Una de las últimas novelas en llegar a las mesas de novedades, Te daré las estrellas, de Jojo Moyes (Suma), ha recuperado una historia literaria y la ha convertido en novela.  El libro de Moyes sigue a un grupo de mujeres, en el conservador mundo rural y minero del Kentucky de los años 30, que empiezan a trabajar como bibliotecarias y a llevar libros a ciudadanos que hasta entonces no habían tenido acceso a ellos. Por supuesto, esperable dado que es una novela, su conversión en bibliotecarias les ayuda también a conocerse mejor a ellas mismas y avanza sus propias biografías. Y, aunque las bibliotecarias de la novela de Moyes son personajes de ficción, detrás tienen una historia real. 

El Pack Horse Library Project fue un proyecto real que operó en Kentucky entre 1935 y 1943. Era uno de los programas del  Works Progress Administration, la agencia vinculada al New Deal y que buscaba el progreso en los tiempos de la Gran Depresión. El proyecto estaba en manos de mujeres de la zona. Las «book women» o «book  ladies» (mujeres de los libros y damas de los libros), como se las conocía, recorrían a caballo los montes Apalaches con las alforjas cargadas de libros. «Viajábamos a caballo, cabalgando por las montañas de Kentucky», le explicaba a la radio pública estadounidense, la NPR, una de esas bibliotecarias hace un par de años, Mary Ruth Dieter. «Yo llevaba libros a los niños», añadía, señalando que recorrían una zona «muy pobre». 

La zona que cubrían las bibliotecarias era, de hecho, una de las más castigadas por la recesión. Sus habitantes vivían de las minas, pero durante los años 30 se empezaron a cerrar minas de carbón en la zona y se perdieron puestos de trabajo.

Las bibliotecarias eran una de las respuestas a la situación y entraban dentro de los planes de Eleanor Roosevelt de crear soluciones específicas con beneficios para las mujeres y la infancia. A caballo, recorrían rutas de muchos kilómetros llevando libros. Ser bibliotecaria era, además, una fuente de ingresos para las mujeres de la zona. El gobierno estadounidense dotó al programa con salarios para sus bibliotecarias a caballo. 

Para los libros, sin embargo, no había fondos directos y las bibliotecarias acabaron siendo imaginativas. Recibían libros por donaciones, que ellas mantenían funcionales y que aprovechaban, cuando ya no eran reparables, junto con revistas viejas, creando álbums de recortes que añadían a sus fondos de préstamo. Las colecciones se fueron completando con todo tipo de donaciones, incluidas las de aquellos que ahorraban para poder ayudarlas. 

Las bibliotecarias a caballo llegaban a 50.000 familias y 155 escuelas públicas y a zonas en las que ellas eran la única biblioteca para sus habitantes. Los niños fueron, como recuerdan ahora los historiadores, los fans más entusiastas del programa.

Fotos Wikipedia

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