jenn-diaz

Jenn Díaz tiene 26 años y ha publicado ya cuatro libros. Digeridlo.

Y aunque después podréis leer cómo le pregunto (hipócritamente) si no está harta de que todos hagamos hincapié en su edad, lo cierto es que quizá yo no habría leído ‘Es un decir’ si lo hubiera escrito alguien de 40, 50, o 60 años. Mi madre no podría haberme dicho «estoy leyendo ahora una novela que escribió una chica más joven que tú«, y yo no podría haber respondido «pues préstamela».

Mi yo malévolo, no os lo voy a negar, leyó ‘Es un decir‘ buscando defectos, porque no sería justo que una chica (bastante) más joven que yo hubiese escrito cuatro libros y encima bien. Bah, quizá sea un poco repetitiva. Bah, se le ven un poco los artificios. Pero finalmente, tuve que rendirme a la evidencia. Me gustaba. Y considerablemente.

Porque ‘Es un decir’ es ante todo un libro bonito. Triste, opresivo incluso, pero que no puedes evitar disfrutar leyéndolo, porque la melancolía ofrece unos placeres que la alegría no entiende. Se impregna en ti ese ambiente cerrado, la perpleja y a la vez lúcida pesadumbre de Mariela, los misterios que envuelven su vida y la soledad que acarrean. El argumento nos presenta a dicha Mariela, una niña de 11 años, en plena posguerra española, cuyo padre es asesinado. A partir de ahí, se verá forzada a crecer rodeada de enigmas que no entiende, pero que igualmente le afectan.

Y como (inesperadamente) me gustó mucho, quise hablar (o al menos escribirme) con la autora sobre la novela, su cuarta publicación tras ‘Belfondo’, ‘El duelo y la fiesta’, y ‘Mujer sin hijo’.

Una de las primeras cosas con las que se te define es con tu edad. ¿Cómo se consigue haber publicado 4 libros con 26 años? ¿Te aburre esa insistencia machacona en tu juventud? ¿Cuándo supiste que querías ser escritora?

Pasando mucho tiempo en casa, sola, escribiendo. Aunque eso es necesario aunque no tengas veintiséis años. Para escribir y publicar cuatro libros hay que ser, sobre todo, aplicado. Lo que pasa es que nos parece extraño que tan joven se pueda ser lo suficientemente aplicado, pero sí.

No me aburre porque es uno de los rasgos que llaman la atención, y muchísima gente se acerca precisamente por esa sorpresa. Aunque habrá otra mucha que se aleje por el mismo motivo.

Nunca he sabido que quería ser escritora. Empecé a escribir antes de planteármelo, y las publicaciones llegaron pronto. Así que oficialmente no hubo un momento en que lo decidiera o lo supiera. Quizá al publicar con Lumen se ha hecho más claro para mí que puedo serlo, que lo estoy siendo.

es un decir¿Cómo surgió la inspiración para escribir ‘Es un decir’?

No hay un sólo agente. Por una parte, las lecturas que estaba haciendo entonces (Martín Gaite, Natalia Ginzburg, Matute, Delibes…), y también las herramientas con las que contaba. Las cosas que me habían pasado, las cosas que empezaba a entender de las que me habían pasado, el análisis de mi infancia y mi adolescencia…

Esta obra está ambientada en un pueblo, pero además casi todas tus novelas se centran en ambientes rurales. ¿Qué tiene el pueblo que no tenga la ciudad?

Una intimidad distinta, y una comunidad. El pueblo casi actúa como un personaje único, es más compacto. Son menos y están más juntos, así que los habitantes de un pueblo participan más en las vidas de los otros: para bien y para mal.

‘Es un decir’ es una novela sobre hacerse mayor, sobre secretos familiares, sobre la falta de comunicación… temas atemporales que podrían desarrollarse en muchos contextos diferentes. ¿Por qué la posguerra española?

Sobre todo por los libros que estaba leyendo mientras lo escribía. Ahora después de profundizar un poco en ello, y de ver que repito el esquema de la guerra en otras historias, supongo que también hay una intención oculta: que en la guerra todo es más intenso, y los personajes hacen cosas que no harían cuando el pueblo está en paz.

