josé luis peixotoYa sé, un libro que se llama ‘Libro ya seduce por su nombre. Pero yo lo cogí con un poco de pereza, porque en mi cabeza José Luis Peixoto era uno de esos autores poéticos que se pasan de etéreos y te aburren con metáforas de las que acabas olvidando el referente real. Un poco etéreo sí es, no os voy a engañar, pero en ‘Libro’ no aburre ni por un momento. Nos muestra de una forma tierna pero brusca, sencilla pero casi táctil la vida en un pueblo portugués a mediados del siglo XX: el abandono, el amor, o la emigración a Francia son las vértebras que van construyendo a unos personajes tan veraces que siempre nos recuerdan a algo (aunque no sepamos bien a qué).

«Quitando la misa, quitando los recados, ir y venir, la vieja Lubélia no permitía libertades. Las idas a la Casa del Pueblo eran parte de la tontería propia de la vejez. Al menos, era así como ella misma entendía aquellas veladas. Si antes de venir Adelaide le llegan a decir que, años después,  se pasaría las veladas en la Casa del Pueblo, sentada en sillas que le derrengaban la espalda, escuchando canciones, ni siquiera habría respondido.  La tontería de estar envejeciendo, pensaba en estas palabras y, por detrás de su rostro mohíno, por dentro de él, sonreía, disfrutaba. Pasar por las calles de ganchete con la sobrina, saludar a la gente sentada a las puertas. Se cansaba, pero le gustaba. Y claro, la muchacha necesitaba entretenerse. Ella sabía que no podía contrariar al tiempo ni la naturaleza, sería un esfuerzo inútil.

Iban a la Casa del Pueblo dos veces por semana, más o menos. Cenaban pronto, y al caer la noche, ya seguían con el mismo paso, ligeras. Fue lo que hicieron aquel día. Tanto en verano como en invierno, la mesa donde comían estaba cerca de la lumbre. La vieja Lubélia comía de espaldas a la lumbre porque, así, podía vigilar el mostrador. Solo cerraba la puerta de noche. En invierno, no cerraba la puerta hasta el anochecer. Los sellos, los lápices y las barras de lacre tenían más demanda por la mañana y a última hora de la tarde. Andaba en los quehaceres de la casa, podía incluso estar en el patio, pero en cuanto oía a alguien entrar aparecía de inmediato. La gente no necesitaba golpear con la mano en el mostrador ni llamarla.

Con motivo de ir a escuchar la radio, empezó a cerrar la tienda más temprano».