y las cucharillas erna de woolworthsEstamos en el Londres bohemio de los años 30, en los que la gente no tiene mucho dinero pero en los que se vive un momento de efervescencia cultural. En ese entorno Sophia conoce a Charles, que como ella es también artista. Los dos se conocen en un tren, se enamoran y se casan, a pesar de que son jóvenes y no tienen ni un duro. Creen que serán muy felices y que todo le irá muy bien, pero cuando eres joven, no tienes dinero y vives en plena recesión nada es tan sencillo (Sophia está convencida de que el control de natalidad va sin más de pensar y repetirse que no tendrá hijos y la madre de Charles está convencida de que su hijo es un genio y que por tanto nada es suficiente para él).

Este es el punto de partida de Y las cucharillas eran de Woolworths, una de las novelas de Barbara Comyns, publicada en origen en 1950 y que editorial Alba publicó no hace mucho en castellano. La novela sigue a Sophia durante los años de su matrimonio, una historia que recuerda en ocasiones a la propia historia vital de la escritora.

«Le conté mi historia a Helen y se fue a casa llorando. Ya anochecido, vino su marido a verme y me trajo unas fresas; además me arregló la bicicleta. Estuvo muy amable, pero no hacía falta, porque ya hace ocho años de todo aquello y ahora soy feliz. Casi no me atrevo a decirlo, ni siquiera tocando madera, pero soy tan feliz que cuando me despierto por la mañana no me puedo creer que sea cierto. Apenas pienso en cuando me llamaba Sophia Fairclough; intento olvidar esa época. Aunque no puedo olvidarla del todo, por Sandro, y muchas veces me pesa el recuerdo de Fanny, mi preciosa pequeña. Ojalá no se lo hubiera contado todo a Helen, pues ahora me vuelven, de pronto, unos recuerdos muy vívidos. Veo la cara pálida y alargada de Charles y oigo su voz nerviosa y ronca. Y entonces sigo recordando cosas, todo el tiempo.

Nos conocimos en un tren. Los dos llevábamos un gran cartapacio; por eso empezamos a hablar. Al día siguiente Charles me telefoneó al estudio donde trabajaba y después nos vimos todos los días. Aquel verano parecía que el sol no iba a dejar de lucir nunca, los días eran muy bellos, resplandecientes. No llovió apenas en todo el verano, pero todo seguía estando muy verde y fresco, incluso en Londres. Así eran los veranos de mi niñez, y en los inviernos caían grandes nevadas y helaba. Hoy el clima no tienen el mismo entusiasmo; dentro de poco no seremos capaces de distinguir el cambio de estaciones».