mujeres científicas

Cuando en 1364 el cardenal Gil de Albornoz fundó el Colegio de España en Bolonia puso varias reglas que marcaban quiénes podían estudiar en el mismo (y quiénes no podían hacerlo). Para estudiar en el Colegio, el estudiante tenía que ser católico, tener una conducta intachable y ser español o portugués. Por supuesto, también había que ser varón. Al fin y al cabo, Gil de Albornoz decía que “la mujer es cabeza del pecado, arma del diablo”.  Tantos siglos después, el “Colegio de España ofrece anualmente becas para que jóvenes graduados universitarios españoles y portugueses culminen sus estudios de doctorado en cualquiera de los cursos de doctorado de la Universidad de Bolonia, obteniendo así el título de «Dottore europeo di ricerca»”, como explican en su página web. Como apunta en Sabias. La cara oculta de la ciencia Adela Muñoz Páez, los requisitos para estudiar becado en el colegio siguen siendo los mismos. Si se quiere estudiar en el colegio hay que ser católico, español o portugués, buenecito y hombre.

Por supuesto, hablando con Muñoz Páez por teléfono, en una entrevista tras la publicación de su libro (un ensayo sobre la historia de las mujeres y la ciencia que acaba de publicar Debate) y justo en la resaca del Día de la Mujer y la Niña en la Ciencia, resultaba inevitable preguntarle por esta cuestión, con la que concluye uno de los capítulos del libro, el dedicado a las mujeres universitarias. “Sigue estando vigente hoy en día”, confirma, lamentando que esto ocurra en un espacio que “es público” y del que su paso por el mismo “se convierte luego en un mérito preferente”. “No es un centro privado”, deja claro, “son unas becas públicas que paga el Estado”, añade, recordando el caso de una profesora que denunció en un concurso público la injusticia de que se midiesen los méritos de un candidato con el mismo baremo que el de los demás. Él, como hombre, había podido estudiar en el Colegio de España y sacar ese mérito extra. Ella, como mujer, no habría podido hacerlo. La profesora perdió el proceso.

La cuestión, que aparece claramente visible en la web de la institución (donde se puede leer, tal y como copiamos, que para optar a las becas hay que “ser varón, “HISPANO” (español o portugués), católico, de conducta irreprensible, menor de treinta años, licenciado en España con muy buenas calificaciones, sin defecto incompatible con el ejercicio de las funciones correspondientes y no ser funcionario público”, las mayúsculas son del texto original), es uno de los últimos ejemplos claros y vigentes de cómo las mujeres han sido discriminadas a lo largo de la historia en el acceso a los espacios del saber.  Las mujeres tuvieron serios problemas a lo largo de la historia para acceder a las universidades y a los centros de formación superior. En algunos países estuvo absolutamente prohibido por la ley. En España, existía un cierto vacío legal, que hacía que las mujeres pudiesen ir accediendo (lo hicieron a partir del XIX) a los estudios universitarios (menos a Derecho) si lograban ciertos permisos. Esto supuso que ellas lo tuviesen más difícil para acceder al saber y desarrollar carreras ligadas al conocimiento, especialmente en el entorno de las ciencias.

Pero esto no significa que no hubiese mujeres científicas y que no estuviesen luchando para entrar en ese terreno. Ellas estuvieron ahí, desde el principio de los tiempos, como bien demuestra la lectura de Sabias. La primera persona escritora de la historia (la primera persona que escribe y firma con su nombre) fue una mujer, Enheduanna, que fue también la primera científica que conocemos con nombre (era astrónoma). Recuperar sus historias ayuda a desempolvar una parte de la historia de la ciencia que tenemos posiblemente demasiado olvidada y, además, ayuda a crear referentes sólidos que ayudarán a motivar a las científicas del mañana.

La importancia de los referentes

sabias debateHablar con Adela Muñoz Páez, la autora de Sabias (y científica ella misma, catedrática de Química Inorgánica en la Universidad de Sevilla), ayuda a ver claramente la importancia de todo esto. Incluso ahora, cuando parece que ya hemos alcanzado una situación a años luz del pasado, sigue siendo muy importante no dejar de luchar por avanzar. En la sociedad seguimos teniendo interiorizados ciertos comportamientos y ciertas creencias que hacen que aún quede mucho espacio por conquistar.

Muñoz Páez defendía la importancia de fechas como el Día de la Mujer y la Niña en la Ciencia y recordaba que, a pesar de que han entrado muchas mujeres en muchas carreras de ciencias (y ponía como ejemplo un grado con notas altísimas en el que la mayoría de los estudiantes son mujeres: ellas tienen las mejores notas), siguen existiendo ciertos problemas, como que aunque ellas tienen mejores notas de entrada, ellos son los que se lanzan a hacer cosas cuando se pide a los estudiantes que asuman ciertos retos. “Es algo que está dentro de la cabeza de las propias chicas”, lamenta la profesora, “no arriesgarse, no lanzarse”.

