Edith Wharton

En los años 30 del siglo XX, Edith Wharton era una mujer de más setenta años a la que la fortuna literaria había dejado, en cierto modo, de sonreirle. Sus novelas ya no estaban de moda, porque los lectores de la Gran Depresión preferían temas más ligeros y divertidos, una lectura más de escapismo que las novelas dramáticas de la autora. Wharton tuvo que dejar algunos proyectos (como un libro de viajes sobre Galicia en el que había trabajado) por culpa de los cambios de gustos literarios. Y también vendía menos en la época en la que publicó un artículo en The Atlantic (ellos mismos lo han recuperado) sobre el proceso de escritura y cómo ella misma sentía la inspiración.

La escritora – que confiesa que dudó un poco antes de escribir este artículo (fascinante y de lectura libre porque The Atlantic lo ha subido a su web con la fecha que corresponde, 1 de abril de 1933, pero sin limitarlo por ninguna barrera de pago) – se lanza a trazar como es la génesis de uno de sus libros. «Lo que quiero intentar es la observación de ese extraño momento en el que los caracteres vagamente esbozados cuyas aventuras una esta preparándose para contar están de pronto ahí, ellos mismos, en carne y hueso, poseyéndola a una y mandando sobre la voz de una misma y su mano», apunta la autora.

Lo primero es contar con un tema sobre el que escribir y aquí Wharton señala que el tema no es lo más importante. «La verdad es que nunca le he dado mucha importancia al tema, en parte porque cada incidente, cada situación, se me presenta siempre bajo la luz de material para contar una historia», señala. Luego la historia, explica, se va conformando en su mente. A veces aparece un hecho y se pregunta a quién le sucedió lo que cuenta.

Los personajes, a Wharton, se le aparecen, por así decirlo, siempre ya con su nombre y sus apellidos, por muy ridículo o poco ajustado que pueda ser. De hecho, señala, le resulta muy difícil cambiar el nombre de sus personajes una vez que ya los tiene en la mente. Reconoce, sin embargo, que esto no le pasa a todo el mundo. Balzac, nos recuerda, tenía que salir a pasear por París para encontrar en los nombres de las tiendas nombres para sus personajes. La importancia de los nombres para Wharton es bastante elevada ya que de, hecho, a veces tiene el nombre antes incluso que el personaje y su historia completa.

Después, esos personajes toman cierto control de la historia y acaban siendo los que la guían para lo que va a pasar. «Esa gente mía, cuyo destino último yo sé, se mueve de manera que no me había sido revelada antes», explica. «No solo en su habla, sino también en lo que podríamos llamar sus acciones subsidiarias», apunta.

Igualmente, Wharton también destaca la importancia de convertirse en un escritor profesional, ya que el trabajo diario literario tiene un efecto a la hora de entrenar a la imaginación.