croissant Marcel Proust

Marcel Proust es un hombre directamente asociado al desayuno. La culpa la tiene Por el camino de Swann, el primer tomo de En busca del tiempo perdido, la monumental novela en siete tomos que posiblemente entre en la mayor parte de las listas de libros que fingimos haber leído y es mentira.  En ese primer tomo, una magdalena mojada en una taza de té desata los recuerdos y sirve de catalizador a la historia. ¿Quién no conoce la famosa magdalena de Proust? Pues puede que el propio Proust.

Porque no sólo al principio de la redacción de la historia Proust no utilizó magdalenas sino que además el escritor no desayunaba nunca estos dulces. Marcel Proust era un hombre mucho más de croissants. Su desayuno consistía en una taza de café con leche, que su fiel ama de llaves, Cécile Albaret, llevaba a la habitación del escritor, para que desayunara leyendo la prensa. Además, Proust tomaba un croissant, que mojaba en el café, como explican en el blog PaperandSalt (una dirección a añadir a favoritos, ya que cada post es una receta que permite recrear una comida típica de un escritor o de su obra). Aunque en un principio Proust sólo tomaba un croissant,  Cécile Albaret tenía que tener preparado rápidamente otro para cubrir las exigencias del escritor. A veces le apetecía repetir y no quería tener que esperar.

En los últimos años de su vida, el desayuno era la comida favorita de Marcel Proust, aunque antes lo fue la comida (era realmente glotón, pero tuvo que reducir lo que comía a medida que su salud se resentía y sus gustos obviamente mutaron).

Sin embargo, aunque Proust era un estupendo comedor, no era tan hábil hablando de comida. Como demuestra un artículo de hace unos años de Slate (vía PaperandSalt), su descripción de la magdalena crucial en En busca del tiempo perdido no se sostiene culinariamente. Uno de los periodistas de Good Morning America cuenta en el artículo sus intentos por conseguir replicar la magdalena de Proust, ya no sólo usando esas recetas que se venden como ‘la receta auténtica de la magdalena de Proust’ sino también empleando ingeniería culinaria inversa. Basándose en lo que Proust cuenta de su magdalena, el autor intenta crear la receta perfecta. Su conclusión es que es imposible (y eso que añadió el factor de que la magdalena no fuese fresca) y, por mucho que Marcel Proust haya revolucionado la literatura, el escritor no era igual de brillante en bollería.

Foto |  Kanko*

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