Olvidado Rey GudúEsta semana no podía ser de otra forma, cuando se va un gran escritor, solo queda el consuelo de su literatura. Si hace un par de días ya leíamos un fragmento de ‘Primera memoria‘, hoy recomendamos ‘Olvidado rey Gudú‘,  el libro más original de Ana María Matute, pero también su preferido.

Así, aunque solemos asociar a la autora con la literatura de posguerra (de esa temática), en ‘Olvidado rey Gurú’ nos ofrece un relato mágico, épico, lleno de fantasía, diferente de sus otras novelas, pero a la vez no tanto, pues encontramos su voz característica, dulce, poética, cándida, y a la vez trágica y con un punto cruel. En este caso, a través de una fábula en la que se nos narra el nacimiento y expansión de un reino imaginario (y los sentimientos y pensamientos de todos los que lo habitan).

«A pesar de ser nieta de la Gran Dama del Lago, no poseía ni un ápice de su sabiduría, ni siquiera un granito de mínima inteligencia -como ocurre con frecuencia entre las ondinas-. Por el contrario, era de una tal dulzura y suavidad, y emanaba tal candor, que su profunda estupidez podía muy bien confundirse con el encanto y hechizo más conmovedores. Como toda ondina, era caprichosa en extremo, y su gran capricho era su Colección del Fondo, donde había cultivado con primor su jardín de los verdes intrincados. La colección de Ondina consistía en una ya nutrida exposición de muchachos jóvenes y bellos, comprendidos entre los catorce y los veinticinco años. Le gustaban tanto, que a menudo arrastrábalos al fondo y allí les conservaba sonrosados e incólumes, gracia al zumo de la planta maraubina que crece cada tres mil años entre las raíces del agua. Pero se cansaba pronto de ellos, pues por más que los adornara con flores lacustres, y coronara sus cabezas con toda clase de resplandecientes piedrecitas, y acariciara sus cabellos, y besara sus fríos labios, ellos nada le decían ni hacían; de suerte que necesitaba siempre más y más muchachos para distraerse con variedad.

A veces, aproximándose cautelosamente a las orillas del lago, había visto cómo jóvenes parejas de campesinos se acariciaban y besaban mutuamente y esto la llenaba de envidia. Así se lo había confesado en más de una ocasión a los trasgos, que, compadecidos, a veces, empujaban muchachos al fondo. Entre estos se contaba el trasgo del Sur, al que había confiado su caprichosa obsesión. «Eso es una tontería – le decían los trasgos-. Decídete a tomar por esposo a cualquier delfín de los que pululan por las costas del sur y déjate de esos caprichos. Teniendo en cuenta tu juventud, puede perdonársete, pero anda con cuidado no se entere su abuela: ella no tolera contaminaciones humanas, y sólo con ahogados puedes juguetear sin peligro.» «Así lo haré -decía ella entonces, compungida-. Prometo no olvidarlo.» Pero como era estúpida hasta los más remotos orígenes de su sustancia, no sólo lo olvidaba, sino que persistía en el peregrino deseo de recibir caricias y besos de hombre vivo. «Pero ¿para qué? – le preguntaba el Trasgo del Sur, que desde sus libaciones y dada su instalación en el Castillo, cuya zona Norte lamía las aguas del creciente Lago, mantenía grandes charlas con ella-. No veo la razón, pero así es.»