A la cabeza iba la comisión ejecutiva, llevando la pancarta de la manifestación. Eran las mujeres de las ejecutivas de las asociaciones feministas convocantes. «Abajo el clericalismo. Viva la libertad», ponía, en un estandarte rojo. Para abrir paso a la apertura de la manifestación, organizada por la Agrupación de Damas rojas la Asociación de Damas radicales y La Progresiva Femenina, pasaba antes «un grupo de socios de las Juventudes radicales», que apartaban a los curiosos y abrían paso. Detrás de la pancarta de apertura, aquel 10 de julio de 1910, seguían las manifestantes. Las crónicas consultadas no dan una cifra exacta, pero eran miles de mujeres.

La crónica que publicó entonces La Vanguardia, el diario más popular de la ciudad que acogía la marcha, Barcelona, apunta que entre las asistentes iban una niña «vestida de República» (iba en brazos de «un individuo»), muchas manifestantes con una caricatura que mostraba a la república dando un puntapié a un fraile prendida con un alfiler o una manifestante que llevaba «un soberbio ganso con el cuello adornado con cintas tricolores» (recibió «muchos aplausos»).  Otra de las noticias de la prensa del momento señala que la mayoría de las mujeres asistentes llevaban insignias que identificaban a que asociación de mujeres pertenecían.

Eran «algunos miles de mujeres de Barcelona y otras que habían llegado de diferentes pueblos», como recoge uno de esos artículos. Las manifestantes salieron de la plaza de Urquianona a las cuatro y media de la tarde. Habían empezado a concentrarse ya a las cuatro, siendo la asistencia variada en términos de edad (aunque «abundando las jóvenes) y muchas iban en grupo «ataviadas con trajes domingueros» (algo que, leyéndolo 110 años después, hace imaginar un ambiente festivo). A medida que avanzaba la manifestación, se iba engrosando la asistencia.

La manifestación terminó ante el Gobierno civil, donde entregaron su pliego de peticiones con 22.000 firmas de mujeres, de apoyo a una política de limitación del poder de la Iglesia Católica que se había puesto en marcha. Fue también allí donde desde uno de los balcones Ángeles López de Ayala, la portavoz y la convocante, habló a las asistentes. Tras ello se disolvieron «ordenadamente». Las crónicas dejan claro que la manifestación transcurrió sin incidentes.  

Había terminado la que se considera la primera gran manifestación feminista de la historia de España, como señala en Señoras fuera de casa (Los Libros de la Catarata), Raquel Sánchez.  La manifestación buscaba dejar claro que las mujeres españolas no estaban bajo el dominio de la Iglesia Católica y que pensaban por ellas mismas (no olvidemos que esa idea de que ‘el confesor va a dictar el voto’ fue uno de los argumentos que se usaron contra el sufragio femenino y que Clara Campoamor tuvo que escuchar en los años 30 antes de lograr que la II República reconociese el voto de las mujeres).  

Unos días antes, hay noticia de otra manifestación multitudinaria también anticlerical y de apoyo a la misma línea de actuación del gobierno central en Barcelona, pero lo que diferencia a esta es que las manifestantes eran mujeres y que las convocantes eran asociaciones feministas. Los periódicos presentan a esta como una “manifestación femenina” (y lo de femenina, por cierto, puede leerse como sinónimo en este caso de feminista).

En el epicentro de la manifestación estaba Ángeles López de Ayala, su presidenta, como dice alguna de las crónicas. López de Ayala es una de esas figuras de la España de hace un siglo sobre las que es inevitable querer saber mucho más. Fue periodista, escritora, activista política y una de las líderes feministas de la España de finales del XIX y de principios del siglo XX.

Para adentrarse en la biografía de Ángeles López de Ayala se puede recurrir a la tesis doctoral Ángeles López de Ayala (1858-1926): icono del librepensamiento en la España de entre siglos, presentada en Universidad Complutense por María Victoria Clemente Palacios. Está en abierto y, por tanto, accesible en la red (también hay una biografía publicada en Icaria, en catalán, que no hemos podido consultar a tiempo). Clemente Palacios explica en el primer apartado de su tesis que los datos biográficos sobre Ángeles López de Ayala son muchas veces contradictorios, pero ha ido recopilando varias fechas destacadas y varias líneas de interés.

López de Ayala nació en el seno de una familia acomodada en la década de los 50 (hay variedad de años y la investigadora no localizó la partida de bautismo que podría haber confirmado cuál es la correcta, pero posiblemente fue hacia 1858) en Sevilla. Sus padres murieron cuando era pequeña, así que fue criada por unos tíos maternos y educada en un colegio de monjas (curiosamente, teniendo en cuenta su compromiso posterior en los movimientos anticlericales, llegó a mostrar interés por ser novicia).

Ya escribía en su juventud (se puede concluir porque ganó un premio de poesía a los 15 años), publicó una novela en 1881 y estrenó una obra de teatro justo un año antes. Por esas fechas se casó con su primer marido, con quien se muda a Madrid. En Madrid, explica la investigadora, entra en contacto con la masonería y se afianzan sus ideales republicanos. También arranca en la capital su carrera en medios. López de Ayala escribe novelas, cuentos y múltiples artículos en prensa a lo largo de los años. En el terreno del periodismo será, incluso, directora de varios medios. En 1890 se muda a Barcelona, que es la ciudad en la que vivirá hasta su muerte en 1926 y en la que organizará la manifestación 20 años después.

Durante toda su vida, López de Ayala mantiene un firme compromiso con los ideales republicanos y con el feminismo. Su compromiso político tuvo un impacto directo en su vida cotidiana: fue procesada múltiples veces, pasó por la cárcel e incluso vio como su casa en Santander, donde pasó una temporada antes de mudarse a Barcelona, era incendiada como represalia.

Foto | Wikimedia

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