El título es muy significativo de lo que encontramos en el interior del libro, un relato que la protagonista solo puede construir a base de  intuiciones, de ignorancias, de cosas que se escuchan por ahí… ¿por qué dan tanto juego los secretos en la literatura?

En la literatura y fuera de la literatura. Porque te dejan en vilo y te animan a seguir. Aunque a mí personalmente me desesperan bastante los misterios y enseguida quiero resolverlos, en las novelas facilita mucho el ritmo, tanto de escritura como de lectura.

Primero conocemos la voz de Mariela, después la de la abuela, el lector puede esperar que la tercera parte se complete con la versión de la madre. ¿Por qué decidiste volver a Mariela?

Estuve tentada de hacer una tercera parte con la voz de la madre, pero después me pareció que la madre estaba mejor dibujada entre las dos, y que si le daba una voz propia iba a tener que desentrañar demasiadas cosas. Prefería que estuviera a medias, que se construyera a través de los que la rodean. Además, no era el personaje que me interesaba desarrollar.

 A pesar de la oralidad de los discursos de las narradoras, destaca el toque poético de tu escritura. ¿Escribes también poesía? ¿Crees que al fin y al cabo todo proviene del mismo sitio?

Escribo poemas, sí, pero con otro objetivo. Cuando escribo novelas estoy intentando explicarme algo, y cuando escribo un poema estoy intentando fijarlo. Empecé primero con relatos y después con novelas, la poesía me daba demasiado respeto. Hasta que empecé a jugar un poco y me di cuenta de que las reglas las podía poner yo y podía escribirlos sin ninguna pretensión. El ejercicio de escribir un poema sirve para la narrativa, y cuando estoy escribiendo procuro que haya algo poético, porque creo que es interesante lo que se cuenta pero también de qué manera.

Siempre se cuela algo del escritor en sus personajes, y siempre es tentador buscar en los personajes algo del escritor. ¿Qué hay de ti en Mariela?

¡Todo! Aunque a mí no me haya pasado nada de lo que le ha pasado a Mariela, el personaje se nutre de mis propias emociones. Aunque no haya perdido un padre, sí he vivido la sensación de soledad y de falta de referentes. Así que se lo aplicas: todo lo que sabes, lo que te ha pasado, lo que piensas y sientes, se lo cedes. Lo adaptas a la ficción, pero es tuyo.

Las críticas a ‘Es un decir’ han sido mayoritariamente positivas. ¿Qué importancia le das a cómo se reciban tus libros?

Le doy la importancia que merecen: mucha. Pero no toda. Primero, porque si lo hiciera estaría a mil pies del suelo. Segundo, porque no todos los libros valen para todos los lectores. Tercero, porque hoy en día la crítica de novedades es muy frecuente y es casi un hábito. Lo leo todo, lo guardo todo, lo recorto todo, pero después procuro olvidarlo y escribir desde el silencio.

Te suelen comparar con Ana Matute y Carmen Martín Gaite, a quienes tú misma reconoces como lecturas fundamentales. ¿Uno es -uno escribe- lo que lee? ¿Qué otras lecturas te han marcado?

Sí, es muy difícil que lo que lees no se te contagie. Me di cuenta al descubrir a Marguerite Duras: no se parecía en nada a las lecturas que yo había hecho hasta entonces, y mi escritura cambió. Me volví más directa, menos rural, más poética, más breve y precisa, de emociones.

Me ha marcado Clarice Lispector, Carson McCullers, Natalia Ginzburg, Miguel Delibes, Gabriel García Márquez…

 ¿Estás trabajando en una nueva novela? Si es así, ¿Qué puedes decir de ella?

Ahora estoy escribiendo relatos. Aunque son independientes, todos tienen algo en común: la vida familiar, cómo se resuelven los pequeños conflictos cotidianos. Igual que en «Es un decir» pero diferentes familias, porque todas tienen su manera distinta de ser desgraciadas, ¿no?