Entre finales de 2016 y principios de 2017, trabajamos en la idea de un libro sobre escritoras olvidadas o poco conocidas a nivel mainstream. La idea se quedó en nada, pero algunos de los archivos de los capítulos preparados llevan durmiendo en el escritorio del ordenador durante demasiado tiempo. Cada lunes, durante unas cuantas semanas, iremos publicando estos capítulos. En la etiqueta Escritoras olvidadas se podrá acceder a todos ellos y a otros artículos que publicamos previamente en Librópatas sobre escritoras perdidas en el medio de la historia.

 

Además, hemos lanzado una cuenta en Instagram dedicada únicamente a recuperar perfiles de escritoras en la historia. Podéis encontrarla aquí.


En el verano, se acaba sintiendo que va a tener mucho más tiempo para leer y que por tanto se va a poder aprovechar el tiempo mucho más. Al fin y al cabo, son las vacaciones y el momento de estar tirada en algún lugar (y leyendo), atrapada en algún medio de transporte (y leyendo) o descansando en casa (y leyendo). Por eso, cuando estaba empezando el verano de 2017 y planificando las vacaciones que se me venían encima, decidí plantearme hacer un mini reto de lectura, a pesar de que aún me quedaba mucho por leer del retópata, el reto de lectura que cada año se organiza en Librópatas, del año (y que intenté continuar en 2018 sin mucho éxito…).

Decidí leer a escritoras decimonónicas, pero no a las autoras del siglo XIX que siempre acabo leyendo (digamos Emilia Pardo Bazán y autoras anglosajonas). Decidí centrarme en las ‘literatas’, como las llamaban en su época no siempre con muy buenos ojos. Iba a leer a esas escritoras españolas que aparecen mencionadas en los libros de literatura, incluidas aquellas cuyos nombres conocemos pero que en realidad ya no leemos. Y en este último punto estaba Gertrudis Gómez de Avellaneda. Mi plan era leer un libro de una de esas autoras cada al menos quince días. Gómez de Avellaneda iba a ser la primera –por puro azar– pero en realidad aquel verano acabó siendo la única. Durante mi verano de escritoras decimonónicas acabé leyéndola únicamente a ella.

Gertrudis Gómez de Avellaneda, como Fernán Caballero/Cecilia Bölh de Faber o Carolina Coronado, nos suenan. No es difícil que el nombre te acabe diciendo algo y que acabes metiendo a la autora en el ‘saco literario’ que cuenta. Más complicado es, sin embargo, leerlas o incluso encontrar en un primer golpe de búsqueda sus obras. De hecho, quise empezar leyendo su obra más importante y decisiva, Sab, pero mi visita a un par de librerías de mi ciudad demostró que no era nada fácil de encontrar. Podían pedírmela, me decían, lo que me sorprendió. En mi mente, el hecho de que Gómez de Avellaneda fuera una de esas escritoras que suenan hacía que me imaginase que encontrar sus obras no sería una cosa difícil. Me senté a leer entonces con Dos mujeres, otras de sus primeras novelas, simple y llanamente porque estaba como ebook de descarga en la tienda de ebooks asociada a mi ereader de forma gratuita.

Me enfrenté al libro con miedo, porque una novela de una autora del Romanticismo no suele ser el tipo de contenido que, de entrada, parezca muy seductor. Me sorprendí a mí misma descubriéndome llegando al final de la historia, tras leerla de una sentada. Y sí, todo era muy excesivo y muy de principios del XIX. Los dramas eran tragedias y las acciones muy de su época. Sin embargo, Gómez de Avellaneda había escrito una historia bastante subversiva. No hay un feliz final para el matrimonio de la novela (la novela es una defensa del divorcio) y no se consagra por tanto a la mujer casada frente a la que no lo es (y, posiblemente, el final ‘feliz’ de esta novela está en que la mujer casada protagonista logra, en cierto modo, agencia propia sobre lo que ocurre). Y, por otra parte, puede que a primera vista la historia sea la de un triángulo amoroso, pero a medida que avanzaba la historia no podía dejar de pensar que por debajo de todo aquello había también una trama de sororidad.

