Ali-beyEn 1795 Pedro Badía estaba moviendo todos cuantos hilos tenía en sus manos (y puede que no tuviese muchos, al fin y al cabo solo era un modesto funcionario de la administración española de la época) para que las autoridades revocasen el permiso que le habían dado a su hijo, Domingo, para realizar lo que Domingo creía que era una gran hazaña con grandes utilidades militares, científicas y económicas y lo que su padre consideraba que era una locura.

Domingo Badía, funcionario como su padre del estado en su caso en la Real Renta de Tabacos de Córdoba, había puesto en marcha una expedición para hacer volar un globo aerostático. Por ponerlo claro: el padre pedía a las autoridades que lo parasen “temiendo que su hijo se iba a precipitar y a matar”. Pedro Badía consiguió su objetivo y logró que las autoridades quitasen a su hijo su permiso.

Con ello consiguió varias cosas. La primera, obvia, fue que su hijo no se matase en un arriesgado viaje en globo. La segunda, bastante menos positiva, que su hijo y su suegro, que habían invertido en la expedición, cayesen en la ruina. Y la tercera, muy especulativa, que Domingo Badía tuviese que centrarse en nuevas y diferentes aventuras. Porque puede que su padre le quitase de en medio la expedición con el globo pero no logró curarlo para siempre de su sed de aventuras.

Cuatro años más tarde, Domingo Badía estaba en Madrid, en la Corte, pidiendo que le devolvieran el dinero que había perdido por culpa del frustrado intento de volar en un globo y dando los primeros pasos para convertirse en Ali Bey, que sería un espía a las órdenes del gobierno español del XIX y (sobre todo) el autor de uno de los libros de viaje más populares en toda Europa de principios de ese siglo.

Badía se pasó los siguientes años tras su llegada a Madrid presentando propuestas de aventuras científicas de diferente clase al gobierno español del momento, aunque ninguna fue arriba hasta que en abril de 1801 presentaría la que el gobierno aceptaría y la que pasaría a la  historia, tal y como leemos en Impostores. Sombras en la España de las Luces, de Antonio Calvo Maturana, que acaba de publicar Cátedra. Badía le propone a la administración lanzarse a recorrer el norte de África y conocer así de primera mano la cuenca musulmana del Mediterráneo. Como quiere conocerlo de primera mano, Badía se hará pasar por Ali Bey, el hijo de unos nobles musulmanes nacido en el exilio y criado por tanto en Europa. Badía no hablaba árabe, así que tenía que crearse una fachada que fuese creíble y sostenible.

El plan salió adelante (por supuesto, Ali Bey tenía que cumplir con ciertas obligaciones de espionaje e intrigas políticas) y Badía llegó en 1803 a Tánger, donde empezó una ruta que le llevaría durante varios meses por Fez, Larache, Trípoli, Nicosia, Alejandría, El Cairo, La Meca (como nos cuenta Calvo Maturana Badía no fue el primer europeo en pisar la ciudad, pero sí el primero en hacerlo sin ser realmente musulmán), Damasco, Jerusalén o Constantinopla. El espía no volvería a España hasta 5 años después del comienzo del viaje.

La experiencia fue, por supuesto, fascinante. No hay más que pensar que viajar entonces era algo muy diferente a viajar ahora y que la comunicación entre países no era tan fluida como lo es ahora. Bey estaba viendo cosas que, por así decirlo, nunca había visto o imaginado. Y de todo lo que vio nació un relato.

El espía se convirtió en escritor

Puede que a nivel político el viaje de Badía no sirviese para nada, pero a nivel de literatura de viajes fue bastante prolífico. En 1814, se publicó en París un libro de viajes firmado por Ali Bey que rápidamente se convirtió en un éxito. El autor era un personaje fascinante, al menos a ojos de los lectores de la época, ya que era un oriental educado como europeo, lo que le daba entrada en lugares en los que los europeos no podían entrar y le permitía verlo como sus lectores lo hubiesen visto. Dado que en aquella época la fascinación por Oriente era una moda en pleno auge, el libro fue rápidamente traducido y leído. Curiosamente, España y en castellano fue un mercado al que el libro llegó de forma tardía (no lo hizo hasta 1836, aunque ahora se puede encontrar fácilmente digitalizada en la Biblioteca Nacional).

Badía siguió por tanto jugando con su falsa identidad y empleando la misma historia que había usado como espía para publicar su libro (y hacerlo más atractivo a ojos del lector). La identidad de Ali Bey fue, de hecho, motivo de misterio y especulación cuando el libro llegó al mercado en su momento.

El espía metido a escritor no cejó de buscar aventuras tras su experiencia como infiltrado y en 1817 consiguió convencer, tras muchos intentos, a la administración francesa para que le pagase un nuevo viaje por África haciéndose pasar por otra persona. Hayy’Ali Abu Utman se lanzó a la aventura en 1818 aunque, por desgracia para él, no fue una muy larga. Acabaría muriendo en la capital siria de disentería o, quizás, envenenado.