Zenobia Camprubí en 1956

En la historia de los círculos intelectuales de principios del siglo XX, el de Zenobia Camprubí es un nombre destacado. Durante mucho tiempo, el de Camprubí se mencionaba con la coletilla de esposa de, puesto que estaba casada con el poeta Juan Ramón Jiménez (“Mi esposa Zenobia es la verdadera ganadora de este premio”, dijo en su discurso de aceptación del premio Nobel de Literatura).

Desde hace unos años, sin embargo, se está recuperando a Zenobia Camprubí como lo que fue, una mujer con peso propio en la historia intelectual del siglo XX español. Se han recuperado sus diarios y escritos de juventud, en los que se muestra cómo intentaba ser escritora en el Nueva York del 1900, o se han publicado en ediciones anotadas sus diarios. También se está recuperando a Zenobia Camprubí en artículos y reportajes y en textos biográficos. Alianza Editorial acaba de publicar Zenobia Camprubí. La llama viva, una biografía escrita por Emilia Cortés, profesora universitaria que lleva dos décadas estudiando su figura.

“No es que haya llegado la hora de conocerla sino que ya la está conociendo el gran público”, me explica Cortés por correo electrónico cuando le pregunto si ha llegado el momento de que el público no experto descubramos a Zenobia Camprubí. “Y hay un motivo para hacerlo: es una mujer de gran valía que merece ser conocida a fondo, sin superficialidades”, añade.

Zenobia Camprubí nació a finales de agosto de 1887 en Malgrat del Mar, donde su familia tenía la casa de veraneo. Sus padres se habían establecido en Barcelona poco después de casarse, llegando de Puerto Rico. El padre había estado trabajando en la isla, entonces todavía colonia española, durante unos años y había conocido a la madre, miembro de una acomodada familia local. El matrimonio no sería feliz, a pesar de que fue un enlace por amor, pero aportaría a Zenobia Camprubí no solo tres hermanos sino también una amplia red de parientes que se extendía por América y Europa.

La familia de la madre de Camprubí no solo tenía ramas en Puerto Rico, sino también en Estados Unidos. De hecho, una parte importante de su fortuna y de lo que acabaría heredando llegaba de sus antepasados neoyorkinos. Esto implicará también que Zenobia Camprubí viva a lo largo de su vida en varios países, que aprenda varios idiomas (era hablante nativa de inglés) y que tenga una educación un tanto diferente a la de las jóvenes españolas de finales del XIX y principios del XX, sus contemporáneas.

De hecho, Camprubí pasará su adolescencia en Nueva York y no volverá hasta 1909 a España. Será en España, unos años más tarde, donde conocerá a Juan Ramón Jiménez, poeta y de familia acomodada, con el que se casará en Nueva York en los años de la I Guerra Mundial. El matrimonio, aunque acabará siendo aceptado por su familia y su madre tendrá una buena relación con el poeta, no fue aprobado en un primer momento por los padres de Zenobia Camprubí.

Aunque en sus primeros años de juventud Camprubí escribía y publicó relatos y columnas en la prensa estadounidense, su carrera literaria no prosperó. Ella misma reconocía que no se sentía escritora, aunque a pesar de ello nos dejó una ingente cantidad de textos escritos. Además de llevar un diario durante buena parte de su vida, escribía de forma regular cartas a diferentes miembros de su familia y a su círculo de amistades. “Los Diarios y los Epistolarios son una fuente enorme de información, un filón riquísimo”, explica su biógrafa, Emilia Cortés. “Si quieres conocer de verdad a un personaje, lee sus cartas, sus diarios”, añade.

Una de las cartas que Zenobia Camprubí escribió a Juan Ramón Jiménez
Una de las cartas que Zenobia Camprubí escribió a Juan Ramón Jiménez

¿Infravaloramos en España demasiado todavía los diarios y las cartas como textos literarios, frente a otras tradiciones literarias en las que se publican de forma recurrente este tipo de textos? “Quizás se infravaloren porque el lector quiera ver al personaje “ya hecho”, “ya terminado” y no ir levantándolo ladrillo a ladrillo”, aporta Cortés. “Es más fácil leerte una biografía que un volumen de cartas. Quizás, también se piense que las cartas y los diarios son “menos” literatura, al estar escritos, en muchas ocasiones, de manera distendida”, señala.