Dos mujeres, la narración de como un joven matrimonio que fue manipulado por su familia para alcanzar ese estado acaba viéndose separado (atractivos de Madrid y de una viuda de por medio), no es una historia que defienda el matrimonio, sino más bien que lo critica claramente. Sab, la novela más conocida de Gómez de Avellaneda, es la historia de un esclavo (que, por cierto, acaba haciendo un paralelismo entre la esclavitud y la posición de las mujeres una vez casadas) que es una de las historias pioneras del antiesclavismo. Algunos expertos apuntan incluso que Sab es la primera novela antiesclavista y que se adelantó, con su publicación en 1841, a la famosa historia escrita por Harriet Beecher Stove, La cabaña del tío Tom. La novela fue, junto con Dos mujeres, prohibida en Cuba en 1845.

Tanto una como otra novela son rompedoras para el momento en el que fueron escritas, revolucionarias. Gómez de Avellaneda no las incluiría en sus obras completas cuando unas cuantas décadas después las lanzó a la imprenta y cuando su biografía la había llevado también por unos cuantos complejos caminos. Eran demasiado atrevidas para la identidad más conservadora que se había hecho con el paso del tiempo.

Y es que si estas dos novelas resultan sorprendentes y rompedoras (y confieso como lectora que Sab se hace un poco más cuesta arriba en su naturaleza de novela de hace casi 200 años de lo que lo hace Dos mujeres) la biografía de la escritora logra convertirse también en apasionante. Es, usemos la metáfora por enésima vez, digna de una película, una serie o un best seller. Mientras leía las cartas que la sobrevivieron – y que han sido publicadas desde principios del siglo XX por diferentes expertos por un lado y editores que ven el filón del drama romántico por otro – en un aeropuerto europeo, sentada incómodamente porque no había asientos suficientes y tuve que ocupar el suelo, no paraba de pensar en lo fascinante que era todo aquello.

¡La vida de Gómez de Avellaneda es oro! (Que estuviese leyendo las cartas enganchada mientras estaba sentada en el incómodo suelo creo que lo demuestra) Y eso que, como me quedó bastante claro tras leer un artículo de Luisa-Elena Delgado en un tomo sobre autoras del XIX, La mujer de letras o la letraherida, el cómo la vemos aún ahora y el cómo se nos presenta su historia está todavía muy influenciado por cómo nos la fueron vendiendo en su propia época y las décadas posteriores y por las ideas que entonces tenían sobre las mujeres y sobre las autoras. Sus cartas no han llegado ni completas, ni datadas. Los editores hicieron con ellas lo que quisieron, al final (como por ejemplo eliminar aquello que creían más polémico o que afectaba a la familia del receptor de las más importantes), pero, a pesar de todo, Gómez de Avellaneda resulta especialmente llamativa y atractiva para quien la lee desde el siglo XXI (y sí, quien acaba esperando que se publique una biografía muy completa sobre la autora).

Gertrudis Gómez de Avellaneda nació en Cuba en 1814 en una familia acomodada. Entonces, Cuba era parte de España, uno de los restos del antiguo imperio. El padre de la escritora falleció cuando ella era muy pequeña y su madre se volvió a casar –demasiado rápidamente para la sociedad de la época– con un militar gallego. Sabemos que el segundo matrimonio de la madre no fue algo que la escritora apreciase (aunque es consciente de que el matrimonio de sus padres no fue feliz) porque ella misma lo dejó por escrito en el texto de una autobiografía que años después escribiría para uno de sus pretendientes, un texto que estaba escrito para ser luego quemado y que no lo fue.

