Sadeportrait

Podríamos pensar, teniendo en cuenta que estos consejos los da el escandaloso marqués de Sade, que la primera norma para escribir una novela será la de buscar la idea más escandalosa que podamos ofrecer al lector. Lo cierto es que las normas para escribir una novela del marqués de Sade no tienen nada que ver con eso, como bien nos dicen en la larga introducción a la reedición del texto que se publicó en 1878 y en la que la introducción es casi más larga que el propio texto en sí. Los dos expertos prologuistas nos dejan claro que sí, que Sade era escandaloso y la lectura de sus obras cuestionables, pero que sus recomendaciones sobre novelas no están nada cerca de ser lecturas para arder (luego) en el infierno.

El texto era una introducción a otro libro y es, en líneas generales, una reflexión sobre las novelas, su historia y su origen (al fin y al cabo se titula Idée sur les romans, Ideas sobre las novelas) y antes de encontrar las recomendaciones, esas que nos encantan porque bien valen para una lista, hay un texto un poco más largo sobre cómo ha evolucionado el arte de hacer novelas.

El primer punto para poder escribir novelas es conocer a las personas. «El conocimiento más esencial que exige es el de conocer el corazón de los hombres», escribe Sade. Hay que observar a los otros, escucharlos y comprenderlos. Eso es lo que tiene que estudiar el escritor.

El segundo punto, que él escribe con prosa florida y pasional del pasado, es el de dejarse llevar por la pasión de lo que se está creando, por la imaginación. Es, nos dice, como el pintor que «tiene sed de pintar todo». Aunque, eso sí, esto no nos debe hacer perder el norte. Sade dice que hay que embellecer lo que vemos, crear un cuadro bonito, por así decirlo, pero sin pasarse. «Aunque te aconsejo embellecer, te prohíbo apartarte de lo probable«, dice. El escritor puede crear historias, puede hacerlas más atractivas y por supuesto estará contando una mentira, pero todo lo que tiene que contar tiene que ser posible. Si se nos va de las manos, el lector pensará que se le está pidiendo demasiado y se enfadará con el autor. «Su amor propio sufrirá, no creerá nada más, desde el momento en el que crea que lo queremos engañar», apunta.

El tercer punto es escribir no simplemente por hacer algo. «Nadie te obliga a la profesión que haces, pero si la empiezas, hazlo bien», señala, recordando que no se debe hacer «como un seguro para tu existencia». Si quieres vivir de una profesión, recomienda, no lo hagas de los libros.

El siguiente consejo es que, una vez que tengas el bosquejo de tu obra hecho, te lances a escribirlo. Aún así, no te obsesiones con los límites que esto te marca, ya que solo conseguirás crear así «volverte delgado y frío». «Son impulsos lo que queremos de ti y no reglas, sobrepasa tus planes, varíalos, auméntalos, no es sino trabajando que llegan las ideas», apunta. Lo único que Sade pide y exige es que el interés se mantenga hasta la última página. El lector perdonará muchas cosas, nos dice, menos que le aburramos. 

Tampoco te obsesiones que hacer que tus historias tengan una moraleja. Sade, como era de esperar, no cree que las novelas tengan que tener una moral, esto es, servir para transmitir mensajes (que fue un pensamiento muy habitual durante el pasado literario). Las novelas sirven, nos dice, para pintar a los individuos. La novela, nos dice, es «el cuadro de las costumbres seculares».

Y, finalmente, el desarrollo de la historia tiene que ser natural, no tiene que ser forzado, pero tampoco tiene que ser completamente lo que lector espera. Como nos dice Sade, «¿qué placer queda cuando ha adivinado (el lector) todo?» La historia tiene que dar pistas, que inspirar, que ir preparando para el final, pero el lector no tiene que saber qué va a pasar.