Entre finales de 2016 y principios de 2017, trabajamos en la idea de un libro sobre escritoras olvidadas o poco conocidas a nivel mainstream. La idea se quedó en nada, pero algunos de los archivos de los capítulos preparados llevan durmiendo en el escritorio del ordenador durante demasiado tiempo. Cada lunes, durante unas cuantas semanas, iremos publicando estos capítulos. En la etiqueta Escritoras olvidadas se podrá acceder a todos ellos y a otros artículos que publicamos previamente en Librópatas sobre escritoras perdidas en el medio de la historia.

 

Además, hemos lanzado una cuenta en Instagram dedicada únicamente a recuperar perfiles de escritoras en la historia. Podéis encontrarla aquí.


La primera vez que me crucé con Florbela Espanca fue en una tienda de souvenirs de Coimbra. Yo estaba buscando artículos con la cara, poemas o cualquier cosa relacionada con Pessoa, porque pensaba escribir sobre ese tema. En mi caza de cosas que se pudiesen comprar y que usasen a Pessoa tropecé con un muestrario de imanes con versos y la cara del escritor. Al lado había otros con versos también y con la cara de una mujer. Era Florbela Espanca. Rápidamente elaboré una teoría: seguro que era una cantante de fados del pasado, popular en Portugal pero de la que no sabemos nada fuera de ese país. En realidad, mi teoría estaba muy desencaminada en una cosa, pero poco en otra. Florbela Espanca no cantaba fados, sino que era una poeta. Y es popular en Portugal (tiene todo para ser una escritora de esas que suelen aparecer en las listas de escritoras malditas y una biografía muy jugosa para llegar al gran público) pero muy poco conocida cuando se cruzan las fronteras portuguesas.

Ya no recuerdo en qué momento descubrí que Espanca no era una cantante de fados ni tampoco cómo llegué a ese dato. Cuando descubrí la verdad, quise saber mucho más de ella y pensé rápidamente en meterla en esta antología de biografías. Aunque ¿se puede considerar olvidada a una escritora a la que simplemente no conocemos en otras lenguas?

En Portugal, Espanca ha protagonizado una baraja de cartas, un libro para niños, uno para colorear para adultos o una película que luego fue reconvertida en miniserie (y que he buscado en todas las plataformas legales online sin éxito y también en la Fnac en Lisboa, con igual escaso éxito). Pero, dado lo poco que sabemos de ella en España, me pareció que cruzaba la barrera de entrada (y, además, reconozco que me sentía un tanto culpable por el exceso de autoras de narrativa frente a otros géneros literarios en mi selección).

Así que leí dos biografías que no me gustaron mucho sobre la autora, me descargué sus libros de poemas (en Amazon están ya como ebooks de descarga gratuita) e intenté leerlos (sin éxito) y apunté diligentemente en un papel las direcciones que Espanca había tenido en Lisboa, para aprovechar un viaje a la ciudad para intentar seguir sus pasos (aunque fue un seguir sus pasos bastante limitado, si se tiene en cuenta que nació en Vila Viçosa y que pasó mucho tiempo –y murió– en Matosinhos, Oporto). Una vez en Lisboa logré leer sus sonetos, que me compré en papel (y quizás la poesía, cuando no se es lectora recurrente del género, solo se consigue leer en papel…), y sus cuentos completos. No es difícil, cuando se ha leído antes textos biográficos sobre la autora, ver ecos de su propia vida en esos escritos.

Florbela Espanca tuvo una vida que la hizo absolutamente digna, pensaba un día mientras subía una calle empinada en Lisboa persiguiendo su fantasma, de que se le aplique lo que se decía de Lord Byron de que era “loco, malo y peligroso de conocer”, que es un cliché recurrente cuando se habla de autores y que Espanca cumple a primera vista bastante bien. Cuando se pasa de la primera vista y se adentra una en lo que hizo, por qué lo hizo y cómo lo hizo, la cuestión va mucho más allá del cliché (mientras subía la cuesta lisboeta también pensaba que estaba un poco harta de que siempre acabemos echando mano de la frase esa sobre Byron para hablar de todos aquellos escritores que tuvieron vidas un poco escandalosas) y Espanca empieza a convertirse en una figura poliédrica que serviría para muchísimos análisis. Al fin y al cabo, fue una mujer que se divorció tres veces a principios del siglo XX, que intentó ser libre en el Portugal de la época o que tuvo un nacimiento bastante irregular dentro del esquema de lo que era en el pasado socialmente aceptable.