La futura autora recibió una educación literaria. Leía mucho y las novelas eran el gran entretenimiento que tenía con su grupo de amigas. Todas estas inquietudes literarias no fueron, por supuesto, bien vistas por todo el mundo. A su madre le decían “que mi talento me perdía y que lo que entonces hacía, anunciaba lo que haría más tarde, y cuánto haría arrepentir a mamá la educación novelesca que me había dado”,

Cuando tenía casi 18 años, se cerró su matrimonio con un hombre escogido por la familia, matrimonio que ella acepta y del que acabará pidiendo a su abuelo que la libre. Por supuesto, y como acabas esperando de una escritora del Romanticismo, todo el proceso fue muy dramático. La boda estaba prácticamente cerrada, “casa, ajuar, dispensa, todo estaba preparado”, cuando Gómez de Avellaneda huyó a casa de su abuelo y se tiró a sus pies, o eso nos cuenta, para pedirle que le permitiese escapar al matrimonio. A pesar de las críticas del resto de la familia, el compromiso se rompió. La escritora acabará llegando a España, porque su padrastro decide que ha llegado el momento de volver a la casa familiar. Con su madre, su hermano y sus hermanastros cruzará el Atlántico y, tras pasar un tiempo en Francia, llegará a A Coruña.

En A Coruña, Gómez de Avellaneda no es absoluto feliz. La familia de su padrastro cree que ella es una señorita malcriada. Ella cree que ellas son unas ‘rústicas’, por así decirlo, alejadas de toda cultura. Posiblemente, se produjo no solo un choque cultural sino también uno social. La familia de su padrastro esperaba, por ejemplo, que ella ayudase en las tareas del hogar, algo que a Gómez de Avellaneda le parecía increíble. “El carácter gallego me desagrada y el clima me sentaba mal”, escribió sobre aquello. Las hermanas de su padrastro la llamaban la Doctora con sorna. En A Coruña estuvo a punto de casarse para escapar de aquella casa, pero todo se quedó en nada –una vez más como en una novela de época– y la solución vino de ella misma y de sus propios recursos. Su hermano Manuel la convenció de que fuesen a conocer a la familia de su padre en Andalucía (antes ella había intentado emanciparse legalmente del control de su padrastro sobre ella).

Y, además, Gómez de Avellaneda ya escribía. En Cuba había escrito versos y ha llegado el momento de que empiece a escribir novelas y obras de teatro. Sab, su primera novela, iba posiblemente ya en sus primeras formas entre el equipaje con el que salió de A Coruña. Esta ruptura familiar casi se podría decir que es el principio de la historia de la Gómez de Avellaneda profesional de la escritura, la autora que se convertirá en nombre referente del momento y que logrará vivir de su obra. Cuando murió tenía una fortuna de 70.000 duros, una cantidad que, como explica José Servera en la introducción a Sab, no era nada desdeñable.

Por supuesto, es casi esperable, no fue todo como esperaba ni en Andalucía ni con su hermano. La intentaron casar una vez más (“he jurado no casarme nunca; no amar nunca” llegaría a escribir). También conoció al hombre que siempre suele aparecer cuando se habla de ella como el gran amor de su vida, Ignacio Cepeda, porque es para quien escribió la autobiografía y la mayor parte de las cartas que se conservan de ella, pero lo cierto es que quizás –y no puedo dejar de pensar en ese artículo ya mencionado de Luisa-Elena Delgado– esta obsesión por marcar un gran amor en su vida tiene mucho de visión un tanto patriarcal de su biografía y un tanto también de idea de meterla en el prototipo de apasionado personaje romántico. La relación con Cepeda no sería la única que mantendría a lo largo de su vida. En Sevilla, empezará una carrera de colaboración con los periódicos y de escritura teatral, escritura que será la llave para que llegue a Madrid en 1840 donde, y esto es muy importante, se convertirá en una escritora famosa, reconocida y con ingresos ligados a su obra literaria (porque Gómez de Avellaneda vivirá de su trabajo y será reconocida por ello).

En estos años en Madrid, Gómez de Avellaneda va acumulando éxitos literarios y se va convirtiendo en una mujer conocida y popular. En la Wikipedia, por ejemplo, escriben que “la Avellaneda figuró entre los escritores de mayor renombre de su época, convirtiéndose en la mujer más importante de todo Madrid, después de Isabel II”. La escritora se relaciona con la crema y la nata literaria del momento y ella misma es una de las grandes cabeceras de ese grupo.

