bestiarioEn la semana en que Julio Cortázar habría cumplido 100 años, sin duda merece que le dediquemos el Libro de la Semana. Aunque me cuesta quedarme con un solo título del escritor argentino, ese autor que tanto leía de adolescente porque yo también, como casi todos los jóvenes -o al menos los que me rodeaban- lo consideraba uno de mis escritores favoritos.

Estoy bastante segura de que pasaría la prueba del tiempo si lo volviese a leer, aunque también es cierto que estos últimos años lo tengo un poco abandonado. El caso es que podría ser ‘Rayuela’ el Libro de la Semana, por supuesto, pero también ’62 modelo para armar’, ‘Historias de cronopios y famas’, ‘Queremos tanto a Glenda’ …y ya ha pasado por aquí Los autonautas de la cosmopista‘.

Hoy elijo ‘Bestiario‘, su primer libro de cuentos, porque por alguna razón, es el que recuerdo con más nitidez, con más cariño.  Y en él encontramos uno de los relatos más analizados de toda la obra Cortaziana, ‘Casa tomada’, donde destaca el característico estilo onírico pero completamente verosímil que haría famoso al autor. Así comienza:

«Nos gustaba la casa porque aparte de espaciosa y antigua (hoy que las casas antiguas sucumben a la más ventajosa liquidación de sus materiales) guardaba los recuerdos de nuestros bisabuelos, el abuelo paterno, nuestros padres y toda la infancia.

Nos habituamos Irene y yo a persistir solos en ella, lo que era una locura pues en esa casa podían vivir ocho personas sin estorbarse. Hacíamos la limpieza por la mañana, levantándonos a las siete, y a eso de las once yo le dejaba a Irene las últimas habitaciones por repasar y me iba a la cocina. Almorzábamos al mediodía, siempre puntuales; ya no quedaba nada por hacer fuera de unos platos sucios. Nos resultaba grato almorzar pensando en la casa profunda y silenciosa y cómo nos bastábamos para mantenerla limpia. A veces llegábamos a creer que era ella la que no nos dejó casarnos. Irene rechazó dos pretendientes sin mayor motivo, a mí se me murió María Esther antes que llegáramos a comprometernos. Entramos en los cuarenta años con la inexpresada idea de que el nuestro, simple y silencioso matrimonio de hermanos, era necesaria clausura de la genealogía asentada por nuestros bisabuelos en nuestra casa. Nos moriríamos allí algún día, vagos y esquivos primos se quedarían con la casa y la echarían al suelo para enriquecerse con el terreno y los ladrillos; o mejor, nosotros mismos la voltearíamos justicieramente antes de que fuese demasiado tarde.»