El nacimiento y la crianza de Espanca parece digno de un folletín decimonónico, pero lo cierto es que no es el fruto de ninguna exageración para dotar de encanto dramático a la biografía de la autora. Espanca fue hija ilegítima, aunque eso sería simplificar mucho las cosas. Su padre, João Maria Espanca, estaba casado con Mariana do Carmo Toscano, una mujer que era, a todas luces, estéril. El matrimonio no tuvo hijos, así que el marido pasó a tenerlos directamente con su amante, Antónia da Conceição Lobo. El proceso no fue una especie de alta traición de la relación conyugal, sino más bien una acción de cierto pragmatismo. Como no podía tener hijos con su esposa, los tuvo con ‘la querida’.

Florbela, la mayor, nació en 1894 y fue amadrinada por la esposa legítima de su padre, que fue quien la crio (y a quien, en sus cartas, como se puede ver en las que recoge una de las biografías sobre Espanca consultadas, se refiere como madre). Aunque Florbela fue criada en casa de su padre y reconocida de facto como su hija, no lo fue legalmente (en realidad, su nombre y apellidos era Florbela Lobo, el apellido de su madre biológica). Unos cuantos años después de nacer la niña, Antónia dio a luz por segunda vez, en este caso a un niño, Apeles, que será una de las personas más importantes en la biografía de Florbela Espanca.

La situación de este complejo triángulo amoroso estaba, en parte, un poco ligada a las costumbres de la época. Antónia había sido una de las criadas de la casa familiar y bien sabemos por los dramones de hace un siglo que no era extraño que las doncellas fuesen acosadas por los hombres de la casa en la que trabajaban. De hecho, en el muy interesante tomo dedicado a la época contemporánea de História da Vida Privada em Portugal, explican que no era difícil encontrar en los manuales explicaciones sobre cómo rechazar los avances “del hijo de la casa” (también nos cuentan que muchas prostitutas habían sido antes criadas: las recomendaciones no siempre funcionaban).

En el Alentejo, la región da la que era Florbela Espanca, existía en cierto modo una suerte de prolongación del derecho de pernada. No era nada raro, apuntan, que el señor se acostase con la criada (como bien se ve viendo los ratios de hijos ilegítimos de la zona). Ser hijo ilegítimo, por muy poco raro que fuera (a principios del siglo XX lo eran el 12% aproximadamente de todos los nacimientos en Portugal), implicaba no solo un cierto estigma social, sino también ciertas barreras legales. Uno no tenía los mismos derechos que podría tener un hijo legítimo del mismo padre (algo que, por cierto, también ocurría en la misma época en España).

Este comienzo de vida irregular no mermó las opciones en el mundo de Florbela Espanca. Su educación fue esmerada (tanto que la familia se mudó a Évora para que tuviese más opciones para estudiar) y Espanca cursó estudios más allá de lo que se esperaba de las niñas. De hecho, tiempo después se convertirá en una de las primeras universitarias de Portugal, matriculándose en Derecho en Lisboa.

Claro que su camino no pasó desde Évora a Lisboa directamente, sino que tuvo antes otras paradas. Espanca, que había empezado ya su carrera como poeta, se casó en su pueblo natal en 1913 con Alberto Moutinho. Antes de casarse con Moutinho se había enamorado de otro hombre, a quien había escrito cartas y a quien había dedicado poemas. Sin embargo, esta relación no fue a ninguna parte y Espanca se casó con el que había sido su compañero de clase, Moutinho. El matrimonio fue por lo civil, algo que era bastante adelantado a su tiempo (especialmente en el contexto en el que se movía Espanca). Casarse por lo civil era legal en Portugal desde 1867 (aunque no se pudo llevar a la práctica hasta 1878) pero a pesar de ello no era tan recurrente: en Lisboa, cuentan en História da Vida Privada em Portugal, era donde se realizaban la mayoría de los matrimonios civiles y a pesar de ello solo representaban el 3,6% (la cifra es de 1904) de las bodas. El matrimonio duraría hasta 1921 en el papel, aunque haría aguas antes.

Con Alberto Moutinho, Espanca dará clases a niños (crearán una especie de escuela para tener ingresos y sobrevivir a las estrecheces económicas). Pero este período se podría ver cómo el momento en el que empieza la carrera de Florbela Espanca como escritora en serio. En esta época empezará a colaborar con una revista lisboeta, para la que escribe poemas. Además de lo que publica en esa revista, Espanca escribirá bastante y esas poesías serán el germen de su primera obra publicada (que costeará su propio padre). Espanca y Mountinho continuarán juntos hasta 1917 cuando Florbela acaba su formación secundaria (había continuado estudiando poco a poco tras casarse) y decide seguir estudiando en Lisboa. Será el momento culminante que los separará: Alberto se queda atrás y Florbela se va a la universidad. Su padre será quien le pague la matricula.

