La edad de la inocenciaLa edad de la inocencia‘ es el libro más famoso de Edith Wharton en el que, como ya nos tiene acostumbrados, nos presenta -no sin ironía- las convenciones de la alta sociedad americana de finales del siglo XIX. El protagonista es un correctísimo y convencional abogado que cree estar profundamente enamorado de su prometida hasta que conoce a su escandalosa prima. El estilo de Wharton, agudo e inquisito, resulta siempre delicioso, y no nos extraña ni que le concedieran el Pulitzer por esta obra, ni que el año siguiente de su publicación fuera la novela más solicitada en las bibliotecas y una de las más vendidas.

«Archer estaba enamorado sinceramente, pero con gran placidez. Le encantaba la radiante belleza de su novia, su buena salud, sus dotes de equitadora, su gracia y viveza en los juegos, y el tímido interés en libros e ideas que comenzaba a desarrollar guiada por él. (Había avanzado bastante como para ridiculizar juntos los Idilios del Rey, pero no tanto como para captar la belleza de Ulises y los Indolentes.) Era sincera, leal y valiente; tenía sentido del humor (como lo probaba al reírse con los chistes de su novio). El joven entreveía en las profundidades de su alma cándida un fervor emocional que sería una delicia despertar. Pero al término de este breve examen se sintió decepcionado pensando que tanta franqueza e inocencia eran sólo un producto artificial. La inexperta naturaleza humana no era franca ni inocente; estaba llena de dobleces y defensas de una instintiva astucia. Se sintió oprimido por esta creación de pureza ficticia, elaborada con tanta habilidad por madres, tías, abuelas y antepasadas enterradas hacía muchos años, porque se suponía que era lo que él deseaba y a lo que tenía derecho para que pudiera darse el señorial gusto de destruirla como a un muñeco de nieve.

Había algo de frivolidad en estas reflexiones, que eran las que se hacían habitualmente los jóvenes al acercarse el día de su boda. Pero generalmente iban acompañadas por un sentimiento de arrepentimiento y humillación totalmente desconocido para Newland Archer. No podía lamentarse (como hacían los héroes de Thackeray que tanto lo exasperaban) por no tener una página en blanco que ofrecer a su novia a cambio de la hoja inmaculada que ella le entregaría. No ponía en duda el hecho de que si lo hubieran educado como a ella no estaría en mejores condiciones para encontrar su camino cual Hansel y Gretel perdidos en el bosque. Tampoco encontraba -en todas sus ansiosas meditaciones- ninguna razón legítima (ninguna, claro está, que no estuviera ligada a su propio placer momentáneo y la pasión de la vanidad masculina) por la que su novia no tuviera derecho a la misma libertad que él gozaba».