abel sanchezMiguel de Unamuno es uno de los escritores fundamentales del siglo XX en España, y no merece menos. Sus novelas son secas, pero apasionadas, supeditando todo «esteticismo» al impulso de lo que debe (quiere) transmitir. Sin duda su novela -o nivola- más famosa es ‘Niebla’, precursora del existencialismo, pero no hay que infravalorar otras como ‘Abel Sanchez‘ en la que hace una certera disección de la envidia.

Y es que la obra retoma la clásica rivalidad bíblica entre Abel y Caín, pero en pleno siglo XX. Joaquín y Abel son amigos de siempre, pero el primero no puede entender por qué el segundo lo consigue todo, a pesar de no merecerlo más que él, a pesar de esforzarse mucho menos que él. No hay nada peor que el alma empozoñada de un envidioso, pero uno no puede evitar entender a Joaquin un poco. Será porque, como decía Unamuno, en eso de la envidia, los españoles somos expertos.

«Pasé una noche horrible -dejó escrito en su Confesión Joaquín- volviéndome a un lado y otro de la cama, mordiendo a ratos la almohada, levantándome a beber agua del jarro del lavabo. Tuve fiebre. A ratos me amodorraba en sueños acerbos. Pensaba matarles y urdía mentalmente, como si se tratase de un drama o de una novela que iba componiendo, los detalles de mi sangrienta venganza, y tramaba diálogos con ellos. Parecíame que Helena había querido afrentarme y nada más, que había enamorado a Abel por menosprecio a mí, pero que no podía, montón de carne al espejo, querer a nadie. Y la deseaba más que nunca y con más furia que nunca. En alguna de las interminables modorras de aquella noche me soñé poseyéndola y junto al cuerpo frío e inerte de Abel. Fue una tempestad de malos deseos, de cóleras, de apetitos sucios, de rabia. Con el día y el cansancio de tanto sufrir volvióme la reflexión, comprendí que no tenía derecho alguno a Helena, pero empecé a odiar a Abel con toda mi alma y a proponerme a la vez ocultar ese odio, abonarlo, criarlo, cuidarlo en lo recóndito de las entrañas de mi alma. ¿Odio? Aún no quería darle su nombre, ni quería reconocer que nací, predestinado, con su masa y con su semilla. Aquella noche nací al infierno de mi vida».