“El tiempo deja caer las cosas en su sitio. Ahora las señoritas estudian, pintan, escriben, trabajan, salen solas y no está mal visto”.  A finales de la década de los años 20, Agustina González llegaba a esa conclusión en uno de los capítulos de su libro Justificación. Hablaba de la “locura social”, lo que ella había padecido cuando era una adolescente y se había aventurado a conocer sola las calles de Granada, pero reflexionaba también sobre cómo el paso del tiempo hacía que algo que se veía antes como una locura dejaba de serlo.

Su salida, en 1905, se había convertido en un escándalo en su ciudad natal (“yo deseaba que una epidemia dejara mudos a los que hablaban del asunto, hasta que se hubieran olvidado del embuste”) y tuvo consecuencias directas para la joven, que fue sometida a un proceso de internamiento en casa diagnosticada con alguna suerte de histerismo (y acabaría siendo vista durante toda su existencia como una excéntrica y una loca). La escapada por las calles de Granada vestida de hombre para poder tener libertad y no ser reconocida fue, posiblemente, la primera muestra de Agustina González iba a ser una persona especial.

González acabaría convirtiéndose en escritora (que publicaba sus obras y las vendía en la zapatería familiar), filósofa, política y mujer que rompió con las barreras de su época (y que posiblemente, como ella misma escribía en los años 20, se adelantó un par de años a las modernas de los Felices Años 20 y de la república). La muerte le llegó en 1936 (se desconoce la fecha exacta), en la Guerra Civil: fue una de las tres mujeres que fueron fusiladas en Víznar, donde también moriría Federico García Lorca.

La parte más significativa de la obra de la González acaba de ser recuperada por Ménades Editorial, que publicó a principios de verano el volumen antológico Clemencia a las estrellas. Los textos son muy de su época y González es una escritora, por así decirlo, extraña para quien lee desde el siglo XXI (pero posiblemente no tanto en aquel momento, en el que se publicaban cosas bastantes variopintas). Leer los textos recopilados en Clemencia a las estrellas, varios manifiestos y una propuesta ortográfica (de la que hablamos con más detalle en este artículo), invita, eso sí, a descubrir mucho más sobre Agustina González, quién era y cómo vivió.

González fue, de hecho, la inspiración para La zapatera prodigiosa de Lorca, pero esa curiosidad no debería de convertirse en el titular sobre su vida y su trayectoria. González es fascinante por muchas más razones. «Al indagar un poco en su vida, su personalidad fascinante me llevó a concluir que era absolutamente necesario rescatar sus escritos y publicarlos«, me explicaba a principios de verano por mail Gema Nieto, editora de la colección de Olvidadas de Ménades y la responsable del prólogo de la obra.  “En Ménades dimos con Agustina un poco de la misma manera y a través del mismo proceso que hemos seguido con todas nuestras autoras de la línea Olvidadas: rebuscando e indagando en listados, colecciones o antologías para encontrar voces desconocidas o historias interesantes que nunca han sido publicadas en nuestro país”, apuntaba.

«Desde que comencé a investigar un poco más sobre ella me sobrevino un sentimiento de rabia e incredulidad por el hecho de que casi nadie conociera a esta autora y que su vida hubiese sido silenciada tan injustamente», me señalaba cuando le preguntaba qué les llevó a recuperar a esta escritora. «Sentí la necesidad imperiosa de hacerle justicia a una mujer tan valiente que defendió sus ideas hasta las últimas consecuencias y que fue asesinada por los mayores ignorantes y fanáticos de su época», añadía. Como me explicaba Nieto, González fue por delante de su tiempo. «Se adelantó décadas (casi un siglo) en el tiempo con sus ideas, aplicables a todos los ámbitos de la vida y la sociedad, y fue la primera persona en nuestro país en hacer propuestas que en su época sonaban completamente imposibles pero que a día de hoy son realidades incuestionables, como la legalización de los matrimonios homosexuales, las viviendas de protección oficial, la creación de una moneda única o la ausencia de fronteras en Europa», destacaba.