Espanca se matriculó en el primer curso de Derecho, lo que no deja de ser un tanto sorprendente (¿por qué derecho?). La universidad estaba en lo que hoy es la embajada de Alemania, un edificio con aires de palacete frente a un inmenso parque. Con él tropecé un día buscando un cajero automático. Nunca encontré el cajero en cuestión, pero sí una de las paradas de la vida de Espanca. En su diario, que escribió durante su último año de vida, rememora el jardín de la facultad. «Jardín por el que resonaban tantos gritos, tantas risas, tantas bromas, toda la frescura y la emoción de nuestras inquietas juventudes», rememora, recordando también los sueños de entonces. La poeta nunca acabaría la carrera, aunque se matriculó durante tres años en asignaturas de tres cursos distintos, pero llegar a Lisboa le cambiaría la vida.

Florbela Espanca se divorciaría en 1921 de Alberto Moutinho, para casarse (también por lo civil) dos meses después con António José Marques Guimarães, pero dejarlo ahí implicaría simplificar mucho lo ocurrido. Espanca llevaba viviendo con Guimarães un año ya cuando se decretó el divorcio, lo que da a su biografía un giro más de esos dignos de las miniseries de época (uno de esos que nos aventuramos a pensar que son demasiado novelescos como para tener base histórica real cuando leemos una novela). Los dos se encontraron en la boda de un familiar de él (eso es lo que nos cuentan en una de sus biografías) y se volvieron a encontrar después en una fiesta de Carnaval. Pronto empezaron una relación muy apasionada, con cartas, encuentros en tranvías planeados para parecer casuales y encuentros en hoteles. Por supuesto, la relación (por muy secreta que fuese en un principio) despertó críticas en su entorno (“Ema dice que hice infamias y mil desvergüenzas en su casa la noche del baile”, se lee en una de las primeras cartas que le escribe a Guimarães, que recoge la biografía Florbela Espanca, de José Carlos Fernández).

Aunque Moutinho formaba parte de la Guardia Nacional Republicana (y acabaría convencido de que la relación con Florbela Espanca le perjudicó en su carrera) con sus normas, Espanca pronto empieza a buscar casa para la pareja. Las cartas que se pueden leer en la biografía sobre el tema dejan claro que el tema es complejo: el alquiler suele ser caro y las casas no gran cosa.  En los años en los que vivió en Lisboa con Guimarães tuvieron varias direcciones. Siguiendo los pasos de Florbela Espanca por Lisboa, acabé en una de las casas en las que vivió con Moutinho. Hice el recorrido desde donde me hospedaba hasta su calle, en el barrio de Graça. El edificio está metiéndose en una calle lateral, justo cerca de varias obras de street art. El barrio está decorado con street art literario y Florbela Espanca protagoniza alguna obra. No es la que está al lado de su casa, que es un enorme libro-árbol al parecer muy popular entre los turistas (el famoso tranvía 28 pasa por delante). De hecho, y aunque me hubiese gustado, yo no me crucé con ninguna Espanca hecha arte.

El edificio en el que vivía Florbela Espanca tiene ahora una placa en la fachada en la que se puede leer que la poetisa vivió allí. Cuando yo estuve ya había anochecido y lloviznaba y, aunque estuve esperando un rato, nadie salió del edificio para poderme colar en él. En algún lugar cerca estaban haciendo sardinas y la calle olía a sardinas a la brasa, como en un cliché turístico.

Street art literario en primer plano y al fondo el edificio en el que vivió Florbela Espanca

Street art literario en primer plano y al fondo el edificio en el que vivió Florbela Espanca

El edificio no parecía muy lujoso (mucho menos que los edificios de la calle – al otro lado de la ciudad- en la que iba ella a trabajar en aquella época, cuando daba clases a unas adolescentes) y Espanca y Guimarães ocupaban el cuarto piso, que desde fuera no parecía el mejor del edificio. No lo era. Nadie con posibles vivía en el bajo (una vez más echamos mano de lo que nos cuenta en História da Vida Privada em Portugal) pero tampoco en los últimos pisos. Una vez que se pasaba el primero y el segundo, los alquileres iban bajando a medida que se iba subiendo de piso y al mismo tiempo se iba descendiendo en la escala social. No era muy diferente de lo que podía pasar en España en aquella época: solo hay que pensar en los edificios antiguos que hoy en día aún tienen en ciertas ciudades pisos que se llaman ‘el principal’.

