algo alrededor de tu cuelloSe nos podrá acusar de no ser objetivas con Chimamanda Ngozi Adichie, de ya haber hablado largo y tendido del maravilloso ‘Medio sol amarillo‘ y de recomendar con entusiasmo el más flojillo ‘Americanah‘. Pero lo bueno de la literatura es que a eso de la objetividad nadie le presta mucha atención, y que si desde aquí afirmamos que esta escritora es, sin lugar a dudas, la pluma más interesante del panorama actual, seguro que encontramos alguien más que esté de acuerdo.

Algo alrededor de tu cuello ‘ es un libro de relatos, escrito entre las dos novelas ya mencionadas, y donde volvemos a encontrar historias que se paladean como una onza de chocolate con un porcentaje alto de cacao: deliciosas, profundas, de sabor perdurable. Son historias aparentemente sencillas, detalles universales de vidas muy distintas entre sí, que describen a la perfección los sentimientos humanos, pero también la influencia que tienen los acontecimientos externos en la construcción de la identidad de las protagonistas: mujeres nigerianas, en Estados Unidos o en su propio país, que observan alrededor y tratan de entender el mundo y a sí mismas, aunque no siempre lo consigan.

Compartimos un pequeño fragmento a modo de ejemplo: «Pero Nnamabia no se había propuesto hacerle daño. Lo había hecho porque sus joyas eran lo único que había de valor en toda la casa: una  colección de piezas de oro macizo reunida a lo largo de toda una vida. También porque lo hacían los hijos de otros profesores. Era la temporada de los robos en nuestro tranquilo campus de Nsukka. Los chicos que habían crecido viendo Barrio Sésamo, leyendo a Enid Blyton, desayunando cereales y yendo a la escuela primaria para los hijos del personal universitario con sandalias marrones bien lustradas, de pronto rajaban mosquiteras de las ventanas de sus vecinos, sacaban las lamas de cristal y entraban para robar los televisores y los vídeos. Conocíamos a los ladrones. Con sus casas adosadas en calles arboladas separadas solo por setos bajos, el campus de Nsukka era un lugar demasiado pequeño para que no supiéramos quién nos había robado. Aún así, cuando sus padres coincidían en el centro de profesores, en la iglesia o en  una reunión de la universidad, continuaban quejándose de los sinvergüenzas de la ciudad que entraban en el campus para robar».