En el prólogo de Clemencia a las estrellas, Nieto da unas cuantas pinceladas sobre la trayectoria de Agustina González. Había nacido a finales del siglo XIX en Granada y escribió varias obras de teatro, varios opúsculos y una propuesta ortográfica en vida. También fue política: fundó el Partido Entero Humanista en los años 30. Tras ser fusilada en Víznar en 1936, fue sometida en 1939 a un juicio (“teatrillo judicial”, escribe Nieto, y sí, ella ya estaba muerta) que la condenó a pagar una multa de 8.000 pesetas, que tuvieron que pagar sus familiares. Cuando la fusilaron, explica Nieto, se dice que pidió clemencia a las estrellas frente al pelotón de fusilamiento.

“Por desgracia no existe (de momento) ningún ensayo extenso ni biografía sobre ella, solo algunos artículos en periódicos de Granada y una breve semblanza escrita por Francisco Ayala en sus Relatos granadinos, aunque nos consta que el interés que su figura despierta es cada vez mayor y escritoras como Luna Miguel se están haciendo eco de ella”, me señala por correo electrónico Gemma Nieto cuando le pregunto si existe una biografía sobre Agustina González y su fascinante vida.

Buscando a Agustina González en las hemerotecas

Agustina González, como nombre propio, es muy común, pero usando ciertas palabras clave o limitando geográficamente las búsquedas es posible seguirle la pista en las hemerotecas. La hemeroteca online del diario ABC, la Biblioteca Virtual Andalucía, la Hemeroteca Digital de la Biblioteca Nacional de España y la hemeroteca Prensa Histórica del Ministerio de Cultura fueron los destinos a los que me dirigí para intentar saber más sobre Agustina González. A falta de una biografía, me dije, buenos serán los periódicos de la época. La prensa, sin embargo, solo me generó más preguntas y muchas más ganas de leer una biografía de esta sorprendente mujer.

Sobre la historia que asentó la imagen pública de Agustina González, nada encontré en prensa (a pesar de que ese tipo de historias, la de la jovencita que se lanza a recorrer la ciudad vestida de hombre, es el tipo de contenidos que a los periódicos de entonces les gustaban mucho). La primera aparición de Agustina González en la prensa local es de mediados de la década de los 10. Entre 1915 y 1916, aparece en la prensa local granadina publicidad de una academia de dibujo “para señoritas”, establecida en la calle Reyes Católicos, 15. La directora se llama Amelia Agustina González.

La inauguración fue el 27 de febrero de 1916, en un acto en el que dieron “té y pastelitos” y “ante numerosa y distinguida concurrencia”. «En un amplio salón, que fue hace poco tiempo estudio fotográfico» se estableció la academia «aprovechando las condiciones de luz». La academia, según el Noticiario Granadino, tiene «todas las exigencias del confort moderno» y mobiliario «estilo renacimiento». La «joven directora» la «señorita González» de «franca belleza y sencillez» y con «una verdadera vocación al arte» mostraba sus diplomas, un premio de honor logrado en Roma y una medalla de oro en las paredes de la academia.

Todo parece tan socialmente aceptable y tan casi tradicional que sorprende pensar que esa Agustina González que tenía una academia de dibujo en Granada sea la misma que luego se convertirá en escritora. Sin embargo, González era también artista y usaba el pseudónimo Amelia, como apuntará otra noticia (esta de 1917). Amelia era el primer nombre que usaba la Agustina que estaba montando una academia.

No sé qué ocurrió con la academia como fuente de ingresos para González, porque las siguientes apariciones en medios que he localizado en las hemerotecas hablan de otras cosas. En 1917, aparece en la prensa madrileña una referencia a la publicación de Idearium futurismo, el libro en el que propone una ortografía alternativa y más sencilla. No era la primera que lo hizo en la historia del castellano y no parece que su ideario tuviese mucho eco.

Para cerrar la década, una mención en ABC deja ya claro que Agustina González era ya la Agustina González que ahora empezamos a conocer. “Se dice que se ha decretado auto de prisión contra la escritora granadina Agustina González”, publican en febrero de 1919. Las razones del auto fueron “los gritos subversivos” que lanzó desde su balcón “contra el régimen” y el haber puesto una bandera roja. “La opinión no concede ninguna importancia a la conducta de Agustina, que se considera perturbada”, añadían.

