice mucho sobre lo que era entonces quedarse para vestir santos. La pobre vecinita de enfrente que no es especialmente atractiva (ni tiene talle de espiga ni labios rojo sangre, nos dice la letra de la canción) no ha conseguido tener pretendientes. Como nos cuentan «nadie se acerca a su reja, nadie llama a sus cristales, que solo el viento de noche es quien le ronda la calle». Así, en crudo y sin saber que al final ella se reirá de todo esto, es desalentador.

La historia de la vecina no solo es deprimente en la forma en la que se presenta, sino que además es material para las canciones de corro de los niños del barrio. Los niños cantan mientras juegan que la pobre mujer se va a quedar soltera y eso es «una penita y un dolor», por mucho que ella «nunca pierde la esperanza». El final de la historia no es, por supuesto, absolutamente revolucionario y la vecinita tiene su final feliz. Tras casarse todo el mundo («se han casado sus amigas y se han casado sus hermanas») ella al fin consigue quien la quiera: a los 30 (¡¡¡a los 30!!!, tenemos que llevarnos las manos a la cabeza) se casa «con un señor de 50» que «dicen que es magistrado» al que «luce por los paseos» y por los teatros. Y, como quien ríe el último ríe mejor, la vecinita ahora tararea por las calles “con ironía” la canción que los niños (malvados) cantaban bajo su ventana.

El libro de Bolick es no solo un texto escrito 70 años después que esa canción sino también un interesante contrapunto y uno que hace que se convierta en uno de esos libros que hay que leer (sí, yo intenté dosificármelo para que me durase más y disfrutar de la lectura, pero no pude evitar devorarlo). El ensayo tiene su origen en un reportaje que The Atlantic publicó hace unos años y en el que Bolick ya empezaba a reflexionar sobre el tema (y que fue viral, que es como sabemos empiezan las oleadas de interés en los tiempos modernos), aunque la autora llevaba reflexionando sobre la soltería y el derecho a vivir una vida propia (sola, se podría decir) desde hace mucho más tiempo. Cuando a los 28 años dejó a su novio de unos años, ese novio que se había mudado con ella a Nueva York para perseguir su sueño de escritora, había empezado ya a plantearse en serio qué es lo que ‘se espera de la vida’ y como la soledad puede ser una muy válida opción.

solterona1Bolick ha llegado a los 40 soltera, algo que hace unos cuantos años (y no tantos en realidad) la hubiese condenado a recibir la misma simpatía de sus vecinos que la vecinita de enfrente. Pero, a diferencia de la protagonista de A la lima y al limón, ella es una mujer moderna (y sí, resulta muy curioso descubrir cómo vamos usando el título de mujer moderna a lo largo de la historia: Neith Boyce, la primera de las escritoras de las nos hablará, también es una mujer moderna… aunque lo sea tal y como eran las mujeres modernas de finales del XIX) y por tanto puede plantearse muchas cosas más allá de simplemente casarse. Casarse es una opción de vida, no una obligación marcada por el calendario social (aunque casarse o no fue, como Bolick nos cuenta en algunos capítulos, una opción de vida también más aceptable en algunos períodos históricos, aquellos en los que se necesitaban grandes masas de mujeres solteras).

Para las escritoras que han ido guiando la vida de Bolick a lo largo de los años (y Solterona es una reflexión personal, por lo que las escritoras han sido elegidas por el impacto que tuvieron en la vida de la autora del texto no realmente porque sean muy conocidas o muy significativas en su momento) ser soltera también era una cuestión personal. Neith Boyce, la primera de ellas, no solo quiso ser soltera, sino que también hizo de ello el material para sus trabajos. Boyce (que se acabaría casando, por cierto, en un matrimonio abierto y bohemio que no le dio tanta libertad como nos podríamos imaginar) empezó su carrera literaria escribiendo columnas para Vogue en los últimos años del XIX sobre la vida de las mujeres solteras. Maeve Brennan, columnista en los 40 en The New Yorker, dejó a su marido en los años 50 porque quería vivir sola. Y a Edith Wharton, la Edith Wharton que conocemos como la conocemos, la vida le empezó en realidad cuando decidió poner punto y final a su matrimonio.

Imagen | Ilustración de 1885 sobre una solterona que, por supuesto, tiene que darnos lástima

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