Aunque Camprubí no tuvo una carrera como escritora (desde el punto de vista tradicional), sí fue una importante traductora. Su trabajo está muy conectado con la llegada de Rabindranath Tagore a España: ella – con la colaboración de Juan Ramón Jiménez – fue la gran traductora de la obra de Tagore al castellano. ¿Ha llegado la hora de recuperar la historia de la traducción en España y de reivindicar el trabajo de traductoras como Zenobia Camprubí?, le pregunto a su biógrafa. “Creo que sí, de hecho, en 2016, se publicó el volumen Retrato de traductoras en la Edad de Plata, donde se recoge la labor de traducción de figuras como Emilia Pardo Bazán, Carmen de Burgos, María Martínez Sierra, Isabel Oyarzábal de Palencia, María de Maeztu Whitney, Matilde Ras, Mari Luz Morales, Ernestina Michels de Champourcin y Zenobia Camprubí”, indica.

Además de dejar una cantidad muy amplia de escritos, de ser editora clave de la obra de su marido y de hacer un trabajo de traducción muy valioso, Camprubí también fue una pionera en el trabajo con artesanía en España. Cuando volvió de Estados Unidos tras pasar allá la adolescencia, se dio cuenta del valor que se daba en ese mercado a los productos artesanos europeos y lo mucho y bien que se cotizaban los que llegaban de otros países. Ella decidió hacer lo mismo con la artesanía española y se convirtió en agente de exportación.  

“El trabajo que realizó Zenobia dentro del campo de la artesanía está en perfecta consonancia con las corrientes del momento, que propugnaban la recuperación de las artes e industrias artísticas”, explica Emilia Cortés, recordando la exposición de Artes Decorativas e Industrias Artísticas que se celebró en Madrid en mayo de 1913.

La tienda llegó hasta los años 30, aunque no fue siempre rentable. Ese no fue su único movimiento para encontrar fuentes de ingresos alternativas (especialmente después de casarse: ser poeta no es muy rentable y la fortuna de la familia de Juan Ramón Jiménez se había evaporado). Camprubí vendió artesanía, creó producciones de bordados y tuvo hasta una red de pisos alquilados en Madrid (ella los alquilaba, los dotaba de muebles y decoración con ciertos niveles de comodidades y luego los realquilaba a visitantes extranjeros, era casi como una suerte de Airbnb antes de que existiese).

Leyendo la biografía de Cortés y siendo una lectora millennial, no es difícil encontrar ciertos paralelismos entre esas historias y esa búsqueda constante de nuevas fuentes de ingresos y lo que los millennials acaban obligados a hacer en el complicado mercado de la gig economy.

A su biógrafa esta idea no le acaba de encajar y no acepta ese paralelismo. “Zenobia fue una mujer emprendedora, enormemente trabajadora y con muchos temas que llamaban su atención. No considero que sobreviva en la gig economy porque las empresas en las que se embarca son fuertes, serias”, me responde cuando le comento este paralelismo que yo vi.

Todas las iniciativas de negocio que Camprubí montó en España terminaron con la Guerra Civil. Tanto ella como Juan Ramón Jiménez pasaron los primeros meses de la contienda en Madrid, donde además acogieron a una docena de niños huérfanos de guerra (y usaron sus propios bienes para mantenerlos). Aun así, el matrimonio acabaría abandonando España en 1936 y el final de la guerra acabaría dejándolos en el exilio. Nunca volverían ya a España, viviendo entre Estados Unidos y Puerto Rico. Camprubí trabajó durante esos años como profesora en varias universidades.

Su salud no fue nunca buena, arrastrando diferentes problemas de salud. “Zenobia nunca tuvo una salud fortísima, sufría enfriamientos, dolor de garganta, colitis… pero nunca se quejó, hacía su vida normal, muy activa, con mucho trabajo diario”, explica Cortés. Durante décadas tuvo diferentes problemas ginecológicos, que la obligarán a acudir a múltiples médicos. En octubre de 1956 falleció, a causa de un cáncer de útero. Aunque el fallo del premio Nobel era secreto, el representante del jurado que había llegado a Puerto Rico para comunicarle a Juan Ramón Jiménez que era el ganador adelantó en un día el decírselo para que Zenobia Camprubí, en su lecho de muerte, pudiese saber la noticia.