Cuando se hacen listados con los textos literarios clave sobre la Guerra Civil, La forja de un rebelde, de Arturo Barea, es una presencia incuestionable. La trilogía fue escrita en el exilio, en los años posteriores a los hechos que narra (Barea murió en el 57) y fue publicada primero en una traducción en inglés y luego en una retraducción al castellano (el proceso de cómo se publicó en varias lenguas es un tanto complicado).

Barea, sus libros y su relación personal y literaria con Ilsa Kulcsar fue protagonista de una de las últimas charlas del ciclo Hotel Florida, que organiza Ámbito Cultural de El Corte Inglés y Frontera D sobre periodismo. El hotel Florida estaba en Callao, en el centro de Madrid, donde ahora se encuentra uno de los centros de El Corte Inglés y fue uno de los lugares clave en la historia periodística de la Guerra Civil. Allí vivían los principales corresponsales extranjeros.

La historia común de los Barea arranca con el propio estallido de la guerra. Arturo Barea trabaja en el edificio Telefónica, donde era responsable del servicio de censura de prensa extranjera. Ilsa Kulcsar, por su parte, acababa de llegar a la ciudad, decidida a contar lo que estaba pasando. “Isle vino con 34 años y bastante bagaje político”, explica durante la charla su biógrafo, Georg Pichler.

Provenía de una “familia representativa de la Viena de entonces”. Su padre era un profesor universitario, socialdemócrata y judío. Su madre era una dama de la aristocracia, conservadora y católica. Una de las tías de Kulcsar era, de hecho, la esposa de un político conservador que llegaría a presidente de Austria. Ilsa Kulcsar se movió por el espectro político de la izquierda.

Empezó siendo socialista, en línea con su padre, pero se pasará al comunismo en los años 20. En ese entorno político conoce a su primer marido (con el que aún estaba nominalmente casada en 1936, pero cuyo matrimonio acabará disolviéndose) y juntos se convierten en una pareja de activistas conocida en la Austria de Entreguerras. En el 34 tienen que exiliarse en Praga, donde trabajará para la embajada de la II República española.

Cuando Ilsa Kulcsar llega en noviembre a España, lo hacía para escribir para diferentes periódicos, señala su biógrafo. Allí conocerá a Barea, trabajará en el servicio de prensa con él y acabará teniendo que huir por las luchas políticas internas en 1938. Juntos pasan a Francia, donde viven “en circunstancias de que dan pena”, apunta el hispanista William Chislett, otro de los participantes en la charla, y de donde se irán unos meses después de que les toque la lotería. La suerte les da un boleto premiado, que usarán para pagar sus deudas en Francia y dar el salto a Reino Unido, donde vivirán el resto de su vida común.

“Arturo estaba en un estado de shock, con los nervios destrozados”, explica Chislett sobre el estado en el que el escritor llegó a Londres. Poco después de llegar a la ciudad, arrancó la II Guerra Mundial y los Barea deben enfrentarse a la experiencia del Blitz, que inevitablemente les recordaba a lo vivido en Madrid. Para Arturo Barea, las sirenas antiaéreas londinenses eran un golpe en su salud: cada vez que sonaban acababa vomitando, de vuelta mentalmente en Madrid.

Quizás por ello no sorprenda descubrir que “Barea vivió siempre en pueblos” en los años siguientes. Un lord inglés simpatizante con la causa republicana les cedió una pequeña casa en medio de la nada en la campiña británica (“está en el equivalente británico al quinto pino”, sentencia Chislett) y allí se mudaron. Barea, que trabajaba en el servicio en castellano de la BBC, cogía un bus para ir a su trabajo y luego volvía al campo. El matrimonio trabajaba sentado en la cocina de la casa, escribiendo uno al lado del otro mientras Arturo Barea fumaba un cigarrillo tras otro (fumaba 80 al día: “en la cocina, las paredes se pusieron de color negro”, apunta el hispanista).

Ilsa Kulcsar no solo escribió su propia versión de lo vivido (la novela Telefónica, una novela con “un 25% de datos” y que Hoja de Lata publicó en castellano no hace mucho) sino que además fue crucial para el trabajo de Arturo Barea. “Estoy convencido de que sin Ilsa [Arturo] no hubiese tenido carrera literaria”, indica durante la charla Chislett. Ella fue la traductora de la obra (primero al inglés – idioma que hablaba a la perfección aunque no era su lengua materna- y luego, cuando se perdió el original en castellano, de vuelta a ese idioma) y quien puso en orden la versión final (aunque no hay pruebas de cuánto peso tuvo en la redacción).

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