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Los años 20 y, sobre todo, los años 30 fueron momentos en los que España se abrió a la modernidad y en el que aparecieron muchas cosas que hoy nos sorprenden cuando nos aventuramos sobre esos años. Fue cuando aparecieron las librerías modernas, cuando las mujeres entraron en el mundo laboral y nació la mujer moderna o cuando los periódicos y las revistas entraron en la modernidad. Sorprende descubrirlo cuando una se adentra en los ejemplares de esos medios (que ahora pueden verse muy fácilmente en la red, gracias al trabajo de instituciones como la Biblioteca Nacional) o cuando se leen reediciones de los trabajos de los periodistas de esos años.

Las revistas empezaron a publicar reportajes de profundidad y extensos y los medios eran más parecidos a los de ahora de lo que nos pueda parecer (posiblemente porque solemos meter en el mismo saco inconscientemente al pasado tamizándolo con lo que sabemos de la España gris de los años 40 y 50, pero los años 20 y 30 no tienen nada que ver). En los años de la II República los medios eran además mucho más modernos, mucho más abiertos y mucho más osados y los periodistas hacían cosas mucho más interesantes, mucho más próximas a lo que hoy nos parece normal y de muchísima calidad. Posiblemente fue una edad dorada para el periodismo en España, una que habíamos olvidado y que ahora se está recuperando.

Los periodistas de entonces hacían reportajes en profundidad y textos rompedores, que nada tienen que envidiar a los que se publicaron en los años 60 en las revistas estadounidenses y revolucionaron la historia del periodismo. Magda Donato (una autora olvidada que hay que leer sí o sí) publicaba en aquellos años los que llamaba reportajes vividos y que no eran más que historias en primera persona que la llevaron a infiltrarse en muchísimos lugares (pasó temporadas en la cárcel, en un manicomio o como secretaria de un adivino-médium para crear sus historias), por poner un ejemplo. No era la única periodista que estaba haciendo cosas rompedoras y reportajes de calado.

viaje a la aldea del crimenUno de ellos era Ramón J. Sender, al que todos hemos estudiado en nuestros libros de Lengua Española y Literatura como uno de los nombres clave de la literatura del exilio y que en los años 30 era un escritor muy famoso (y exitoso) y uno de los periodistas que firmaba reportajes de calado. Sender fue uno de los periodistas que en el 33 se desplazó a Casas Viejas, la localidad gaditana que se convirtió en un punto de inflexión en la historia de la II República. Lo que ocurrió allí sigue siendo material para los análisis históricos y el efecto que tuvo en los hechos que se desarrollarían en los siguientes años también es material para el estudio.

En enero de 1933, cuando en la localidad aún olía a pólvora y a los restos del incendio en la choza de Seisdedos, para los periodistas y para la opinión pública los hechos eran, sobre todo, algo confuso (los periodistas no creían la versión oficial de lo que había ocurrido) y algo de impacto, que causó una increíble conmoción. Sender cogió un avión en Madrid hacia Sevilla cuando todo acababa de pasar y llegó a Casas Viejas para hablar con los campesinos y los guardias protagonistas y escribir una serie de reportajes desde el lugar de los hechos para el periódico La Libertad.  Los periodistas no lo tuvieron nada fácil, como descubrimos cundo llegamos a las últimas crónicas de Sender, ya que aunque llegaron al lugar de los hechos en el día después y aunque pudieron hablar con todo el mundo en los primeros momentos, fueron perseguidos por los terratenientes locales (Sender cuenta sus asociados intentaban crear las condiciones para que se produjese una turba enfurecida que cargase contra ellos) y acabaron teniendo que huir de la zona con sus libretas de notas.

Los textos son increíbles y tuvieron en su momento un elevado impacto. Tras aparecer por entregas en el diario fueron publicados poco después en formato libro (y enriquecidos con la información que salió de las actas de la comisión parlamentaria que investigó lo que había pasado). Tras años sin ser reeditado o ser olvidado, ese libro ha vuelto ahora a las librerías. Libros del Asteroide ha reeditado Viaje a la aldea del crimen. Documental de Casas Viejas, acompañando al texto de un prólogo firmado por Antonio G. Maldonado que ayuda a comprender mucho mejor el impacto que el libro tuvo en la sociedad de la época (cuenta Maldonado que la investigación histórica ha demostrado que algunas de las conclusiones de Sender sobre el papel del Gobierno no eran exactas, aunque en su momento se convirtieron en la verdad aceptada y tuvieron un impacto directo en cómo se percibía la historia).

La lectura del libro sigue siendo ahora muy impactante, ya no solo porque se vea el texto como un documento con valor histórico. De hecho, es muy fácil olvidar esa cuestión y quedarse con el texto con su otra vertiente, como un ejemplo de labor periodística y como una muestra de un trabajo bastante de vanguardia a la hora de producir información. En el dossier de prensa con el que se presenta la edición se menciona un análisis del texto en el que se señalaba que es una historia que sigue el mismo formato que lo que Truman Capote haría muchas décadas después, aunque mucho antes de que Capote se lanzase a crearlo. Como Capote, Sender también narra la historia en tiempo real (él se remonta a los hechos y su contexto y lo narra siguiendo la cronología de lo que debió suceder y los sentimientos de los campesinos protagonistas) y lo hace jugando con el tiempo de la narración y con el poder de lo literario para contar una historia con garra. En efecto: es nuevo periodismo mucho antes de que se inventase el nuevo periodismo.

Viaje a la aldea del crimen se lee por tanto como una novela (pero no es una novela, es periodismo) y consigue que el lector se transporte a los hechos y que siga a los protagonistas de los mismos como si fuesen personajes. Todos sabemos lo que ocurrió (los campesinos, liderados por Seisdedos, proclamaron el comunismo libertario, pensando que todo el país se había levantado en una revolución – y no era cierto – y fueron duramente reducidos por las fuerzas de seguridad), pero la historia consigue mantener al lector atrapado página tras página hasta que llega el momento final.

Foto de apertura

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