soy un gatoLos gatos son un animal fantástico al que imaginamos capaz de los pensamientos más inteligentes. Como no hablan, no pueden desmentirlo.

El narrador de ‘Soy un gato es, por lo tanto, plenamente creíble. Sabiondo, grandilocuente y curioso, no puede evitar ver a los humanos con un pelín de superioridad, pero eso no le resta ni un ápice de interés en seguir sus tejemanejes, escuchar sus conversaciones y sacar conclusiones sobre sus intenciones. La novela satírica de Natsume Sōseki es una irónica y divertida crítica de la sociedad nipona de su tiempo (principios del siglo XX), que, como toda buena obra literaria, sigue resultando hilarante muchos años (y kilómetros)  después .

«He de decir que esa costumbre de picar entre horas no es exclusiva de la raza felina.Sé que Osan, la criada, aprovecha la mínima ocasión en la que la señora sale a la calle para glotonear pasteles y otras cositas apetitosas. Y no sólo ella. Las niñas, con esa refinada educación de la que tan orgullosa se siente la señora, muestran la misma tendencia que la criada en cuanto su madre se descuida. Hace sólo unos días la preciosa parejita se despertó a una hora intempestiva mientras sus padres estaban aún en la cama. Se sentaron la una frente a la otra en la mesa de la cocina. El maestro tiene por costumbre desayunarse todas las mañanas con un par de rebanadas de pan y les da un trozo a las niñas para que lo espolvoreen con azúcar. Ese día, alguien había dejado el tarro del azúcar encima de la mesa, e incluso había una cucharilla metida dentro del recipiente. Como no había nadie para impedírselo, la mayor cogió una cucharada rebosante y la vertió en su plato. La pequeña siguió el ejemplo de su hermana y se sirvió otra cucharada. Durante un instante las criaturas se quedaron sentadas y se miraron. Entonces, la mayor volvió a echar otra cucharada en su plato y la menor, para equilibrar la situación, hizo lo propio. La hermana mayor fue a por la tercera cucharada y la pequeña la siguió. Y así continuaron hasta que en sus respectivos platos había sendas montañitas de azúcar, mientras que en el tarro no quedaba ni rastro. En ese momento el maestro salió de la habitación aún medio dormido y procedió a devolver laboriosamente todo el azúcar a su recipiente original. Este incidente me hace pensar que el sentido igualitarista está más desarrollado en los humanos que en los gatos, pero, por contra, creo que nosotros somos criaturas mucho más sabias. Si las chicas me hubieran pedido consejo, les habría dicho que se comieran todo el azúcar, y que dejaran de hacer pirámides con ella, así, sin ton ni son».

Esta obra te sirve para el punto «un libro cuyos protagonistas no sean seres humanos» del reto de lectura Librópatas 2015. Aunque no es la primera vez que vemos que novelas con gatos como protagonistas hay muchas.