Imagen de una librería

Cuando empezamos 2020, yo me hice un propósito. Iba a acabar – o al menos reducir de forma considerable – la pila de libros que tenía por leer. Eran muchísimos, tantos que habían tomado al asalto la mesa de comedor que mi casero tuvo a bien en algún momento incluir como decoración en mi salón. Las pilas se multiplicaban y crecían y crecían. Yo seguía comprando libros y sumando, lo que hizo que los libros por leer llegasen a causarme ansiedad. En las Navidades los había metido en bolsas de supermercado de esas gigantes para poder liberar la mesa para unas comidas. La imagen de la mesa vacía me generó paz y la determinación de leer cosas pendientes. Hice hasta propósitos públicos de mis planes. Iba más o menos bien hasta que llegó el mes de marzo.

Cada cual tiene su recuerdo de cuándo empezó todo esto y qué estaba haciendo. Al no vivir en una de las comunidades autónomas en las que había más casos a principios de marzo, todo parecía un tanto lejano. La semana justo que culminó con el confinamiento fue cuando la amenaza del coronavirus y sus potenciales consecuencias se hicieron más visibles. Era también cuando en redes sociales la gente estaba convirtiendo en tema del momento lo de quedarse en casa.

El viernes 12 de marzo decidí ir al día siguiente a una librería, hacerme con unos cuantos libros para pasar los próximos días de encierro potencial (yo era de las que creía que sería cuestión de semanas) y estar preparada. En mi comunidad se anunció esa noche que cerraba el comercio no esencial, con lo que me quedé sin visita a la librería. El sábado se anunció el confinamiento total y yo me encontré en mi casa, sin libros nuevos. Era el menor de los problemas que se venían encima, cierto, pero entonces me automaldije un poco por no haber ido a comprar libros el viernes por la tarde. Por lo menos, me dije, vaciaré alguna de las bolsas de libros por leer.

Las vacié, pero no porque consiguiese leer todos los libros guardados. Lo hice un día de confinamiento en el que me dio por la limpieza y por reorganizar mi biblioteca. Al principio, no era capaz ni siquiera de concentrarme en los libros. Durante días no fui capaz de leer nada en absoluto, lo que me causaba cierta aprensión. La literatura ha sido el refugio en el que he acabado en muchísimos momentos de mi vida. No ser capaz de leer y seguir el hilo de un libro me parecía inquietante.

Tuve que asumir que si no eres capaz de leer Guerra y paz y mil libros más durante el apocalipsis, como parecía que estaba haciendo alguna gente en las redes sociales, no pasaba nada. El primer libro que conseguí leer entero fue el diario de una adolescente en la Barcelona de la Guerra Civil. Llevaba un par de años por casa y creo que fue su estructura de fragmentos – es un diario, claro – la que hizo que fuese más fácil leerlo. Durante las semanas de confinamiento no compré libros, más allá de un par de ebooks, y tampoco leí muchísimo.

Ahora, un año después, lo que me llama la atención no es tanto mi limitada capacidad de lectura, sino cómo cambió mi percepción de lo que leía. En esas semanas salió en EEUU You Deserve Each Other, de Sarah Hogle, y me compré el ebook porque los medios especializados en romántica estadounidenses no decían más que cosas buenas sobre el libro. Estaba bien, concluí tras leerlo, pero no era para tanto y su humor no lograba cuajar conmigo. Decidí volver a leerlo estas Navidades, cuando mi yo pandémico no dominaba mi apreciación de las cosas, y la lectura fue muy diferente. Lo disfruté. Me hizo gracia.

¿Ha cambiado la pandemia cómo leemos? ¿Lo estaba haciendo mientras nos enfrentábamos a la vida en tiempos de coronavirus en ese primer momento? Mi experiencia vital me lleva a decir que obvio, la realidad es, claro está, más compleja.

No se han publicado todavía ensayos sobre la lectura en el año del coronavirus, aunque es un tema que bien merecía que se hiciese. Sí existe un pequeño libro ensayístico, publicado por Katz, que aborda el tema partiendo de los textos de una conferencia. Es Lectura y pandemia. Conversaciones, de Roger Chartier, que no resuelve las dudas sobre el impacto de la pandemia en la lectura al completo, pero sí apunta en varias direcciones sobre cómo se podría hacer análisis de la situación. “Debemos resistir la tentación de proyectar la experiencia personal como si fuese compartida y general”, advierte sobre la experiencia lectora pandémica, lo que me viene muy al hilo de lo que estaba reflexionando.

Chartier apunta que analizar ahora mismo cómo ha afectado la pandemia a la lectura es “arriesgado”, porque es más probable que tendamos a partir de la experiencia propia olvidando que la pandemia ha acelerado las desigualdades. Aun así, hay ciertos elementos que sí podemos tener muy presentes, como son cómo afectó la crisis a las librerías y en dónde estaban ya estas antes de ello y también el impacto que tuvo nuestra vida digital en la lectura durante la pandemia.

Y, a pesar de que no tenemos la distancia suficiente en términos históricos, sí empezamos a tener ya datos sobre el perfil lector en tiempos pandémicos.

Máximos históricos de lectura

El Barómetro de Hábitos de Lectura y Compra de Libros en España, elaborado cada año por la Federación de Gremios de Editores de España, sale cada año. Su última edición se presentó en febrero y, dado su carácter anual, analizaba qué había ocurrido durante 2020. Aporta estadísticas de la vida lectora en los tiempos de crisis. Sus conclusiones dejan claro que el coronavirus nos llevó a leer más. Se produjo un crecimiento durante el confinamiento, pero uno que se quedó más allá de ese momento.

Así, en 2020 se alcanzó un porcentaje de lectores semanales del 52,7% en España. La cifra llegó al 57% durante el confinamiento, lo que supone un máximo histórico en hábito de lectura. Además, no solo más gente lee de forma regular, sino que también subieron las horas que dedicamos a leer. Si en 2019 se leían unas 6 horas y 55 minutos cada semana, en 2020 han sido 7 horas y 25 minutos. Durante las semanas de confinamiento se batió esos datos: se leían 8 horas y 25 minutos semanales.

También se han comprado más libros durante 2020, compras que se han hecho sobre todo en librerías. Las compras de libros en internet subieron, pero también lo hicieron las de compras en librerías.

Y ¿por qué leímos más durante el confinamiento? La clave está en las emociones: el 81% de esos lectores reconoce que leer les ayudó a «llevar mejor la situación durante el confinamiento». Así, los libros se vieron como un entretenimiento (99%), desconexión (97%), alegría (77%) o tranquilidad (90%). A un 93% les ayudaron a relajarse.

De hecho, la lectura fue tan crucial durante el confinamiento que se mudaron patrones. Si habitualmente cuando se lee más es en agosto, porque se está de vacaciones, en 2020 cuando más se leyó fue en abril. Son datos de Nubico, la plataforma de lectura online, que también ha hecho balance de cómo la crisis del coronavirus ha cambiado los patrones de lectura. El día en el que más se leyó en España en 2020, según sus datos, fue el 14 de abril. El pico de lectura de 2019 fue el 18 de agosto.

Lo más leído durante el año del confinamiento fue la literatura general (36%), seguido por la novela negra- policíaca (30%) y la novela romántica (28%).  El balance que hacían en mayo de 2020 sobre hábitos lectores también apuntaba que habían crecido los libros de la categoría de cocina, comida y vinos. Su lectura había subido en un 141%.

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