Amistad de juventudAmistad de juventud‘ es un libro de relatos de Alice Munro, la última Premio Nobel de literatura. Y tu dirás, ey, ya recomendasteis un libro de Alice Munro hace unos meses, pero créenos, vale la pena leer todos y cada uno de ellos (nosotras en eso estamos). En ‘Amistad de juventud’ como en la mayoría de sus libros, Munro nos presenta pequeñas historias cotidianas, que a veces parecen sin importancia, pero que encierran el alma entera del ser humano: con sus misterios, sus miedos, sus elecciones.

«Pero en invierno empezó la conmoción. Allí estaba Ellie vomitando, llorando, escapándose y escondiéndose en el henil, dando alaridos cuando la encontraron y la sacaron de allí, tirándose al suelo del granero, corriendo en círculos, revolcándose sobre la nieve. Ellie estaba trastornada. Flora tuvo que llamar al médico. Le dijo que su hermana había dejado de tener el período. ¿Podía la retención de la sangre estar volviéndola loca? Robert había tenido que cogerla y atarla, y junto con Flora la pusieron en la cama. No quería comer, solo movía la cabeza de un lado a otro, gritando. Parecía como si fuese a morir muda. Pero de alguna manera la verdad salió. No por el doctor, que no puedo acercarse lo suficiente para examinarla por la manera en que ella se debatía. probablemente Robert confesó. Flora por fin llegó a saber la verdad, con toda su magnanimidad. Tenía que haber boda, entonces, aunque no la que había sido planeada.

Sin oastel, ni trajes nuevos, ni viaje de nocios, ni felicitaciones. Solo una vergonzosa visita apresurada a la rectoría. Algunas personas, al ver los nombres en el periódico, pensaron que el director debía de haberse confundido de hermana. Creyeron que debía de ser Flora. ¡Una boda apresurada para Flora! Pero no… fue Flora quien planchó el traje de Robert (debió de ser ella), sacó a Ellie de la cama, la lavó y la puso presentable. Sería Flora quien cogiera un geranio de la planta de la ventana y lo prendiera en el vestido de su hermana. Y Ellie no se lo había arrancado. Ellie se había amansado; ya no gritaba, ni pataleaba, ni lloraba. Dejó que Flora la arreglase, dejó que la casaran; a partir de aquel día ya nunca, nunca más fue salvaje.»