cuentos-macabros¡Cómo resistirnos hoy a dar protagonismo a un libro con ese título tan 100% Halloween como es ‘Cuentos macabros ‘! Aunque en realidad, serviría cualquier libros de cuentos de Edgar Allan Poe, que hay antologías para aburrir. Este tiene la ventaja -además del título- de que viene acompañado de unas ilustraciones muy chulas de Benjamin Lacombe y que los relatos están traducidos por Julio Córtazar, pero de quien queremos hablar hoy es del maestro indiscutible del género de terror.

En ‘El gato negro’, Poe nos cuenta la bajada a los infiernos de un hombre con problemas de alcoholismo, y suele ser considerado como uno de los relatos más espeluznantes de la historia de la literatura.

«Este último era un animal de notable tamaño y hermosura, completamente negro y de una sagacidad asombrosa. Al referirse a su inteligencia, mi mujer, que en el fondo era no poco supersticiosa, aludía con frecuencia a la antigua creencia popular de que todos los gatos negros son brujas metamorfoseadas. No quiero decir que lo creyera seriamente, y sólo menciono la cosa porque acabo de recordarla.

Plutón -tal era el nombre del gato- se había convertido en mi favorito y mi camarada. Sólo yo le daba de comer y él me seguía por todas partes en casa. Me costaba mucho impedir que anduviera tras de mí en la calle.

Nuestra amistad duró así varios años, en el curso de los cuales (enrojezco al confesarlo) mi temperamento y mi carácter se alteraron radicalmente por culpa del demonio. Intemperancia. Día a día me fui volviendo más melancólico, irritable e indiferente hacia los sentimientos ajenos. Llegué, incluso, a hablar descomedidamente a mi mujer y terminé por infligirle violencias personales. Mis favoritos, claro está, sintieron igualmente el cambio de mi carácter. No sólo los descuidaba, sino que llegué a hacerles daño. Hacia Plutón, sin embargo, conservé suficiente consideración como para abstenerme de maltratarlo, cosa que hacía con los conejos, el mono y hasta el perro cuando, por casualidad o movidos por el afecto, se cruzaban en mi camino. Mi enfermedad, empero, se agravaba -pues, ¿qué enfermedad es comparable al alcohol?-, y finalmente el mismo Plutón, que ya estaba viejo y, por tanto, algo enojadizo, empezó a sufrir las consecuencias de mi mal humor».