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Elizabeth Bennet en Orgullo y prejuicio

Una de las cuestiones polémicas sobre las adaptaciones de los libros de Jane Austen es la de si el final feliz o no de la historia debe incluir o no un beso. En la versión de Orgullo y Prejuicio de 2005, de hecho, se hicieron dos finales. Uno, más fiel a la novela, fue el que vimos en Europa. Otro, totalmente inventado, fue el que vieron en Estados Unidos e incorporaba el consabido beso que se espera de una película romántica.

Y es que en las novelas de Jane Austen hay amor, pero no hay realmente una representación gráfica del mismo, al menos para los parámetros actuales. No hay apasionados besos. Y, por supuesto, no hay apasionadas escenas de sexo. ¿Pero había sexo en el mundo de Austen? Es decir, ¿forma parte el sexo de las historias como motor de las mismas?

El tema es fuente de debates y de análisis profundos del texto literario. Sabemos que el sexo está ahí (porque siempre está ahí y los protagonistas de las historias o los coprotagonistas tienen hijos que tienen que venir de alguna parte) pero ¿qué parte tiene el sexo en las historias de Austen? En realidad, sexo hay, lo que pasa es que no lo hay de la forma que nosotros, lectores contemporáneos de las novelas de Austen pero también de otras novelas que han pasado muchas barreras difíciles de cruzar en el XIX, estamos acostumbrados.

Como explica John Mullan en What matters in Jane Austen?, en el que por supuesto hay un capítulo dedicado al sexo y al peso del mismo dentro de las historias austenianas, todo está pero está entre líneas y los lectores tienen que saber leer no solo entre líneas sino también en clave. Al fin y al cabo, nos deja claro, cuando los personajes masculinos hablan de amor y del amor que no pueden dejar de sentir por los personajes femeninos (como puede ser el caso de Henry Crawford y sus exclamaciones de interés por la sosaina Fanny Price en Mansfield Park) de lo que está hablando no es realmente de amor sino más bien de sexo. Lo que Crawford quiere hacer es acostarse (poniendo las palabras que corresponden) con Price. Y si Robert Ferrars se casa apresuradamente con Lucy Steele no lo hace porque se haya enamorado de una forma platónica de ella. Más bien hay una razón mucho más prosaica en todo ello. Amor, nos dice Mullan, es sinónimo de apetito sexual cuando es un hombre quien habla.

Y, además, en las novelas también hay mujeres que se entregan a sus pasiones. Mullan nos muestra varios casos con suertes diferentes, aunque el de Lydia Bennet es el más claro sobre el sexo en las historias de Austen y cómo forma parte de la trama. ¿Qué es lo primero que dice sobre su hermana Elizabeth Bennet al saber del desarrollo de la historia? Que está arruinada (y por arruinada hay que entender que ha perdido la honra que los aristócratas de ese momento guardaban como oro en paño para el mercado matrimonial). Ella y Wickham no han estado jugando a las cartas entre el momento en el que huyeron de la casa de ella y el momento en el que fueron encontrados sin haberse casado entre medias.

El sexo prematrimonial no es habitual, sin embargo. Como nos explica Mullan solo ocurre cuando una jovencita cae en manos de un libertino (aunque en realidad – y en el mundo en el que se mueven sus personajes – eso no tenía realmente que ser así). Tras el matrimonio, todos los lectores lo damos por hecho. Incluso Charlotte Lucas, casada con el espantoso señor Collins, ha tenido una noche de bodas. No solo el lector puede reflexionar sobre ello. Cuando Charlotte escribe a las hermanas Bennet y les dice que no hay nada en su matrimonio que no merezca elogio, nosotros, lectores avisados, tenemos que saber leer entre líneas.

Mullers no solo ha escrito sobre el sexo en las historias de Austen sino que también ha acabado buscando pruebas en algunas novelas de que están pasando cosas. De hecho, recientemente, se ha dado a conocer un estudio en el que ha analizado la presencia más o menos obvia del besuqueo apasionado de al menos una pareja en una de las historias.

Según sus investigaciones, Frank Churchill y Jane Fairfax estaban liándose en uno de los capítulos de Emma. Como recogen en The Independent, los dos personajes estaban metiéndose mano «en un modo digno de la Regencia», mientras su carabina estaba durmiendo y por tanto no siendo realmente muy consciente de lo que pasaba. Mullan nos pone como prueba al texto que narra como otros irrumpen en la escena, se encuentran a la carabina dormitando en una silla y a «Frank Churchill en la mesa cerca de ella, muy ocupado con sus gafas, y Jane Fairfax, de espaldas a ellos, practicando en el pianoforte». O, vamos, disimulando.