La vuelta de Agustina González a la prensa local se produce a finales de los años 20, cuando los medios recogen la noticia de la publicación de Justificación (y que es uno de los títulos que ha recuperado Ménades). Uno de ellos lo define como “muy interesante y ameno”, pero parece los clásicos lugares comunes que los periódicos ponían sobre las publicaciones que recibían. Para Granada Gráfica, en abril de 1928, Agustina González es “la bella y notable escritora granadina”, otro clásico del lenguaje sobre autoras de ese momento. El libro, nos dicen, cuesta 1,50 pesetas y se puede comprar en casa de la escritora o en “Mesones, 8”. Ese medio también da cuenta de la publicación de Las leyes secretas, de un modo más bien neutro. El defensor de Granada (el medio que será más crítico y sarcástico con sus obras) reseña también el lanzamiento, aunque reconocen que no entienden el libro y que no pueden decir nada sobre él. Unos meses después, uno de sus columnistas (“Constancio”) es muy mordaz haciendo una crítica sobre el texto. El mismo columnista hará leña después del manifiesto de su partido político en los años 30.

La primera vez que Agustina González se presenta a las elecciones es, siguiendo la prensa local, en 1931, en las primeras elecciones de la II República, las de las Cortes Constituyentes. Los resultados que se publican el 29 de junio en El Defensor de Granada permiten descubrir no solo que fue la única mujer que se presentaba en la provincia y también que, de todos los candidatos, no fue la que obtuvo el peor resultado. El escrutinio final le daba 27 votos. Constancio, el crítico del diario, le dedica una “silueta” en julio y señala que puede estar orgullosa de sus resultados, especialmente teniendo en cuenta que se presentaban muchísimos candidatos. Sus 27 votos son “una base bastante firme” para su futuro, dice.

En 1933 vuelve a presentarse a las elecciones, bajo el Partido Entero Humanista. En noviembre, cuando se proclaman candidatos, ella aparece (es la número 11), aunque ya no es la única mujer en presentarse por Granada (también está María Lejárraga). Sacará 15 votos. Ese año, su candidatura llamará la atención de la prensa de Madrid: aparece en un periódico humorístico en el que la mencionan con sarcasmo.

Una mujer que rompió con su tiempo

Las pocas pinceladas sobre la vida de Agustina González de la prensa de la época hacen, por tanto, que se quiera saber más sobre ella… aunque de entrada, como lectoras de a pie, no se pueda. En un periódico de 1918 la mencionaban de pasada en una noticia sobre Milorad de Raïtchevitch, un periodista y conferenciante serbio que estaba en la España de los años 17 y 18 para hablar de sus aventuras alrededor del mundo. La presentaban como “su esposa”. Cuando me encontré esa mención, me pregunté rápidamente si había encontrado oro biográfico. ¿Una historia rocambolesca más?

Raïtchevitch parecía casi un personaje inventado y mi primer temor fue que el personaje fuese un ‘fake’, pero no lo era. El conferenciante era una persona real, con una presencia constante en la prensa de la época. No solo aparece en muchos más periódicos del momento, sino que en uno hay hasta una foto. Raïtchevitch recorrió las ciudades de España hablando de “sus viajes a Rusia, Japón, China, etc” en “perfecto castellano”. En ninguno de los demás artículos se menciona a Agustina González o a una esposa española, así que es fácil concluir que La Independencia, el periódico que los daba por casados, se equivocaba.

La ausencia de una historia rocambolesca como esa no hace que la vida de González sea menos interesante. Lejos, de hecho, de eso.

«Agustina González fue una mujer que actuaba y pensaba alejada de los prejuicios y los condicionantes de género que entonces (y aún ahora) se achacaban a las mujeres», explicaba Gema Nieto. «Tenía un temperamento poco común en una mujer de la época, lo que hizo de ella una amenaza para las mentes más retrógradas, especialmente en un ambiente de provincias, a priori no tan expuesto a círculos progresistas o intelectuales», añade. «Por eso me parece doblemente valiente por su parte el que se expusiera a sí misma a través de la escritura y se enfrentara sin miedo a esas mentalidades que la insultaban contestando siempre que la razón la asistía y que lo que entonces muchos creían locura acabaría aceptándose con los años (como así ha sido)», apunta.

Fotografía, de Granada Gráfica, 1928

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