En esos años está publicando todo el tiempo, pero, además, vive un pasaje muy importante de su biografía, uno que tendrá ramificaciones que marcarán su futuro. En esa época conoce al periodista y escritor Gabriel García Tassara, con quien tiene una relación sentimental y de quién se queda embarazada. Gómez de Avellaneda tendrá sola a su hija María, conocida como Brenhilde. Brenhilde no tendrá una vida muy larga, morirá a los pocos meses de edad. La niña no había nacido con buena salud y la tasa de mortalidad en aquella época entre los niños era muy elevada. Tassara se desentendió por completo de la niña y de su responsabilidad con ella. De todo este drama ha quedado entre otras una carta, una que es bastante popular y que es la que la escritora envió al padre de la niña cuando esta estaba muriendo. Gómez de Avellaneda le pide que venga a ver a la niña antes de que esto ocurra (cosa que, según suelen contar en los textos que se dedican a su biografía, no pasó).

En mi edición de las cartas de Gómez de Avellaneda hay una anterior también a Tassara, que precede al nacimiento de Brenhilde. “No tema usted oír reproches, no. He comprendido perfectamente todo el horror de mi suerte; ha pesado sobre mi alma toda la grandeza de mi desventura; pero las almas fuertes se rompen sin plegarse”, escribe, antes de pedirle verlo. “Es una necesidad absoluta que nos veamos hoy”, le dice, anunciando que se irá de Madrid. No puedo dejar de pensar que esta es la carta en la que le suplicaba verlo para hablar de su embarazo.

Poco después de la muerte de Brenhilde, la escritora –la misma autora que había criticado el matrimonio por el efecto que tenía en la posición de las mujeres y en sus derechos– se casó. Lo hizo con Pedro Sabater, gobernador civil de Madrid. Sabater estaba ya muy enfermo. ¿Lo hizo porque necesitaba rehabilitarse socialmente tras haber sido madre soltera? ¿Lo hizo porque estaba cansada de luchar contracorriente? ¿Quizás es el primer síntoma de que tras todo el proceso de abandono por parte del padre, nacimiento y muerte de Brenhilde empezó a ser más conservadora?

La teoría más interesante es la que apunta María del Carmen Simón Palmer (y que he conocido por la mención que aparece en un artículo) fue una manera de ‘salvar el honor’ de la escritora con un matrimonio arreglado desde las altas esferas políticas del momento, porque Gómez de Avellaneda tenía entonces su ascendente en la escena política (fue una de las personas que participó, apuntan, en las negociaciones para encontrar a Isabel II un esposo de estado). De hecho, entre sus objetivos sociales se encontraba el de convertirse en algún momento en una de las damas de la reina.  Sabater morirá poco después.

No volverá a casarse hasta 1856, cuando lo hace con Domingo Verdugo, que será herido en duelo tras el fracaso de un estreno de una obra de teatro de la escritora. Verdugo acusó a un hombre concreto del fracaso y de ahí acabaron en un duelo. Para recuperarse de las heridas se irán a Cuba, donde vivirán hasta la muerte de él y donde la escritora dirigirá un periódico y será la estrella literaria del momento.

Estos dos matrimonios son casi una suerte de nota al pie de página de una mujer que no solo vivió intensa e interesantemente sino también de una escritora que alcanzó la cumbre literaria (en la década de los 50 fue propuesta para entrar en la Real Academia Española, aunque –como bien sabemos por la historia de este organismo– no lo logró) y que reivindicó una situación diferente para las mujeres. Gómez de Avellaneda se volverá más espiritual y religiosa en la recta final de su vida (y eliminó no olvidemos de su bibliografía tanto a Sab como a Dos mujeres), pero a pesar de ello su biografía y su obra son una especie de alternativa, de altavoz de búsqueda de lo diferente.

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