La segunda vida de viola witherViola Wither, viuda, se ha quedado sin recursos tras la muerte del señor Wither (su marido) y no le queda más remedio que ir a vivirse con sus suegros y sus cuñadas (los primeros no acaban de verla muy bien porque antes de casarse con su hijo, Teddy, era dependienta), a una casa triste y gris en la que la gente no parece muy feliz. Su sueño, muy tacaño, está obsesionado con la idea de administrar el dinero que su hijo habrá dejado a su esposa (como si existiese…) y el resto de la familia también tiene sus problemas (que iremos descubriendo). Y mientras Viola no puede evitar soñar con Victor Spring, el galán local, del que todas las mujeres de la zona están enamoradas sin poder evitarlo. De ahí parte La segunda vida de Viola Wither , una de las novelas de la siempre recomendable Stella Gibbons, que en esta ocasión da una nueva vuelta de tuerca al cuento de la Cenicienta.

«Por muy difícil que resulte hacer un jardín aburrido, el viejo señor Wither lo había logrado.

Aunque no era él quien se encargaba directamente de gestionar los jardines de su hacienda, cerca de Chesterbourne, en Essex, su falta de interés y su rechazo a invertir dinero en ellos condicionaban el trabajo de su jardinero. El resultado era un césped escaso y una rocalla de yeso con muy poca sustancia que se extendían hasta donde la vista alcanzaba, y un montón de insulsos arbustos que al señor Wither le encantaban porque hacían bulto y daban poco trabajo. También le gustaba que el jardín pareciera ordenado. Era una bonita mañana de abril y llevaba un buen rato asomado a la ventana de la sala del desayuno pensando en lo fastidiosas que eran las margaritas. Había once, justo en medio del césped. Cuando viera a Saxon debía recordar decirle que las arrancara.

La señora Wither entró, aunque él no se percató de su presencia porque ya la había visto antes esa mañana, y tomó asiento tras las tazas. Justo entonces un gong sonó en el vestíbulo. El señor Wither cruzó la habitación arrastrando los pies, se acomodó en la otra punta, como era su costumbre, y abrió el Morning Post. La señora Wither le alargó una taza de té y un cuenco de cereales de paquete que olían y sabían exactamente como todos los cereales de paquete, y pasaron tres minutos. La señora Wither dio un sorbito a su té mientras su mirada sobrevolaba la calva cabeza del señor Wither, surcada por dos mechones de pelo, y se posaba en un mirlo que se pavoneaba bajo la
araucaria.

El señor Wither levantó la vista despacio.

—Las niñas se retrasan.

—Ya vienen, querido.

—Se están retrasando y saben perfectamente que no me gusta que lleguen tarde a las comidas.

—Lo sé, querido, pero Madge se ha quedado dormida un poco más de la cuenta; estaba exhausta tras el partido de tenis de ayer, y Tina está…

—Arreglándose el pelo, como siempre, supongo.»