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Hace unos años (unos cuantos), las portadas de los best-sellers que intentaban conquistar al público femenino tenían colores llamativos, imágenes que sugerían cierto glamour o vida urbana (todas esas portadas con zapatos de tacón, con siluetas femeninas vestidas de forma elegante pero informal o taxis que dejaban claro que iban a la Gran Manzana) y títulos similares. Las protagonistas eran siempre jóvenes profesionales de trabajos que no las hacían felices y con relaciones amorosas que eran una basura. Pero ellas se reían de su situación, hacían reír a los lectores y, al final del libro, conseguían un trabajo mejor y posiblemente una relación amorosa con don Perfecto. Helen Fielding fue la primera con El diario de Bridget Jones, pero no la única. Eran los años en los que Sophie Kinsella o Marian Keyes vendían miles y miles de ejemplares. Sus obras, literatura para chicas pero que se escapaba de lo que se publicaba hasta entonces, fue bautizada como chick-lit.

Tuvo sus años dorados y ahora – al menos muchos analistas lo ven así – ha entrado en decadencia. No hay más que coger el título clave de Sophie Kinsella (adaptado al cine como película de convocatoria millonaria) para entender las razones de este declive. En Confesiones de una compradora compulsiva, Becky, la protagonista, es una periodista especializada en economía (trabaja en una aburrida y miserable revista sobre ahorro y consejos) que, a pesar de su trabajo, tiene un grave problema económico. Compra demasiada ropa. La deuda que acumula en sus tarjetas de crédito es suficiente como para que no duerma por las noches, pero (obvio) el libro lo presenta todo desde el punto de vista divertido. ¿Demasiado para los tiempos de recesión económica? ¿Se quiere leer hoy en día las aventuras de una inconsciente que debe millones de libras esterlinas por culpa de un pañuelo de marca y unas botas?

Posiblemente no. El agotamiento del género y el cambio de contexto económico podrían ser dos de las explicaciones del declive de la chick lit (quizás también un cambio generacional: el género vivió sus años dorados en los 90 y sus lectoras – o lectores – ya no tienen la misma edad que entonces). «Se están dejando las mujeres jóvenes con problemas con sus novios y su pelo. No puedo imaginarme publicando algo así en 2012″, explicaba hace un año Linda Evans, la editora de Kinsella, a The Economist, recordando igualmente que los grandes ‘clásicos’ del género iban de algo más que eso (dinero y propiedad estaban en la trama, alertaba entonces Evans). Las conclusiones del prestigioso diario económico indicaban que el género murió de éxito y que otros géneros, como la novela policíaca escandinava y las historias de amor vampíricas (el ‘efecto Crepúsculo‘), le dieron la estocada de muerte a la chick-lit. Un año antes, las estimaciones indicaban que las ventas de chick-lit habían caído un 10%.

Aunque pensar que el género iba a morir por completo era erróneo, al igual que no dar por hecho que algo iba a aparecer que adaptase las premisas de la chick-lit a los tiempos que corren. El epílogo de la chick-lit es la farm-lit, un nombre con el que The Atlantic bautizó al género emergente y que ha tenido bastante éxito (no hay más que buscar ‘farm lit’ en Google para confirmarlo). Al final, lo que cuentan estas obras es lo mismo que sus predecesoras pero adaptado a los tiempos que corren. Las protagonistas dejan la gran ciudad, posiblemente porque las echan de su trabajo, porque su empresa cierra o porque son realmente desgraciadas (por la razón que sea), y se trasladan al campo, donde se convierten en emprendedoras rurales. Y a ellas, las protagonistas de las novelas, se suman las historias reales, los testimonios de prometedoras profesionales urbanas que dejaron la ciudad para irse al campo y ser felices trabajando en la tierra.

El secreto de su éxito es bastante claro. En un entorno complicado, en el que las cosas no hacen más que salir mal, sus protagonistas deciden dejarlo todo para probar suerte volviendo a las raíces. Se lanzan a la vida tranquila y natural, a lo bonito y a lo rural, que choca contra lo urbano, lo estresante y lo que está en crisis. La gran pregunta es si la farm-lit conseguirá sobrevivir una vez que el contexto cambie y la ciudad ya no parezca tan mala.

Foto |  apr77

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