por qué leemos

Hay muchas respuestas a la clásica pregunta de por qué leemos, y todas son ciertas. Leemos para pasarlo bien, para evadirnos, para vivir otras vidas, para entender mejor la nuestra, para aprender cosas, para matar el tiempo, para soñar, para disfrutar, etc, etc, etc. Leer es un placer único e irrenunciable, pero cuando uno analiza de cerca esa necesidad imperiosa de tener un libro en las manos, cuesta llegar al quid del asunto.

Para ayudarnos en esa difícil misión qué mejor qué recurrir a grandes lectores que son también grandes escritores y, por lo tanto, son capaces de expresar mejor las ideas que bullen en sus cabezas (sobre, por ejemplo, aquello que les empuja a leer).

Para la poeta Wislawa Szymborska la magia de la literatura radica en que nos hace (al menos por un rato) libres: «Estoy pasada de moda y creo que leer libros es el más glorioso pasatiempo que la humanidad ha ideado: «Soy una persona anticuada que cree que leer libros es el pasatiempo más glorioso que la humanidad ha creado. El homo ludens baila, canta, realiza gestos significativos, adopta posturas, se acicala, organiza fiestas y celebra refinadas ceremonias. Para nada desprecio la importancia de estas diversiones: sin ellas, la vida humana pasaría sumida en una monotonía inimaginable y, probablemente, dispersa y vencida. Sin embargo, son actividades en grupo sobre las que se eleva un mayor o menor tufillo de instrucción colectiva. El homo ludens con un libro es libre. Al menos, tan libre como él mismo sea capaz de serlo. Él fija las reglas del juego, subordinado únicamente a su propia curiosidad. Puede permitirse leer libros inteligentes, de los que sacará provecho, así como estúpidos, de los que quizá también aprenda algo. Puede parar antes de acabar un libro, si lo desea, mientras empieza otro por el final y lo recorre a la inversa hasta el principio. Puede reir en los momentos inadecuados o paralizarse ante las palabras que recordará toda la vida. Y finalmente, es libre -y ninguna otra afición promete esto- para escuchar a escondidas las disertaciones de Montaigne o sumergirse en el Mesozoico».

Mientras que David Foster Wallace prefiere centrarse en la dimensión divertida: «La ficción para mí, principalmente como lector, es una extraña espada de doble filo. Por un lado, puede ser difícil, redentora, moralmente instructiva y todas esas cosas que aprendemos en la escuela, por el otro, se espera que sea divertida, es muy divertida. Y lo que me llevó a escribir fueron sobre todo los recuerdos de tardes de lluvia muy divertidas pasadas con un libro. Era una especie de relación. Creo que parte de la diversión, al menos para mí, era formar parte de un intercambio entre conciencias, una forma en la que los seres humanos hablan los unos con los otros sobre temas de los que normalmente no hablamos».

También E.B. White hace hincapié en la magia de la comunicación: «Leer es el trabajo de una mente alerta, es exigente, y bajo las condiciones ideales produce finalmente una especie de extasis. Como en la experiencia sexual, nuncha hay más de dos personas presentes en el acto de leer -el escritor, que es el fecundador, y el lector, que responde- . Esto da a la experiencia de la lectura una sublimidad y un poder inigualable por ninguna otra forma de comunicación».

La ensayista Rebecca Solnit lo explica de una manera más poética: «Como muchos otros que acabaron como escritores, desaparecí en los libros cuando era muy joven, desaparecí en ellos como alguien que entra corriendo en el bosque. Los que me sorprendió, y aún me sorprende, es que había otro lado en el bosque de las historias y la soledad, que llegué del otro lado del bosque y allí conocí gente. Los escritores son solitarios por vocación y necesidad. A veces pienso que la prueba no es tanto el talento, que no es tan raro como la gente cree, sino el propósito o la vocación, que se manifiesta en parte como la habilidad para soportar mucha soledad y seguir trabajando. Antes de que los escritores sean escritores son lectores, viviendo en los libros, a través de los libros, en las vidas de otros que son también las cabezas de otros, en un acto que es tan íntimo y sin embargo tan solitario.

Por último recurrimos a Harold Bloom, aunque solo sea porque ha publicado un libro entero titulado «¿Cómo leer y por qué?»: «En definitiva leemos –algo en lo que concuerdan Bacon, Johnson y Emerson- para fortalecer nuestra personalidad y averiguar cuáles son sus auténticos intereses. Este proceso de maduración y aprendizaje nos hace sentir placer, y ello es la causa de que los moralistas sociales, de Platón a nuestros actuales puritanos de campus universitario, siempre hayan reprobado los valores estéticos. Sin duda, los placeres de la lectura son más egoístas que sociales. No se puede mejorar de forma directa la vida de nadie leyendo mejor o más profundamente. No puedo por menos que sentirme escéptico ante la tradicional esperanza de la sociedad, que da por sentado que el crecimiento de la imaginación individual ha de conllevar inevitablemente una mayor preocupación por los demás, y pongo en cuarentena toda argumentación que relacione los placeres de la lectura personal con el bien común».

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