El divorcio de Moutinho no fue algo fácil ni agradable. Al menos, eso sí, Florbela Espanca podía divorciarse. En Portugal era legal para los matrimonios civiles desde 1910. El proceso, sin embargo, no era muy habitual y se daba, sobre todo, entre las clases medias urbanas. Sin embargo, que la experiencia era un proceso terrible y que afectaba mucho a la familia (especialmente si había hijos de por medio) puede verse tanto en un cuento de la propia Florbela Espanca como en una novela de una escritora contemporánea. Para Além do Amor, de Maria Lamas, cuenta la historia de una mujer en un matrimonio desgraciado que conoce a un hombre con el que podría ser feliz. Amor de Outrora, el cuento de Florbela, es la de una mujer que encuentra a su viejo amor en la consulta del médico. Las protagonistas de ambas historias acaban renunciando al amor y a la promesa de ser felices por el efecto que el divorcio tendrá en los demás y por cómo les cambiará las vidas (especialmente en relación a los hijos que se verán afectados por la decisión).

Aunque el matrimonio entre Guimarães y Espanca empezó con tanta pasión, pronto entró también en crisis. No es difícil hacer cábalas sobre lo que pasó, leyendo lo que cuentan las biografías y también el cómo era la vida de las mujeres en los años 20. Quizás Florbela Espanca esperaba demasiado de sus relaciones amorosas. En uno de sus sonetos dice “busqué el amor, que me mintió/ pedí a la vida más de lo que daba” y también “pasé la vida a amar y a olvidar” y es muy fácil usarlo para hacer cábalas sobre cómo veía su propia vida. Quizás era una mujer moderna, una de esas pioneras de principios de siglo XX, que estaba casada con un hombre que no supo estar a su altura o que no era tan moderno como ella misma era. En estos años, Espanca publicó un nuevo libro de poemas que dedicó a Guimarães, pero a pesar de ello el matrimonio acabará mal. En su biografía, Fernández recoge que Guimarães maltrataba físicamente a Espanca en los últimos tiempos del matrimonio y que discutían y se peleaban una y otra vez. En 1923, Espanca sufre un aborto (nunca tuvo hijos, aunque sufrió tres abortos) y se marcha al norte de Portugal por recomendación médica. En el norte daría un nuevo giro a su vida.

En el norte de Portugal, establecerá una relación con Mario Lage, un médico que había sido compañero de Guimarães en la Guardia Nacional Republicana y que se acabará convirtiendo en el tercer marido (y el primero con el que también se casa de forma religiosa) de Florbela Espanca en 1925, tras un complicado proceso de divorcio. Lage y Espanca permanecerán juntos hasta la muerte de ella, en 1930, aunque eso tampoco quiere decir que el matrimonio no tuviese altibajos (al final de su vida, Espanca había empezado una relación extramatrimonial). Si entre 1923 y 1925, Espanca poco escribió, en la última etapa de su vida sí lo hizo. No solo fue cuando empezó su diario en su último año de vida, sino que también escribió cuentos y poemas que fueron publicados póstumamente. Aunque, sin duda, el momento que más afectó a su vida personal y a su obra fue la muerte de su hermano, Apeles, que murió en junio de 1927 en un accidente con el hidroavión que pilotaba. Apeles Espanca formaba parte del ejército del aire. Su muerte y su figura pueden encontrarse (no hay que esforzarse mucho en buscarlo) en los cuentos que Florbela Espanca escribirá.

La muerte de Florbela Espanca es tan dramática como su existencia. La última entrada en su diario es del 2 de diciembre: «¡y no tener gestos nuevos ni palabras nuevas!». Cinco días después, en su 36 cumpleaños, fallecía en su casa de Matosinhos. Había tomado una sobredosis de somníferos. Y así la escritora más fascinante y posiblemente la más escandalosa de principios del siglo XX de Portugal ponía fin a su historia (al menos para sus contemporáneos, para nosotras en el siglo XXI es otra cosa).

Y su historia es, en realidad, demasiado interesante como para reducirla a unas cuantas páginas. Ella misma escribía en su diario: “¡Mi vida! ¡Qué lío! ¡Si ni siquiera yo sé lo que quiero!”.

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