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Estamos a mediados de agosto de 1929, en los últimos estertores de la Era del Jazz, en una sala de baile de un hotel alemán. Una jazz-band toca las canciones de moda, mientras los asistentes se entregan a la fiesta. Unas cuantas personas no logran, eso sí, olvidar en medio de la fiesta los nervios, ya que están a punto de empezar una tremenda una aventura, una de esas que hacen historia y una de las que los periódicos cubren con entusiasmo, intentando ser los primeros en tener la exclusiva. Los protagonistas son cegados por los flashes de las cámaras en la recta final, mientras intentan hacer cuentas mentales de lo que pesa su equipaje.

Incluso en la época de las flappers e incluso antes de que naciese Ryannair (y sus azafatas de tierra decididas a no dejar pasar ni un gramo de más), los viajeros ya tenían ciertos problemas. Para la gran aventura que les espera solo pueden llevar 20 kilos de equipaje y les han advertido de que todo lo que lleven de más se quedará en tierra, abandonado en la sala de embarque. La cuenta atrás llega a su fin y los protagonistas de la aventura se despiden de la fiesta: les espera el Graf Zeppelin, entonces amarrado a tierra por unos cuantos sacos, y, una vez embarcados, la primera vuelta al mundo en dirigible y la oportunidad de convertirse en pioneros del aire.

En la lista de pasajeros de esta aventura fascinante están unos cuantos millonarios que viajan por el placer de ser los primeros en lograrlo, algunos expertos y sobre todo muchos, muchos periodistas (porque los viajes de prensa ya existían entonces…), como los tres periodistas del grupo Hearst que compiten entre ellos por ser los primeros en mandar noticias (y entre los que se encuentra Lady Hay, la única mujer reportera del viaje), un periodista del español ABC y un enviado especial del francés Le Matin, Léo Gerville-Réache.

la vuelta al mundo del graf zeppelinGerville-Réache escribe en directo lo que está pasando (aunque sabemos que no puede permitirse despilfarrar en telégrafos como sus compañeros Hearst, que cada palabra costaba – entonces – 8 dólares y eso es algo que está disponible para pocos bolsillos), en unas crónicas fascinantes y llenas de pequeños detalles que las hacen muy vívidas y muy, aunque suene a lugar común, modernas.

Sus crónicas fueron publicadas poco después de terminar la gesta en formato libro y ahora Macadán Libros las ha traducido en una muy cuidada edición en castellano, La vuelta al mundo del Graf Zeppelin. Y, qué decir, ahora que el verano se ha acabado y las posibilidades de viajar son más reducidas, este pequeño tomo es una lectura casi obligada para seguir viajando, aunque sea con la imaginación.

Los zeppelines vivieron en los años 20 su edad de oro, cuando muchos se preguntaban si no acabarían siendo los grandes vencedores de la batalla del aire en su lucha con los aviones (en una de sus crónicas, Gerville-Réache reflexiona sobre ese tema). Todos sabemos, y no hay más que mirar al cielo actualmente, que los zeppelines no lograron consolidarse y que los aviones se convirtieron en los ganadores de esa batalla. Volar en zeppelín tenía un componente muy peligroso (los gases necesarios para hacerlo volar eran altamente inflamables, tanto que fumar estaba prohibidísimo a bordo) y, además, los zeppelines protagonizaron varias tragedias en esos años que se convirtieron en muy mediáticas. La última, la que supuso el final de los zeppelines en la carrera por el transporte de viajeros, fue la del Hindenburg, que se incendió en el aire en Nueva York ante las grandes masas que esperaban su llegada y que fue una tragedia especialmente mediática. El incendio no solo fue narrado en directo por la radio sino que además fue grabado por las cámaras de los noticieros cinematográficos.

Pero cuando Gerville-Réache se montó en Alemania para empezar la vuelta al mundo aún quedaban unos cuantos años para la tragedia del Hindenburg y la aventura tenía ese prometedor sabor de los pioneros de los inventos modernos.

El viaje no estuvo exento, sin embargo, de riesgos. El vuelo por Siberia los obligó a circular lejos de los telégrafos y por tanto de la información de tierra, además de someter a los viajeros a un cambio brusco de temperatura (tanto que se acabaron poniendo toda la ropa que llevaban encima). El despegue desde Tokio estuvo lleno de incidencias y atravesar el Pacífico (la primera vez que se hacía a través del aire) no solo tuvo el riesgo de ser los primeros, sino que además los llevó a cruzarse con una peligrosa tormenta. Un rayo podía causar fácilmente un incendio en la aeronave. Y en el despegue desde Los Ángeles estuvieron a punto de chocar con un cable de alta tensión. A eso se suma que los viajeros tuvieron que emplear unos 20 días en dar la vuelta al mundo, 20 días en los que – salvo las cuatro paradas que marcaban cada una de las etapas – tuvieron que permanecer a bordo del aparato.

¿Cómo eran por dentro estos dirigibles? Los datos de las crónicas de Gerville-Réache permiten visualizar la vida a bordo. Los viajeros dormían en camarotes similares a los de los trenes, compartiendo cuarto con otro viajero y durmiendo en literas. Tenían dos baños a su disposición y, aunque uno estaba reservado para las viajeras, acabaron apropiándoselo también porque el desequilibro entre el total de viajeros y la media de usuarios por baño (el de mujeres solo daba servicio a Lady Hay) era notable. Como era de esperar, los viajeros recibían un servicio a bordo, cocinado eso sí por un chef, intentando ofrecer una calidad superior. Como ocurría con los transatlánticos de entonces, los viajeros recibían un menú impreso con los platos que les iban a servir. Gerville-Réache no nos aclara si en su billete estaba incluido ese menú, aunque sí nos deja claro que la bebida había que pagarla a parte. Y, como todo viajero sabe hoy en día, beber en el aire no es nada barato: las opciones eran a cada cuál más cara, empezando por los 4 dólares (ya de entonces) que cobraban el vaso de agua.

Una imagen de la época del Graf Zeppelin (vía)

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