Mary Wollstonecraft

En 1786, tras haber montado con sus dos hermanas pequeñas y una de sus mejores amigas una escuela que acabó fracasando y triste y deprimida tras la muerte de esta amiga, Mary Wollstonecraft, la que se convertiría unos años más tarde en la pionera del feminismo con su Vindicación de los derechos de la mujer, en una de las figuras clave para entender el mundo moderno y también en la madre de la que luego sería Mary Shelley, aceptó un trabajo en Irlanda. Mary necesitaba un trabajo y un salario y pocas cosas había que una mujer podía hacer en la Inglaterra del XVIII. Podía ser acompañante de alguna dama ‘bien’ (Mary lo había sido y no fue una gran experiencia). Podía ser maestra en su escuela. Podía ser institutriz en alguna casa aristocrática. Y eso fue en lo que se acabó convirtiendo.

Mary Wollstonecraft se convirtió en la institutriz de las hijas de Lord y Lady Kingsborough en Irlanda. La experiencia tenía ya toda la pinta de convertirse en un auténtico fracaso, porque los Kingsborough eran ricos, muy ricos, y una familia aristocrática comme-il-faut y Mary ya era Mary Wollstonecraft. Y aunque Mary necesitaba las 40 libras anuales de salario prometidas, la experiencia auguraba ser dura.

Los Kingsborough se habían casado muy jóvenes, en uno de esos matrimonios dinásticos que se estilaban entonces y habían empezado a tener muchos hijos aunque no eran unos padres cercanos y vivían despegados de sus hijos (lo que no era nada extraño). Lady Kingsborough prefería, como Mary Wollstonecraft achacará después, pasar el tiempo con sus perritos, a los que mimaba hasta el extremo. La casa acababa de quedarse sin institutriz, ya que aparentemente miss Crosby, la predecesora de Mary, mantenía un romance con Lord Kingsborough (o eso pensaba Lady Kingsborough) y fue despedida.

Aunque la familia tenía 12 hijos y aunque había muchas niñas en la lista, Mary Wollstonecraft llegó para hacerse cargo especialmente de Margaret, Caroline y Mary, las tres hijas mayores y a quienes había que preparar (especialmente a Margaret) para el mercado matrimonial. Obviamente, el programa de estudios que Mary Wollstonecraft tenía en mente no iba en absoluto por esa línea, ya que ella creía que a los niños debía enseñárseles a pensar. En su escuela había aplicado la idea de que los estudiantes tenían que empezar a valorar sus propias mentes, como cuenta en Romantic Outlaws Charlotte Gordon, y empezó a tratarlos como individuos (algo que hoy parece muy normal pero que en el XVIII, nos explica Gordon, era revolucionario). Sus alumnas eran invitadas a pensar. Y en el libro que escribió antes de empezar a trabajar para los Kingsborough, que se centraba en la educación de las niñas, Mary señalaba que las niñas tenían que ser capaces de tomar sus propias decisiones y de tener opciones. Esa era la institutriz a la que los Kingsborough encomendaron preparar a sus hijas para el mercado matrimonial…

Por supuesto, a Mary Wollstonecraft le horrorizó el lujoso modo de vida de los Kingsborough y las circunstancias que los rodeaban. Mary simpatizaba con los campesinos que trabajaban sus tierras y que no tenían prácticamente ningún derecho (como nos cuenta Gordon, a los católicos se les impedía por ley desde celebrar misas hasta votar, llevar una pistola, convertirse en abogados, ir a la escuela o tener un caballo que fuese muy caro). La pobreza que rodeaba a todos los que vivían fuera del entorno de sus aristócratas jefes le horrorizaba.

Que fuese muy crítica con esos padres despegados no la acercó sin embargo en un primer momento a Margaret, Caroline y Mary King, que al principio no simpatizaban con su nueva institutriz, a pesar de que había eliminado de un plumazo de su formación todas aquellas cosas que su madre prefería como el bordado y las «tonterías en francés». El programa educativo incluía paseos al aire libre y lecciones que se componían partiendo de las preguntas y la curiosidad de sus alumnas. Mary las llevaba a visitar a los campesinos de sus padres, para que viesen que había más vida más allá de su palacio y además las escuchaba cuando exponían sus ideas. Y, aunque al principio la nueva institutriz no encajaba, en Navidades, nos cuenta Charlotte Gordon, ya era adorada por sus alumnas.

De hecho, y como recoge en su biografía sobre Mary Wollstonecraft Claire Tomalin, Margaret acabará escribiendo años después: «prácticamente la única persona de mérito con quien mantuve una relación de amistad en mis días de juventud fue una mujer entusiasta que tuve de institutriz entre los catorce y los quince años y por quien sentía una ilimitada admiración».

Mary Wollstonecraft acabará perdiendo su trabajo como institutriz de las hermanas King, ya que sus relaciones con Lady Kingsborough acabaron siendo tan tirantes y violentas que la madre de las niñas la despidió de forma sumaria en el verano de 1787. Pero el daño ya estaba hecho: las niñas King habían aprendido a pensar. Margaret King, la más próxima de sus pupilas, se acabaría, de hecho, convirtiendo en una rebelde para la sociedad de su época y en una mujer que ha aprendido a pensar qué quiere para los ojos de la nuestra.

Sus padres empujaron su matrimonio con un conde irlandés, como era de esperar, a los 18 años. Margaret lo hizo y tuvo con su conde siete hijos, pero acabaría rompiendo con todo esto para llevar una vida acorde con sus pensamientos y sus deseos. En 1805, a los 32 años, abandonó a su marido por el hombre que amaba, George William Tighe, con quien tendría dos hijas. Pero antes del nacimiento de estas dos hijas, Margaret decidió estudiar medicina, para lo que no le quedó más remedio que vestirse de hombre (solo así podía entrar en la universidad). Margaret y Tighe vivirían juntos hasta la muerte en Italia.