Retrato de Zenobia Camprubí

En la lista de diaristas que hay que leer y de personas que dejaron notas muy interesantes sobre su existencia, se encuentra Zenobia Camprubí, que suele ser siempre introducida como ‘la esposa de Juan Ramón Jiménez’ pero que es una mujer a la que hay que dedicar interés y atención por ella misma. La biografía de Camprubí es muy interesante (se crio a caballo entre España y Estados Unidos y fue una mujer crucial en la sociedad española de principios del siglo XX, donde fue una de las pioneras en los derechos de la mujer) y la propia Zenobia era una mujer muy culta, que hablaba muchos idiomas y que empezó una carrera escrita. Antes de casarse con Juan Ramón Jiménez, Zenobia Camprubí también era autora. Lo dejó al casarse pero no por culpa de su matrimonio: “como no me casé hasta los veintisiete años, había tenido tiempo suficiente para averiguar que los frutos de mis veleidades literarias no garantizaban ninguna vocación seria”.

La cita es recogida en la introducción que Emilia Cortés Ibáñez hace a el Diario de Juventud de Zenobia, que se ha publicado por primera vez ahora (junto con otros escritos que habían quedado dispersos en los medios de la época y con otros tantos inéditos) en una edición de la Fundación José Manuel Lara. Los diarios son una lectura completamente fascinante (a pesar de que son unos diarios sin pretensiones literarias) que presentan a una joven Zenobia que está empezando su camino a la edad adulta.

En la época, Zenobia Camprubí vivía con sus hermanos y su madre en Nueva York, en una casa en el barrio de Flushings, Queens. La familia había llegado a la ciudad cuando la madre se separó del padre y Zenobia vivirá allí hasta los veintipocos, cuando con su madre y una de sus primas vuelve a España. En la época, Camprubí escribía en inglés (todos los textos fueron traducidos por la propia editora de los diarios) y lo hacía de una forma un tanto a veces telegráfica y directa. No son unos diarios literarios, ni tampoco unos diarios en los que se reflexiona sobre el día a día. Más bien son una suerte de inventario que permite conocer qué hace durante el día la joven Zenobia (cuando se acuerda de escribir, el diario está lleno de menciones al ‘me olvidé de escribir’ y el ‘ a ver si soy capaz de hacerlo mejor’ que quienes intentamos en alguna vez escribir y fallamos reconoceremos).

diario de juventudComo muchos otros diaristas, Camprubí escribe en la primera entrada sus intenciones para con el diario. “Este diario no es un registro de mis pensamientos y sentimientos, no es para ordenar lo que hay en sus páginas. Podría seguir los estadios de evolución que ha habido desde mi infancia hasta mi etapa de mujer, que se han mantenido conforme a los deseos de mi madre. Recientemente me ha pedido que haga una entrada diaria en este libro para registrar mis acciones durante el día”, escribe.

En la primera entrada, crea un sistema de autoevaluación con cruces y rayas, con el que destaca las cosas que ha hecho mal y las que ha hecho bien. En la lista acaban ganando las cruces y se puede ver a lo largo del diario como (algo que todos acabamos haciendo, no hay más que ver los propósitos de año nuevo) acaban ganando las cosas mejorables.

¿En qué falla Zenobia Camprubí? Llega tarde al desayuno, se levanta demasiado tarde y no se acuesta todo lo temprano que debería y, ¡tan identificable!, procrastina cuando no debería.

En el diario también se pueden ver los libros que la joven lee y los que lee con su madre (que aparecen citados) y la rutina diaria de una joven neoyorkina, una joven moderna, en el Nueva York de 1905 a 1911. La joven Zenobia va de compras, cambia libros en la biblioteca, va al banco o gestiona la casa familiar antes de sentarse a estudiar o de ir a un curso. A esto se van sumando sus anotaciones sobre que se ha sentado a escribir o que ha trabajado en su novela, porque en esa época Zenobia Camprubí escribía (publicó de hecho artículos y relatos en la prensa americana, que son recogidos en el mismo volumen). Mientras se lee no cuesta mucho imaginar lo duro que pudo ser para una joven criada así el llegar a la España de 1911. En una de sus últimas entradas en el diario, Camprubí recoge de hecho (y se ríe un poco de ello) que estuvo en el teatro en un palco con más jóvenes (hombre incluido) ¡y que la chaperona llegó tarde!

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