GeografíaIlegible, incomprensible, autoindulgente, aburrida: adjetivos que la crítica ha adjudicado tradicionalmente a la autora Gertrude Stein (Pensilvania, EEUU, 1874). La antología ‘Objetos y retratos. Geografía‘ (Amargord ediciones, 2014) pretende hacer justicia a una poeta injustamente olvidada, al rescatar la obra poética de una mujer original, impactante y sorprendente y presentarla, por vez primera, al lector en castellano: “Piezas breves entonces, que dan cuenta desde y con una mirada orientada por la poesía, a textos que suponen un ejercicio radical en cuanto a explorar, a extender y a extremar las posibilidades del lenguaje”.

La poesía de Stein puede ser tan aburrida como la de James Joyce o Samuel Beckett. Tan vibrante. Poco o nada importan a la poeta de Pensilvania ritmo, métrica o rima. Si todo el mundo escribe poemas, parece decir su poesía, escribir poemas no tiene sentido. Si todos los poemas han sido escritos, para qué seguir escribiendo poesía: “Libro estaba ahí, estaba ahí. Libro estaba ahí. Para, para, era una fregona, una fregona mojada y no estaba donde estaba mojada, no estaba colocada, estaba directamente puesta de nuevo, no puesta de nuevo, no puesta de nuevo, otra vez de nuevo estaba de vuelta, era innecesaria, puso un banco, un banco donde, un banco atento” («Libro»).

La poesía de Stein canta y celebra el arte de la escritura. Su famoso verso “Rosa es una rosa es una rosa es una rosa” no es más que la punta del iceberg. Su obra es inteligente y enrevesada, recurrente hasta el infinito. La poeta gusta de dramatizar la dificultad de expresar el pensamiento mediante el lenguaje. En sus “Retratos”, las palabras tiemblan ante la perspectiva de ser elegidas: “Guiñol a por linier. / Diente elegante, gas tirante. / Codo elige, agrio recio poro, poro césar, echa estado a. / Dejo ojo instruyo yo. Dejo yo. Instruyo. Yo. Dejo yo instruyo, yo” (“Guillaume Apollinaire”).

La antología Objetos prueba que Stein sigue siendo una figura útil e influyente. Sus obras (o, como las describió ella misma, sus “paisajes”) son raros documentos. Sus poemas raras veces parecen poemas. Suceden en un presente continuo y desnaturalizado carente de sentido. “Retrato anónimo” dice así: “Yo te yo te yo te conozco. Tú sabes que sabes eso”. Eso es todo. El desprecio de Stein por las convenciones, su negativa a seguir la prosodia tradicional, su estructuración (en apariencia) desestructurada, su desmesura lingüística, son maravillosamente liberadores.

Stein rompe las expectativas del lector medio. Al mismo tiempo, puede convertirse en la maldición de un traductor. Difícil leer, escuchar y traducir al mismo tiempo, observar la acción y escuchar el discurso de la poeta norteamericana. Se hace necesario un nuevo idioma, algo a medio camino entre el español y el inglés, la razón y la sinrazón, un idioma que no distraiga la atención de la acción: “Cada cuantos cuantos cuantos cada cada cuantos cuantos cada cada cuantos cuantos cada cada cuantos cuantos cada. Cada uno. / Geografía incluye habitantes y navíos. / Plenitud de planes. / Geográficamente de nada”. (“Geografía”).

Rara vez se suministran coordenadas espacio-temporales. Es un misterio cuándo y cómo sucede la acción del poema. Andrés Fisher (Washington DC, 1963) y Benito del Pliego (Madrid, 1970) utilizan la página como un lienzo en blanco en el que crean y recrean visiones poéticas notables y originales en castellano. Stein dispone las hileras de palabras. Fisher y del Pliego las liberan de los rigores del significado discursivo: “Europa es muy pequeña para hacer la guerra ya que cualquier ahora puede verlo todo y si cualquier realmente cualquiera puede verlo todo entonces no pueden hacer la guerra. Pueden tener muchísimos problemas pero no pueden hacer la guerra. No hacer la guerra” (“Capítulo IV”).

La poesía de Stein es impenetrable. Juan Soros, al frente de la colección Transatlántica, Amargord Ediciones, la convierte en un objeto bello y sobre todo accesible. Leer a Stein puede convertirse en una experiencia fresca y renovadora. Sus poemas provocan desazón y rabia, nunca indiferencia. Uno se siente al mismo tiempo saciado por las palabras y hambriento de sentido.

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