Mary McCarthy‘El grupo’ de Mary McCarthy cumple esta semana 50 años, una efemérides ideal para destacar este relato coral de 8 chicas de clase media-alta que, tras terminar la universidad, deben enfrentarse a la vida. La aproximación irónica de McCarthy, la constatación de cómo uno se acaba convirtiendo en lo que justo no quiere ser, y la fantástica recreación de algunas preocupaciones femeninas de principios del siglo XX, hacen muy recomendable este libro que, en su momento, fue todo un best seller.

«Todas sin excepción coincidían en que lo peor que podía sucederles era llegar a ser como mamá y papá, unas personas envaradas y timoratas. Ninguna de ellas, si podía evitarlo, pensaba casarse con uno de esos banqueros, agentes de bolsa o abogados, secos como palos y fríos como el hielo, con quienes se habían casado tantas mujeres de la generación de sus madres. Preferían vivir en la más espantosa pobreza y comer todos los días sardinas antes que verse forzadas a casarse con uno de aquellos aburridos jóvenes rubicundos de su clase social, que tenían sede en la Bolsa y los ojos enrojecidos, sólo interesados en el squash, en las peleas de gallos y en reunirse a beber con sus amigos, ex alumnos de Yale o de Princeton, promoción del 29, en el Racquet Club. Desde luego sería mejor, no les asustaba decirlo por más que mamá les sonriera con cariño, casarse con un judío si estabas enamorada. Algunos de ellos eran extraordinariamente interesantes y cultos, aunque ambiciosos y proclives a formar una piña, como podía verse en Vassar: si conocías a una chica judía tenías que conocer a todas sus amigas. Con todo, había algo en lo de Kay que preocupaba sinceramente al grupo. En cierto modo era una pena que una persona tan dotada y con la educación de Harald hubiera escogido las tablas en lugar de la medicina, la arquitectura o los museos, donde era más fácil hacerse un hueco. A juzgar por lo que contaba Kay, en el teatro la lucha era encarnizada, aunque por supuesto también había gente estupenda, como Katharine Cornell y Walter Hampden (quien tenía una sobrina en Vassar en la promoción anterior a ellas), y John Mason Brown, el tipo ese que iba todos los años a hablar al club de mamá. Harald había realizado estudios de postgrado con el profesor Baker en la Escuela de Arte Dramático de Yale, pero entonces empezó la Depresión y tuvo que dejarlo e irse a Nueva York de ayudante de dirección de escena, en lugar de dedicarse sólo a escribir. Era lo mismo que empezar desde abajo en una empresa, claro, y eso era lo que estaban haciendo muchos chicos estupendos. Probablemente no había gran diferencia entre los bastidores de un teatro, donde un montón de hombres se sentaban en camiseta frente al espejo para maquillarse, y un alto horno o una mina de carbón, donde los hombres también trabajaban en camiseta. Helena Davison contaba que cuando el espectáculo de Harald estuvo en Cleveland aquella primavera, él se había pasado todo el tiempo jugando al póquer con los tramoyistas y los electricistas, que eran los más simpáticos de la compañía, y su padre le había dicho que estaba de acuerdo con él, sobre todo después de ver la obra… El señor Davison era un bicho raro y más democrático que la mayoría de los padres, posiblemente debido a que era del Oeste y más o menos se había hecho a sí mismo. Fuera como fuese, hoy día nadie podía permitirse mantener una postura distante con la situación. El novio de Connie Storey, que quería dedicarse al periodismo, estaba trabajando de chico de los recados en Fortune, y la familia de ella, en lugar de pillar una rabieta, se lo había tomado con mucha calma y la había enviado a una escuela de cocina. Y eran muchos los arquitectos recién graduados que, en lugar de entrar en un estudio y ponerse a construir casas para los ricos, se habían ido directamente a las fábricas para estudiar diseño industrial.»

‘El grupo’ está editado por Tusquets.