Sabemos muchas cosas de Francis Scott Fitzgerald porque se convirtió rápidamente en un escritor popular. Además, su vida es tan perfecta para un buen artículo que pocos medios dejan escapar la oportunidad cuando pueden dedicar un espacio a contar la vida (y desgracia) del escritor por excelencia de los Felices 20.  Sabemos que se casó con una chica guapa, Zelda Sayre, el ejemplo perfecto de la flapper de los años del charlestón y que tuvieron una relación complicada, que acabó cuando Zelda fue internada en un sanatorio mental y Fitzgerald se fue a Hollywood. Sabemos también que vivieron deprisa, en Estados Unidos y en Europa. Y sabemos, por supuesto, que ese vivir deprisa fue el que hizo que la fortuna que el brillante escritor podía acumular desapareciese a gran velocidad. Porque Francis Scott Fitzgerald (ese escritor que siempre está de moda) gastaba a manos llenas. Gastaba con la misma alegría que su personaje de ficción, Jay Gatsby, organizaba masivas fiestas en su mansión de Long Island.

Sin embargo, Fitzgerald no era un inconsciente. Siempre quiso ahorrar y siempre llevó una detallada contabilidad, como William J. Quirk en el artículo que cierra Cómo sobrevivir con 36.000 dólares al año, el pequeño librito (muy pequeño librito) en el que Gallo Nero recopila los dos artículos que el escritor publicó en prensa dedicados a sus finanzas. De hecho, Fitzgerald era increíblemente honesto en sus declaraciones de la renta, en una época en la que la Hacienda estadounidense no podía saber si le estaban (o no) contando la verdad sus contribuyentes.

En el primero de los textos, Fitzgerald analiza el año en el que él y Zelda consiguieron gastar sin saber cómo (y sin que sus libros de contabilidad les diesen una explicación realista de lo que había sucedido) 36.000 dólares. «Treinta y seis mil no suponen una gran fortuna», escribe Scott Fitzgerald, «pero tengo la impresión de que deberían dar para una casa espaciosa bien amueblada, un viaje a Europa una vez al año y uno o dos bonos. Nuestros 36.000, por el contrario, no habían dado para nada«. El texto es increíblemente divertido, muy mordaz e irónico, y se publica en esta edición seguido por uno (no tan redondo pero igualmente divertido) sobre el año en el que los Fitzgerald se fueron a vivir al sur de Francia, decididos a vivir sin gastar nada. Pronto se dieron cuenta que eso era lo que pensaban todos los estadoundienses, que acudían encantados tras los relatos de sus compatriotas de fiestas con caro champán por unos centavos, aunque en realidad no era exactamente así. Francis Scott Fitzgerald rápidamente nos cuenta que todo era infernalmente caro porque los franceses sabían que los turistas pagarían por ello, que sus ama de llaves se sacaba un increíble sobresueldo haciendo la compra y que la vida seguía siendo muy difícil.

Y así, y a pesar de los intentos del matrimonio por ser respetables y ahorrar y comprarse bonos, no consiguieron más que vivir al día.

Cuando esos años acabaron, a Francis Scott Fitzgerald se le iba a sumar un nuevo gasto. La mala salud de Zelda se hizo evidente y hubo que internarla en un psiquiátrico. Aunque sus amigos acabaron por recomendarle que lo hiciera en uno público, a la vista de sus finanzas, siempre pagó uno privado. «Mis amigos más cercanos me han propuesto ideas igual de peregrinas, como mandar a mi hija a un colegio público o meter a mi mujer en un manicomio estatal, pero eso quebraría algo dentro de mí y destrozaría la tan delicada mina del lápiz de una punta de lanza», escribía a su editor en los años 30, como se lee en el texto que cierra el libro.

Cuando falleció, su hija Scottie no heredó una gran fortuna, sólo los derechos de sus obras (que se revalorizarían con el paso del tiempo hasta cifras tan altas como los 500.000 dólares anuales del Gran Gatsby) y el dinero de un seguro de vida.