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En marzo de 1623, dos hombres británicos llegan al Madrid del Siglo de Oro. Se hacían llamar Thomas y John Smith pero no eran quienes decían ser. Para gran sorpresa tanto de la corte española como de la embajada inglesa en Madrid, los dos hombres eran el duque de Buckingham y el entonces príncipe Carlos, futuro Carlos I de Inglaterra y el rey al que le cortarían la cabeza tras una guerra civil. La estrategia del príncipe era la de que, ya que no avanzaban las negociaciones diplomáticas para cerrar un matrimonio entre él y la infanta María Ana, él mismo se encargaría de enamorar a la princesa. La aventura fue un fracaso, pero de ese tiempo de Carlos I en Madrid quedó algo, un retrato hecho por Velázquez que se va a convertir en material para la historia.

En 1845, John Snare era un librero en la tranquila localidad inglesa de Reading. Había heredado el negocio de su familia y se había casado con Isabella, la hija de un banquero local. No era rico ni aristocrático, pero sí un trabajador al que le iba bien las cosas. Además de vender material de escritura, como papel de cartas y sobres, y libros, Snare era también un entendido ‘amateur’ del mundo del arte. Coleccionaba libros y reproducciones de obras de arte claves de la historia del arte y estaba muy interesado en la materia. Cuando se realizó una subasta de una casa cercana, Snare aprovechó la ocasión para echar un vistazo al arte que allí se podía ver. Las subastas de arte victorianas eran una especie de espectáculo artístico: los asistentes pagaban una entrada para ver las obras que se iban a subastar y era una de las pocas veces que tenían acceso a las obras en cuestión y que podían ver los contenidos de las asombrosas colecciones privadas de los aristócratas.

Snare compró su entrada y lo que vio al cruzar las puertas de la casa le cambiaría la vida para siempre y se convertiría en uno de esos curiosos episodios de la historia del arte. Snare descubrió el olvidado Velázquez con el retrato de Carlos I, cuadro que se convertiría en su obsesión y que le cambiaría (y no podemos decir que para bien) la vida. La historia de este descubrimiento y de esta obsesión la ha recuperado minuciosamente (algo con especial mérito, porque partía de prácticamente nada) Laura Cumming en The Vanishing Velázquez: A 19th Century Bookseller’s Obsession with a Lost Masterpiece, una fascinante historia sobre la intrahistoria del coleccionismo de arte que se puede leer también como un ejemplo de la lucha de clases en la Gran Bretaña victoriana, como uno sobre el poder que tienen las obras de arte para fascinarnos o sobre la huella de la obra de Velázquez (la autora dedica muchos capítulos a explicar – de una forma que hará que quieras volver o ir al Prado – la obra de Velázquez). Y, sobre todo, la obra (que acaba de publica Scribner) es la historia de un pequeño librero de provincias que decidió dejarlo todo para centrarse en lo que más le gustaba.

Tras cruzar la puerta de la casa en cuestión. Snare se aventuró a observar un cuadro que, según los subastadores, era posiblemente un retrato pintado por un maestro holandés. El retrato estaba muy sucio y el librero se atrevió a limpiarlo un poco con el dedo. Lo poco que vio hizo que le entrasen palpitaciones: aquel cuadro era, casi seguro, un Velázquez. El librero pujó por él y se hizo con el cuadro, el primer paso para una vida destinada a proteger y trabajar sobre la obra.

Lo que vendrá a continuación será una larga lista de juicios, ataques, difamaciones, pasiones y desapariciones, a lo que habría que sumar un punto especialmente interesante. Como apunta Cumming, los expertos en arte ‘de siempre’ y los ricos propietarios de las obras no podían creer a Snare. Muchos de sus problemas estuvieron marcados por los prejuicios existentes contra lo que podría hacer un ‘librero de provincias’.

Tras hacerse con el cuadro, Snare se lanzó a una carrera de investigación (y una muy completa, habría que decir) para establecer la historia del mismo y descubrir cómo había llegado desde la España del Siglo de Oro a su librería. El cuadro empezó también una historia de exhibiciones, que a grandes rasgos empezaron en su propia librería (donde la prensa local lo convirtió en una especie de prodigio), pasaron por Londres (donde cobraba por ver la obra, muy como se hacía en el momento, cuando ver cuadros era una de las formas de ocio) y llegaron a Edimburgo, donde se produjo su gran caída. Snare alquiló una sala en un hotel y empezó a cobrar por ver el cuadro, tras una campaña de relaciones públicas en prensa muy moderna.

La gente acudió en masa a ver el perdido cuadro de Velázquez, hasta que intervino la justicia. Snare fue acusado de estar negociando con bienes robados por los apoderados del conde de Fife, quienes se encargaron de que el cuadro fuera incautado. La genealogía de propietarios del cuadro apuntaba a que en algún momento había pasado por las colecciones de la familia y a esto se agarraba el proceso judicial. La justicia acabaría dando la razón a Snare, pero el cuadro estaba ya ‘manchado’. Los visitantes de la exposición desaparecieron, Snare perdió muchísimo dinero y acabaría en la ruina. Su librería en Reading y sus bienes fueron subastados (dejando a Isabella y a los cuatro hijos del matrimonio en una situación muy difícil y de vuelta a la casa del padre de ella) y Snare se quedó solo en el mundo con su cuadro.

the-vanishing-velazquezLa historia ya tendría ahí un muy literario final, pero lo cierto es que en ese punto solo se había llegado a la mitad de la tragedia del librero amante del arte. Cummings ha seguido en The Vanishing Velázquez la pista a Snare y su obra antes de que uno y otro se desvanezcan como por arte de magia (no se sabe cuándo murió exactamente Snare, aunque sí más o menos cuando y casi con certeza donde; tampoco se sabe qué ocurrió con el cuadro tras su muerte) en los recovecos de la historia.

El librero lanzó un juicio contra el conde y sus apoderados por daños y perjuicios (que ganaría) y se fue con su cuadro a Estados Unidos, posiblemente huyendo de la fama que la pintura había ya logrado en Reino Unido. Cummings lo ha encontrado unos años más tarde de todo este culebrón en Nueva York, repitiendo el modelo de mostrar el cuadro por una entrada (y teniendo éxito). Aunque, claro está, el atractivo del cuadro se desvanecía cuando pasaba la novedad, así que las siguientes décadas Snare tuvo que tener diferentes trabajos (en un cierre de círculo volvió a ser librero) para poder sobrevivir, viviendo en habitaciones pequeñas y baratas con su muy caro cuadro de Velázquez.