Y por ello no solo es importante cambiar el discurso (se podría decir que habría que acabar de una vez para siempre con eso de que las niñas son de letras y los niños de matemáticas) sino también visibilizar más a las mujeres de la ciencia, esas que se arriesgaron, se lanzaron e hicieron tantas cosas a lo largo de la historia. Tener referentes es muy importante. “Eso hace mucho”, confirma Muñoz Páez. “Las únicas mujeres que yo veía de niña que no eran amas de casa eran modistas, peluqueras o monjas”, señala. “Quería ser eso, porque era lo único que veíamos”, indica.

La oportunidad perdida hace 80 años en España

En Sabias se acumulan una serie de biografías de mujeres que, a lo largo de la historia, han hecho ciencia (y lo han hecho de forma destacada). A algunas las conocemos más ahora, a otras las conocemos menos (al menos quienes no formamos parte del ecosistema científico), pero todas ellas son muy interesantes. Las mujeres de la ciencia se pueden encontrar además a lo largo de los siglos, desde Hipatia de Alejandría a Maria Sybilla Merian (una pionera de la entomología a quien un doodle de Google reivindicó no hace mucho) pasando por (la muy fascinante) Émilie de Châtelet. A finales del XIX y principios del XX, cuando las mujeres empiezan a entrar cada vez más en las universidades empieza a haber muchas más mujeres haciendo ciencia.

mujeres científicas

Fue en este período cuando las mujeres empezaron también a entrar mucho más en la ciencia en España y cuando se sentaron las bases de lo que, cuando llegase la II República, sería una presencia bastante destacable de las mujeres en los laboratorios de las universidades españolas. Esta presencia de las mujeres en estos laboratorios acabaría tras la Guerra Civil. “Toda esta eclosión de ciencia fue completamente arrasada”, apunta Adela Muñoz Páez. “Hubo una purga”, recuerda sobre lo que sucedió tras la guerra, “los intelectuales más brillantes fueron purgados”. Las mujeres tampoco volvieron a entrar en los laboratorios como lo habían logrado antes de la guerra. Incluso aquellas científicas que eran afines al nuevo régimen político no lo lograron, incluso cuando sus méritos y sus currículos eran superiores a los hombres que competían con ellas por obtener plazas universitarias. “Dejaron incluso una plaza vacante antes de dársela a ellas”, señala.

Pero ¿qué era lo que había pasado justo antes? Lo que ocurrió fue, como apunta la profesora, “el fruto del trabajo de una serie de personas”, ya que, aunque “cuajó durante la II República”, venía de atrás. La Institución Libre de Enseñanza y su espíritu fueron los que formaron la primera base. En 1907 se fundó, tras el Nobel que recibió Santiago Ramón y Cajal, la Junta de Ampliación de Estudios, para impulsar los conocimientos científicos. “El secretario de la JAE, José Castillejo, desde el primer momento quiso que las mujeres formasen parte”, apunta, lo que hizo que recibiesen becas de estudios ya desde los primeros años.

Todo este espíritu fue haciendo que se fuesen formando mujeres en carreras científicas y haciéndolo con una formación en profundidad y propició que en los años 30 hubiese ya mujeres doctorandas. “Eran un grupo, no casos aislados”, deja claro Muñoz Páez. “Estaban en los escalones más bajos, porque acaban de licenciarse”, señala, aunque eran “mujeres de 25 a 30 años que podrían haber sido el germen” de algo mucho mayor.  Había mujeres en los equipos de los más importantes científicos que estaban trabajando en España entonces (“estaban a la altura de los científicos de prestigio en Europa y no despreciaban a las mujeres”, indica la autora) e incluso en algunos equipos había más científicas que científicos.

¿Por qué no hablamos más de mujeres y ciencia?

Escuchando todas estas historias tan interesantes (y leyendo sobre ellas) se tiende a preguntarse una cuestión: ¿por qué no supe antes de estas historias de mujeres y ciencia? Cuando se lo preguntamos a la autora, ella nos señala que ella también tiene curiosidad por el tema. En las listas de historias de mujeres olvidadas que se han ido publicando a lo largo de los últimos tiempos, no suelen aparece científicas. O no solían. Muñoz Páez cree que esto quizás se deba a que para abordar estas historias se siente que hay que tener un cierto bagaje científico. “Hay un miedo como a no comprender”, señala. Aunque las cosas están cambiando: “encontrar información sobre científicas ahora es más fácil”, apunta. “Ahora hay una eclosión y una curiosidad y hay trabajos muy serios para recuperar a estas mujeres”, añade.

Fotos: mujeres en el laboratorio y en clase de matemáticas en la Residencia de Señoritas, marzo, 1930, Crónica, vía Hemeroteca Digital

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