comida jane austen

A lo largo de la historia, las costumbres sobre cómo, cuándo y qué se come fueron evolucionando. Los cambios no solo son por tanto geográficos (y cualquiera que tenga que explicar por qué en España cenamos tan tarde bien lo sabe) sino también marcados por la cronología. Las cosas que gustaban hace cien años poco tienen que ver con lo que gustaba en la Edad Media o en la época de los romanos, por poner unos ejemplos, como tampoco se comía igual ni a las mismas horas. El uso del tenedor, por ejemplo, no se popularizó en Europa hasta bastante tarde y de forma bastante escalonada en cada uno de los países. No es más que un ejemplo sobre cómo cambian las costumbres a lo largo del tiempo.

Por ello, sentarse a la mesa con Jane Austen era bastante diferente a sentarse a la mesa en la actualidad, como bien cuentan en la introducción de The Jane Austen Cookbook, el libro de Magie Black y Deirdre Le Faye del que ya sacamos la receta para hacer las galletas que comía la familia. No hay que dejarse llevar además por lo que parece que vemos siempre en las películas y por las reglas de protocolo que damos por hecho por novelas y películas de época. Muchas veces esas cuestiones son en realidad posteriores y no se popularizaron hasta entrado el siglo XIX.

Para empezar, nos cuentan en el libro, las rutinas de comida eran notablemente diferentes a las actuales porque estaban mucho más marcadas por las horas de sol. Las rutinas también variaban entre las diferentes clases sociales. Los aristócratas podían cenar a la luz de las velas, pero las clases bajas no podían permitirse semejante derroche. Por ello, la gente se levantaba muy temprano y se ponía a trabajar para aprovechar las primeras horas de luz (y por trabajar puede entenderse todo, no solo trabajar en el campo: aquí ya hablan también de las clases medias o la pequeña nobleza rural). Así, aunque se levantaban a las 7 de la mañana, no se sentaban a la mesa del desayuno hasta las 10. Este desayuno, cuentan en el libro, duraba una hora y era muy consistente.

Tras este desayuno empezaba ‘la mañana’, esto es, cuando las damas hacían visitas y salían de compras y cuando los caballeros acomodados trabajaban si tenían profesión o se centraban en gestionar sus propiedades si era lo que tocaba (y sí, la gran mayoría de la población posiblemente estaba trabajando duramente y no habría desayunado durante una hora, pero el libro se centra en lo que comía y cuando lo hacía quienes se movían en las mismas esferas que Austen).

Tras ello, el día culminaba con una cena de dos horas, que se servía entre las tres y las cuatro.  Entre el desayuno y la cena no había una comida (aunque sí picoteaban algunas cosas en esas visitas que hacían las damas) y la aparición (y hablamos del mundo de Austen, así que esto se centra en cómo comían los acomodados – en mayor o menor grado – ingleses) de la comida del mediodía no llegaría hasta más adelante y el té de las cinco hasta la época eduardiana (principios del siglo XX).

Las normas de protocolo de la cena no eran tan duras como las victorianas y como solemos ver en algunas películas. No había sitios asignados, salvo para los invitados de honor, y no tenían que sentarse de forma alterna hombres y mujeres. La comida tampoco se servía como se hace ahora (esas costumbres, como la emplatar en la cocina o la de servir cada plato, como se ve en Downton Abbey, por ejemplo, las importaron del continente en los años posteriores) sino que les traían los platos por grupos de los que ellos podían servirse. Por ejemplo, tras la sopa llegaba un servicio de carne, pero eran en realidad muchos tipos de carnes, guarniciones y salsas que llegaban juntas (podían ser hasta 25 elementos diferentes) que eran puestos en el centro de la mesa, como nos cuentan, y de los que los comensales podían coger lo que querían. No tenías que comerte los 25 posibles alimentos. Los postres eran frutas y frutos secos, incluyendo a veces dulces y helados. Tras el postre, eso sí, los comensales se separaban. Las mujeres se iban a una salita, a bordar o a leer, mientras los hombres se quedaban en el comedor bebiendo y charlando. Luego se volvían a juntar cuando llegaba el té.

Después de la cena se salía a pasear por los jardines o por algún lugar en la ciudad en el que se paseaba para ser visto (en verano) o se jugaba a las cartas y se hacían otras actividades de salón (en el invierno). Sobre las ocho, les servían pasteles, té y algunas cosas ligeras como complemento, que podría ser la última comida del día. En algunas ocasiones (como por ejemplo bailes o salidas al teatro) la última comida del día se servía a media noche de forma informal y consistía en comida fría y vino.