No es el más popular de los libros de Nancy Mitford, aunque lo cierto es que La bendición, que en España editó hace unos años Libros del Asteroide, merece ser incluido entre los libros de esta (deliciosa) autora británica que hay que leer. Porque La bendición tiene muchas cosas. Tiene una historia de amor que es un desastre, unos cuernos que son descubiertos de la manera más extraña posible, mucha fina ironía y, sobre todo, a Sigi, el niño más maquiavélico que os podáis imaginar, decidido a que nadie (y mucho menos su padre) altere las cosas que le gustan.

Grace, una aristócrata inglesa, se casó durante la II Guerra Mundial en Londres con Charles-Édouard, un impresionante noble francés (ya sabéis, un galán) del que ha estado separada durante toda la guerra aunque no sin que antes de partir a la batalla no les diese tiempo a tener un hijo juntos, Sigismonde, Sigi. Ahora que ha llegado la paz, Grace tiene que irse a vivir a Francia con su glamuroso marido, aunque no está muy segura de ser capaz de ser tan estilosa y sofisticada como los franceses esperan. Y además, no olvidemos, tiene a su hijo haciéndole una soterrada guerra de guerrillas.

«—Me parece que el caballero extranjero tiene muchísima prisa, querida.

la bendicion nancy mitfordY, efectivamente, en la casa de Queen Anne’s Gate —que era bastante grande, lo que solía llamarse una casa familiar— retumbaba la impaciencia. Alguien daba ruidosas pisadas, movía muebles, abría y cerraba de golpe las ventanas
y carraspeaba de forma exagerada.

—¡Ejem!, ¡ejem!

—Nanny, ¿cuánto rato hace que está aquí?

—Yo diría que casi una hora. Se ha entretenido un rato tocando el piano rápida y estrepitosamente. En cuanto John
ha ido a decirle que habías llegado y que le recibirías enseguida, ha empezado este escándalo.

—Ve tú, querida, y dile que espere un momento mientras me quito estos pantalones —le pidió Grace mientras se
limpiaba vigorosamente el cuello con un pedazo de algodón—. Cuánta mugre. Lo que necesito es un baño.

La puerta del salón se abrió de golpe.

—¿Me va a recibir sí o no?

No había duda de que era una voz extranjera.

—Está bien, de acuerdo. Ahora mismo bajo —miró a Nanny riendo y añadió—: Acabará hundiendo el suelo, como Rumpelstiltskin.

Pero Nanny dijo:

—Querida, ponte un vestido, no puedes bajar así.

—¿Prefiere que suba yo? —preguntó la voz

—No, no, ya voy.

Y Grace bajó corriendo, sin haber podido cambiarse los pantalones de la A.R.P., organización que se ocupaba de prevenir y ayudar en caso de bombardeos. El francés, alto, moreno y elegante, llevaba el uniforme de las fuerzas aéreas francesas y estaba de pie en el rellano de la escalera, con las dos manos sobre la delicada barandilla de madera. Parecía a punto de arrancarla. Cuando vio a Grace, lanzó un suspiro, como si su apariencia fuese una agradable sorpresa, y preguntó:

—¿Es un uniforme? No está mal. ¿Recibió mi nota?

—Hace un momento —dijo Grace—. He estado en la A.R.P todo el día.

Entraron en el salón.

—Su letra es muy difícil de entender. Seguía intentando descifrarla cuando he oído todo ese jaleo… parecía la Revolución francesa. Debe de ser usted un hombre muy impaciente.

—No. Pero no me gusta que me hagan esperar, aunque tengo que confesar que este salón da más satisfacciones que la mayoría».