Diarios de Sofia Tolstoi¿Es posible ser un genio y ser buena persona? Ya vimos aquí que no, por eso uno debería pensárselo dos veces antes de casarse con alguien brillante, especialmente si es artista, especialmente si se lo cree.

Cuando uno lee los diarios de Lev Tolstoi se queda con la sensación de que era un hombre entrañable. Imperfecto, sí, pero siempre queriendo mejorar. Haciendo listas y listas y listas de buenos propósitos que nunca cumplía (porque la voluntad es débil). Ideando proyectos para hacer del mundo un lugar mejor. Poniéndose metas para hacer de él mismo un lugar mejor.

Pero la sensación cambia drásticamente cuando leemos los diarios de Sofía Tolstoi, su mujer. Se casaron en 1868, cuando él tenía 34 años y ella solo 18. Estuvieron casados durante 48 años, durante los cuales tuvieron 13 hijos (de los que solo 8 llegaron a la vida adulta). Se implicó profundamente con la obra de Lev, y además de encargarse de las finanzas y promoción del escritor, también fue la copista de gran parte de su obra. En lo sentimental sin embargo, las cosas no fueron tan bien. Aunque se prometió fascinada por la figura del escritor (al que en realidad apenas conocía) pronto comenzó a sentirse sola, frustrada ante las exigencias y los cambios de humor del Lev (y sintiéndose aún por encima culpable de no hacerlo mejor). Los últimos años la relación fue de mal en peor, después de que él decidiera donar todos sus bienes a la humanidad (aunque dejase a la familia sin nada). Aún así, a lo largo del diario son frecuentes las declaraciones de amor por su esposo, y en cierta manera, también se infieren las de él por ella.

Leyendo los Diarios de Sofía descubrimos algunas de las cosas que suponía el estar casada con el genio, el tempestuoso, el agotador Lev Tolstoi. Entre ellas:

1. Tener que enterarte de sus vicios de soltero en el momento más inoportuno.

En la víspera de su boda Lev, obsesionado con la honestidad, obliga a Sofía a leer sus Diarios íntimos, en los que describía sus experiencias sexuales, sus juergas, sus emborrachamientos, o la ¿violación? de una criada con la que tuvo un hijo . Tengamos en cuenta que Sofía era una jovencita de 18 años que poco sabía de la vida. Así lo plasma ella un par de meses después: «Todo el pasado de mi marido me parece tan horrible. Creo que nunca podré acostumbrarme a eso. Quizá cuando tenga otros objetivos, cuando consiga los niños que deseo tanto, mi vida por fin estará completa y encontraré en ellos esta pureza sin pasado, sin horrores, sin todas las cosas que ahora mismo me producen tanta amargura de mi marido».

2. Tener que adaptarte a su lista siempre creciente de exigencias y valores morales

Ya hemos dicho que pocas cosas le gustaban más a Tolstoi que pontificar sobre el bien y el mal, pero así como a él mismo le costaba cumplir sus normas, no vacilaba en hacer sentir mal a Sofía cuando ella no lo hacía. Así, podía dejarle de hablar por no dar el pecho a su hijo recién nacido, como si fuera culpa de ella tener mastitis. «Es monstruoso no dar el pecho a tu hijo -me ha dicho él. ¿Y quién pretende lo contrario? ¿Pero qué hacer frente a una imposibilidad física? Siento que está siendo injusto. ¿Por qué torturarme una y otra vez?». O también podía reñirla por mostrarse demasiado triste tras la muerte de su hijo. O negarse a que tomara medidas anticonceptivas.

3. Estar siempre atenta a sus cambios de humor

No deberíamos ser injustos con Tolstoi, él también quería a Sofía y le demostraba su amor, pero ella nunca sabía cuando él se iba a poner (de nuevo) de mal humor. Tolstoi y Sofía leían mutuamente sus diarios (él el de ella, ella él de él, al menos los primeros años), y en ocasiones eso hacía sentir culpable al escritor. Tras una bronca, él escribe en el diario de ella «He sido grosero y cruel, y ¿con quién? Con la persona que me ha dado la mayor felicidad de mi vida y a la única a la que amo. Sonia, sé que esto no se olvida, no se perdona, pero te conozco bien y admito toda mi bajeza. Mi pequeña, soy culpable porque soy malo, pero hay dentro de mí un hombre de bien que, por momento, asoma. Ámalo y no le hagas reproches». Debajo ella añade: «Es L. quien escribió eso, me pidió perdón. Pero después se enfadó de nuevo, ignoro por qué y lo tachó todo».

4.  Vivir tu vida a través de él.

Esto no es realmente culpa de Lev, sino de la época. Sofía piensa en Lev día y noche, noche y día, y ella es solo un pequeño apartado en sus diarios. Además, ella se encarga de copiar y gestionar la obra de él, sin mayor reconocimiento por parte de él, ni siquiera cuando consigue el permiso del zar para publicar ‘Sonata a Kreutzer’ dentro de un volumen de obras completas: «Yo estaba contenta de encontrarme de nuevo en casa, pero L. estaba muy disgustado de mi aventura y de mi conversación con el zar. Según él parecíamos habernos comprometido a algo que no podríamos sostener con el zar, mientras que antes él y el soberano se ignoraban mutuamente».

De la misma manera, copiar una obra maestra la primera vez te hace ilusión, pero a la décima transcripción puedes empezar a cansarte: «Recuerdo cómo esperaba, después del trabajo cotidiano de Lev Nikolaievich, y con cuánta ansia me apresuraba a transcribirlo, encontrándole siempre bellezas nuevas. Pero en la décima transcripción del mismo escrito ya no hay nada. Ahora esto me mata. Tengo que empezar a hacer algo para mí misma, si no quiero que se me marchite el alma».

Por no hablar de que en el momento, con los hijos ya criados, en el que Sofía descubre algo que le da felicidad por ella misma, cuando descubre la música de la mano de su amigo Serguei Ivanovich Taneiev (relación puramente amistosa, no os vayáis a creer), a él le entran los siete males.

5. Te dejará sin nada y permitirá que hablen mal de ti

En los últimos años de vida de Tolstoi, la casa se llena de todo tipo de personajes particulares, que meten cizaña entre ella y el escritor, pues la acusan de burguesa, de egoísta, de manipuladora, de cortarle las alas al genio (imagen que se perpetuará y que llegará hasta nuestros días). Las malas relaciones con su marido agrian el temperamento de Sofia, volviéndola celosa y paranoica.

Además, los últimos años de la relación son una lucha continua, por el dinero (que Tolstoi, en pleno delirio mesiánico quiere compartir con todos los pobres), por los derechos de la obra (que Tolstoi quiere legar a la humanidad y no a su familia) e incluso por la intimidad (Sofía descose y cose cada día el forro de un abrigo en el que Tolstoi escondía su diario más personal).

Lev y Sofía Tolstoi

Evidentemente toda relación tiene su luz y sus sombras, y Sofía, al final de su vida tampoco debía ser una compañía agradable, con celos enfermizos y constantes amenazas de suicidio. Pero tras la muerte del escritor recobró la cordura y dejó de padecer crisis histéricas, lo cual parece indicativo de algo.

Esta visión (parcial) es la que uno consigue tras leer los muy recomendables ‘Diarios‘ de Sofía Tolstoi (de soltera Sofía Behrs). Están publicados en castellano por Alba Clásica. También existe una biografía muy interesante de Alexandra Popoff, publicada por Circe. Y si quieres saber más sobre Sofia Tolstoi y otras mujeres de famosos autores, no dudes en leer nuestro libro ‘¡No te cases con un escritor!‘.

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