canciones de amor a quemarropaPara muchos es la gran novela hipster del año: Libros del Asteroide ha publicado este otoño Canciones de amor a quemarropa, de Nickolas Butler, una historia sobre hacerse mayor, sobre las frustraciones de crecer y no ser lo que esperas de pequeño y sobre la crisis de los 30 (si es que eso sigue existiendo).

Henry, Lee, Kip y Ronny son cuatro amigos que se conocen desde pequeños y que viven en un pequeño pueblecito de Wisconsin, Little Wing, el típico pueblecito de los Estados Unidos profundos que todos conocemos, aunque no hayamos estado allí, gracias al cine y a la literatura. El ficticio Little Wing está muy cerca de la real Eau Claire, una ciudad que no llega a 70.000 habitantes de la que era originaria la Bernice del relato de Francis Scott Fitzgerald y donde vive el real Nicholas Butler que ha escrito esta historia. Todos están en la treintena y todos son unidos por la boda de Kip, el que era el gran triunfador como corredor de bolsa y que ha vuelto al pueblo para recuperar una vieja fábrica. Y ahí es donde comienza la historia, con todos ellos analizando lo que son ahora (Lee es un músico de fama mundial, una estrella del rock, Ronny fue una estrella de rodeos pero ahora es un ex-alcohólico que sufre los efectos de un derrame cerebral y Henry es un granjero y padre de familia). El cuadro lo completa Beth, la esposa de Henry, que es protagonista por propio peso y que es olvidada en general en las sinopsis de la obra.

Lo que nos cuenta la novela, gracias a cinco voces narrativas que cuentan la historia desde sus cinco puntos de vista, son las relaciones que han configurado su relación en todos estos años y como reaccionan todos ellos a la constatación de que han llegado a los 30 sin que sean exactamente lo que esperaban. Y todo ocurre en ese espacio bucólico y extrañamente preciosista de un pueblo pequeño eternamente sepultado por la nieve y el frío, con las grandes extensiones de terreno y las calles vacías (como dice Felicia, uno de los personajes, en ese miserable pueblo solo hay un bar para emborracharse y olvidar las penas). Y sí, la historia tiene ese toque bucólico y preciosista (aunque en cierto momento su uso del lirismo es un poco lo que solemos ver en este tipo de historias… como la historia no deja de ser la historia que ya nos parece mil veces contada en el cine y en la literatura estadounidense de amigos que vuelven a su pueblo remoto y perdido en una de esas grandes historias americanas) que la hace bastante adecuada para esas tardes invernales en las que llueve y buscamos una novela que no desentone con el tiempo.

«Lo invitamos a todas nuestras bodas; era famoso. Los tarjetones los enviábamos al rascacielos de su compañía discográfica en Nueva York para que le remitieran esos chabacanos sobres dorados mientras él estaba de gira: Beirut, Helsinki o Tokio. Lugares fuera de nuestro modesto alcance, sitios que no alcanzábamos a imaginar siquiera. Él nos enviaba regalos en maltrechas cajas de cartón festoneadas de sellos extranjeros. De regalo de cumpleaños, elegantes corbatas o un perfume para nuestras mujeres; para nuestros hijos, delicados juguetitos o chucherías: sonajeros de Johannesburgo, muñecas rusas de madera de Moscú o patuquitos de seda de Taipéi. Nos llamaba de vez en cuando por una línea llena de ecos e interferencias que al fondo dejaba oír las risas de un coro de jovencitas, y su voz nunca nos parecía tan alegre como esperábamos.

Llegaban a pasar meses antes de que volviéramos a verlo, y entonces aparecía, barbudo y demacrado, con una mirada cansada en la que relucía un alivio feliz. Lee se alegraba de vernos, eso lo notábamos, se alegraba de volver a estar entre nosotros. Siempre le dábamos tiempo para recuperarse antes de volver a hacer vida juntos, sabíamos que necesitaba tiempo para quedarse bien limpio y recobrar el equilibrio. Lo dejábamos dormir hasta decir basta. Las mujeres le llevaban estofado y lasaña, cuencos de ensalada y tartas recién salidas del horno.

Le gustaba conducir un tractor por sus propiedades, cada vez más extensas. Nosotros imaginábamos que le gustaría sentir el calor del día, el sol y el aire fresco en esa cara tan pálida. La marcha lenta del viejo John Deere, esa máquina fiable y paciente. La tierra que retrocedía a sus espaldas. Tenía sus campos sin cultivar, por descontado, pero él conducía su tractor por praderas de hierba y flores silvestres con un cigarrillo o un porro entre los labios. Siempre sonriente encaramado al tractor; suelto al sol, su pelo rubio recordaba los vilanos de diente de león».

Había adoptado un nombre artístico, pero no lo usábamos nunca. Para nosotros era Leland, o Lee a secas, porque así era como se llamaba.